ISSN 2476-1672

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Memorias de un periodista independiente

Paseo extramuros de La Habana. Pintura de Miahle, 1958. 


Título original: "Con la prensa independiente"
(Publicado en Diario 2001, Caracas, lunes 12 de mayo de 2003)

por Ángel Cristóbal

La noche anterior a mi viaje a La Habana no pude conciliar el sueño por los nervios; era mi primer trabajo como miembro de una agencia de prensa cubana independiente y tenía que llevar a la capital las crónicas, las denuncias y noticias redactadas por nuestro grupo de periodistas disidentes en la provincia de Villaclara.

Sabía que si la policía o algún agente de la seguridad del Estado me detenía y ocupaba aquellos papeles, lo mínimo que me esperaba serían 6 meses de prisión. Así que, lo único que se me ocurrió fue doblar bien las hojas mecanografiadas en una vieja Underwood y esconderlas en el doble forro de mi chaqueta blues-jeans.

A las 3:30 de la madrugada llegó a la bella estación de Santa Clara, proveniente de Ciego de Ávila, el tren nro. 3 con destino a La Habana. Para quienes no conocen este medio de transporte en la isla, les diré que me esperaban casi 10 horas de incómodo viaje, en aquellos vagones oscuros, donde la gente procedente del oriente del país viaja con la única comodidad de un asiento, sedientos y hambriento. Un aire frío y cortante entraba por las ventanillas rotas; frío que se hizo más insoportable cuando una pareja de agentes policiales se dirigió directamente a mí y alumbrándome el rostro con una linterna me pidió el carné de identidad.

Mientras uno revisaba detenidamente el documento, el otro dirigía el haz de luz a mis ojos al tiempo que preguntaba: “Ciudadano, ¿qué va a hacer usted en La Habana?, ¿dónde trabaja?, ¿lleva equipaje?, ¿dónde se va a hospedar?

En Cuba, la policía llama “ciudadano” a todos los cubanos por igual, y sólo le dará un tratamiento de “compañero”, una vez que compruebe el “estatus revolucionario” de la persona que es objeto de pesquisa. Así que cuando les dije que trabajaba en la Iglesia Católica me devolvieron el carné con un seco “¡continúe ciudadano!”, y me salvé de que revisaran mi abrigo atestado de crónicas disidentes.
Tras largas horas de viaje, de innumerables paradas y de ceder la vía a por lo menos a 5 trenes de carga, llegamos exhaustos a la Estación Central de La Habana. Había policías por los andenes revisando los bultos de los pasajeros y solicitándoles nuevamente la identificación personal. Sin embargo, no tuve que presentar la mía, pues los policías habaneros, racistas en extremo, al ver mi fisonomía europea (de la que ya escribimos en la crónica “Las apariencias engañan”), me ignoraron y traspasé sin problemas la reja principal de la estación. Antes de salir del magnífico edificio construido a mediados del siglo XIX, muy cerca de las ruinas de la muralla de La Habana, me dirigí al salón donde permanece la primera locomotora que circuló en Cuba, en el trayecto Habana-Bejucal.

Ya en la calle, se me acercaron taxistas, conductores de bici taxis, vendedores de chuchería, vendedores de dólares y hasta algún niño pidiéndome una moneda. Toda esta “cubanería” sobrevive cerca de los lugares por donde se mueven los turistas y donde exista la posibilidad de ganarse un dólar. Pero, ¿cómo podía convencerlos yo de que era un paisano como ellos y no un “yuma”? En primer lugar, no me lo creerían y en segundo lugar, si me confesaba cubano ponía en peligro la razón de mi viaje y mi propia seguridad.

