ISSN 2476-1672

Breaking News

Las apariencias engañan: un pilongo en La Habana

Por Ángel Cristóbal
El quitrín. Obra de Miahle. 1859

Los grabados de Patricio Landaluce
A principios del siglo pasado, mis abuelos paternos y maternos siendo muy jóvenes viajaron desde Asturias (España) e Isla Canarias, a Cuba. Se asentaron muy cerca de Palma Soriano, en la antigua provincia de Oriente, lugar donde nacieron mi padre y mi madre, ellos engendraron cuatro hijos: dos varones y una hembra nacidos en la tierra oriental, y un cuarto varón que vio la luz por primera vez, en Santa Clara. Nuestra fisonomía en nada encajaba con el modelo típico del cubano; éramos pelirrojos, blancos como la leche y llenos de pecas, algo que en mi caso me ocasionó muchas burlas y no pocas peleas con mis compañeros de la escuela primaria.

Al pasar el tiempo y siendo ya un estudiante universitario, mi cabello rojo largo ondulado, una barbita hirsuta del mismo color, cuerpo delgado y vestido siempre en blue jeans, pullovers y tenis deportivos; así como mi carácter reservado e introvertido me convirtieron en un cubano tan atípico que los nacionales me confundían con los turistas extranjeros: canadienses, alemanes, y hasta rusos e italianos que visitaban la isla sobre todo en diciembre, buscando el calor del trópico cuando en el norte arrecia el frío. Esta confusión involuntaria me convirtió en protagonista de situaciones simpáticas, a veces absurdas y en ocasiones incómodas como las que narro en este relato.

Casi todo “buen cubano” se jacta de ser bromista, locuaz, dueño de un lenguaje popular que acompaña de gestos y expresiones de simpatía; bebedor de ron y de café; bailador de salsa y casino; amante del béisbol y del dominó; y gran degustador, por supuesto, del arroz con frijoles negros (congrí), sin olvidar la carne de cerdo en todas sus expresiones culinarias.

El carnaval, los velorios, las visitas dominicales, la religiosidad popular y el amor familiar forman el segundo bloque de prioridades. Y un tercero –que llamo el bloque de la nostalgia-, destaca por una extraña obsesión por las cosas, costumbres y momentos del pasado -aún cuando no las haya vivido. Sobre todo cuando sale del país para radicarse en otro, el cubano nostálgico vive en una eterna remembranza que lo obliga siempre a mirar atrás: visitar la casa y el barrio donde vivió, investiga y archiva fotos en sepia o blanco y negro de artistas, locutores, programas de radio y televisión; ¡escucha el bolero que jamás cantó en Cuba! En fin, se huye de la isla pero jamás se rompe ese cordón umbilical, en afán de mirar atrás para apresar el tiempo que pasó.

Así, someramente, salvando detalles y distancias, sin caer en nacionalismos y chovinismos, se podría entonces arribar a la descripción de un falso cubano típico, mestizo y a la vez inconsciente de ese mestizaje; a quien ironizó el pintor de escenas costumbristas Patricio Landaluce en aquellos grabados hermosos, muchos impresos en las tapas de las cajas de tabaco del siglo XIX, en los cuales inmortalizó a un criollo incapaz de pensar.

Conscientemente nunca me dejé encasillar en esa “cubanía” que nos convertía en seres ineptos para disfrutar de la libertad, la soberanía y la dignidad que nos toca por derecho. Porque, si en época del colonialismo español -según retrataron las pinturas de Miahle, Landaluce, Laplante, y la obra costumbrista Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde-, cuando el lector de tabaquería les leía capítulos de Los Miserables, de Víctor Hugo, a los obreros, aquéllos se dormían; medio siglo después, durante la República, buena parte del pueblo cubano dormitó también bajo los efectos de las novelas jaboneras que trasmitían la radio y posteriormente la televisión cubana. Pero más de un siglo después, volvió a dormir con el resurgir de aquellos folletines decimonónicos en forma de telenovelas de factura internacional o nacional: ¡La esclava Isaura!, ¡Sol de batey!

Tipos cubanos. Patricio Landaluce, 1853


Luna de miel en Varadero          
Cuando Felicia y yo nos casamos el 9 de octubre de 1982, todavía ese año las parejas de recién casados podían alojarse en los hoteles destinados al turismo internacional. Nosotros escogimos Los Delfines, en la ciudad balneario de Varadero para pasar nuestra luna de miel. Cuando arribamos a este bello motel que es muy buscado por los turistas canadienses, comenzaron los percances: la carpetera de turno, al ver mi apariencia, me pidió el pasaporte de turista internacional en vez de solicitarme el carné de identidad nacional. Felicia, tan afable como ha sido siempre, le corrigió sonriente la equivocación, pero la muchacha pensó que era una mentira de mi cónyuge para tratar de evadir el pago en dólares de la habitación. Se formó una discusión y nos pasaron a la oficina del gerente del hotel, quien resolvió el equívoco luego de comparar exhaustivamente mi rostro con la foto en blanco y negro del carné de identidad de entonces, que no cabía en los bolsillos de camisa alguna.