Así que salí de la zona lo más rápido posible. No podía ir en bicitaxi porque el bicicletero me pedía 5 dólares hasta mi destino, y los pocos buses públicos pasaban atestados. No me quedó otra opción que devorar las calles de la Habana Vieja, una tras otra, largas, muy largas avenidas habaneras, hasta llegar a Peñalver, en el municipio Centro Habana, como a 10 kilómetros de distancia de la estación de trenes.
Allí, en un viejo edificio de apartamentos, tenía su modesta casa el poeta, periodista cubano, Raúl Rivero. Me percaté que las dos esquinas de la calle Peñalver estaban rodeadas por carros policiales. Pasé entre ellos desapercibido, localicé el edificio, subí las escaleras y me encontré el apartamento con la puerta abierta, como a la espera de alguien. Adentro, sentado en una mecedora , cerca del balcón, estaba Rivero. Me saludó con un afectuoso abrazo y con voz profunda de poeta me invitó a sentarme a su lado. “¡Hermano, te dejaron pasar, ¿cómo hiciste?”, me preguntó Raúl. “¡Nada, no hice nada, sólo los ignoré como hacen los turistas!”, le expresé. “¡Coño, verdad que tú pareces alemán o canadiense!”.

Nos tomamos una rica taza de “café mezclado” -lo único que había caído en mi estómago desde la noche anterior-, y le entregué las notas de mis compañeros y las mías.
Rivero las leyó emocionado, a intervalos sonreía, hacía acotaciones, me preguntaba por la vida de algún periodista y seguía leyendo con interés. Nunca vi a nadie leer con tanto respeto aquellas noticias, poemas, reportajes, relatos y por supuesto denuncias de violaciones de derechos humanos y de abusos cometidos por las autoridades. Eran los escritos de profesionales sin empleo, de escritores a quienes no se les permitía publicar: no eramos mercenarios de la palabra como se nos ha querido hacer ver internacionalmente.

Cuando Raúl Rivero terminó su lectura, tomó el teléfono, llamó a un número y empezó a releer las cuartillas. Al otro lado de la línea, alguien se encargaba de grabar para posteriormente transcribir los textos que más tarde pasarían a las páginas de algún diario. De esa manera sencilla pero efectiva, la opinión pública internacional se enteraba entonces (en pleno Periodo Especial) de la realidad cubana de aquellos días; de esa realidad que a pesar del tiempo transcurrido aún no sale publicada en los diarios oficiales cubanos.

En contradicción con el pensamiento martiano, de que todo hombre tiene el derecho a expresar y escribir lo que piensa, el periodista independiente -como cualquier tipo de disidente siempre indeseado por las revoluciones totalitarias-, es una persona “non grata” para el proceso cubano: tan solo porque es alguien que disiente de una política. Es como una herida abierta que no sana, una amenaza a pesar de que su única arma es una vieja máquina de escribir que te prestan o heredas de alguien. El periodista independiente no tiene papel para escribir, no posee cámara fotográfica ni de video; menos aún computadora, ni acceso a Internet, ni servicio de cables, ni cobertura de los medios. Y por si fuera poco, lo que hace, es decir escribir sobre lo que le rodea, es delito que se paga con varios años de prisión...


Dos décadas después de los hechos aquí narrados, la tecnología ha abreviado el camino. Las redes sociales, los blogs, el uso de smart phones, de tabletas, laptos y un mayor acceso a Internet permite a los periodistas de hoy, -y a quienes ni siquiera lo son-, hacer su trabajo cómodamente, tomar fotos, videos, etc., y enviarlas al momento sin riesgos mayores: gozan de mayor difusión y disfrutan de premios o reconocimiento mundial que nosotros sólo podíamos soñar en los 90. Pero esto es posible hoy gracias a la valiente labor de aquellos, mis hermanos periodistas independientes que sufrieron prisión o fueron perseguidos, y tras dejar atrás su patria amada, diluyen sus vidas en el triste anonimato del exilio forzoso mientras otros se llevaron sus anhelos. 

Nota del autor: Este relato forma parte del libro "Crónicas de un pilongo". 
Autor: Ángel Cristóbal. Editorial Letras Latinas, 2015.  


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