Llegada la noche, nos fuimos a cenar a la Casa Dupont, cede de un restaurante situado casi al extremo de la península de Hicacos. Luego de algunas bebidas y una cena en la cual degustamos el famoso coctel de colas de langosta, salimos a tomar un taxi. Se nos acercó entonces una pareja de policías que nos pidió identificarnos, y al ver aquellos nuestras cédulas de identidad cubana no la devolvieron, sino que nos acusaron de ser “jineteros” y nos condujeron en una patrulla hasta la terminal de ómnibus de Varadero: para “destarrarnos” a Santa Clara.  Rodando por la autopista sur de la playa, les explicamos que éramos recién casados… ellos se excusaron y se brindaron para llevarnos de vuelta al hotel.   

Al día siguiente me acomodé en el típico bar construido a pocos metros de la blanca arena, mientras mi mujer se bañaba en el trasparente mar. Inmediatamente se me acercó un barman, me preguntó en idioma francés qué iba a tomar y le respondí que deseaba una fría cerveza. La trajo acompañada de bocadillos y pasa palos. “¡C’est une cortesie de la maison!”, dijo el hombre quien siempre sonreía, como esos locutores de televisión que se quedan congelados en espera de que cambien la cámara para dar paso a comerciales. Al fin, me preguntó nuevamente en francés si yo era canadiense. ¡No hermano –le dije en buen español de Cuba-, soy cubano, de Santa Clara!  Fue como si le mentara la madre, se le borró la sonrisa, recogió el pasa palo, los bocadillos, y me reprochó: ¡Coño ahora tengo que pagar la cerveza de mis propinas en divisas! Al poco rato me explicó que a los turistas nacionales no se les podía vender cervezas, ¡sólo a los extranjeros!

El lector de tabaquería, La Habana, 1906


Extranjero en La Habana
Ahora que el tiempo ha pasado y cambiado tanto el entorno cubano, me resulta más incómoda aquella involuntaria atipicidad. No puedo olvidar, cuando caminaba las barriadas semidestruidas de Centro Habana y el casco histórico de la Habana Vieja, cómo me perseguían niños limosneros para pedirme una monedita, o veía a discapacitados y débiles visuales portando estatuillas de San Lázaro, sentados sobre cartones, pidiendo limosna -¡cuántas monedas quise tener para compartir con mis paisanos quienes veían en mí a un extranjero salvador!

Repasé una y cien veces la arquitectura evocadora de los portales de la calle Reina, donde improvisados tenedores de libros trataron de venderme en dólares el Diario del Che en Bolivia o la Historia me absolverá. Encontré a decenas de ancianos hambrientos, sucios, barbudos, orinados y defecados en su propia humanidad; compartí una pizza con una mujer lazarilla que no comía desde el día anterior y que caminaba sin rumbo fijo llevando a su hijo ciego: jamás he visto a Cristo tan presente como cuando aquellos infelices rieron contentos de recibir mi trozo de pan.

Abrumado me senté en un banco de mármol del parque Central de La Habana para tomar un respiro, estaba cerca de la histórica acera del Louvre -con su café El Louvre, donde Martí pronunció su discurso “Honrar, honra”-, y del Hotel Inglaterra que hospedó a Antonio Maceo, cuando se me acercó un señor que insistía en venderme por un dólar un ejemplar del periódico Granma. Otra señora intentó cambiarme una moneda de 3 pesos –de las que tienen impresas el rostro de Che Guevara-, por su equivalente en dólares. Y el colmo fue cuando un proxeneta, en un inglés de primer semestre de escuela de idiomas, quiso alquilarme su “jinetera”: tuve que huir “espantado de todo” a refugiarme en las tiendas cercanas; pero en todas partes era igual. Porque La Habana se desploma junto con sus habitantes, los mismos que cuelgan sus sábanas blancas en los balcones –como dice la canción de Gerardo Alfonso- símbolo de la cubanía contemporánea donde las carencias de espíritu compiten con las carencias materiales. Esa es la triste verdad de las falsas apariencias.

La Habana, 2015

       
Share:

Categories

Clases y Tutorías

  1. Español todos los grados desde K8-K12.
  2. Francés todos los grados desde K8-K12.
  3. Latín todos los grados desde K8-K12.
  4. English as second Language

Wikipedia

Resultados de la búsqueda

YouTube Channels

Shalom Aleijem Channel, cada jueves trasmite el programa Por el Camino de la Torah, conducido por la periodista venezolana Felicia Jiménez; clases de Kabbalah por rabino Dr.Dennis Lebron.

Shalom Aleijem

Loading...

amazon books

Estudios Lingüísticos
La Lengua Popular Cubana.
Las Letras Lo son Todo.
Cubanismos en Teatro Bufo.
Maestros venezolanos
Los Archivos Boulton.
Armando a Reverón.
El maestro de las sombras.
Urbis et Hominis.

Support

Need our help to upload or customize this blogger template? Contact me with details about the theme customization you need.

Pages