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La toma de Santa Clara

(Este relato pertenece al libro Crónicas de un pilongo, de Ángel Cristóbal, en edición)

Los recuerdos que conservo de la batalla de Santa Clara pasan rápidos y difusos por mi mente; imágenes que se remontan a la mañana del 30 de diciembre de 1958, cuando la ciudad amaneció bajo los disparos de las tropas del Che y los vuelos rasantes de las avionetas batistianas que escupían su metralla.
El barrio donde yo había nacido, apenas tres años antes, estaba muy cerca del cuartel «Leoncio Vidal», tanto, que los soldados y oficiales en tiempos de paz atravesaban el estrecho callejón de la calle Martí, para ingresar al hospital o al cine construidos en el extenso campo militar. Algunas jóvenes del callejón eran novias de aquellos soldaditos, y al día siguiente de la toma de Santa Clara pasearían colgadas del brazo de los barbudos que descarrilaron el tren blindado y tomaron los cuarteles de la villa de Marta Abreu.
A pesar del tiempo, recuerdo cómo salimos de la angosta casita alquilada en el barrio: mi abuela Antonia, mi madre Yolanda, y mis tres hermanos, Milagros, Manolo y Nelson, acompañados por Pepe, uno de mis tíos, a quien se le ocurrió la ingenua idea de protegernos de los disparos bajo el techo «protector» de un viejo colchón de cama; para él era la única posibilidad que teníamos de atravesar ilesos los treinta metros de terreno pedregoso que nos separaban de la vivienda de mis otros tíos, Julio y Elena, propietarios de una casa más amplia y segura, que nos daría refugio. 
En el corto trayecto, un soldadito mulato armado con un pesado fusil Garand exhortaba a los demás vecinos a abandonar aquellos humildes hogares cuyos techos de tejas y paredes delgadas de ladrillo no podrían impedir el paso destructor de una bala de Garand, mucho menos de la metralla. No podía suponer el peligro que corríamos, y todo aquello me parecía un absurdo de gente adulta. 
En la noche, cuando los miembros del M-26 de Julio cortaron el fluido eléctrico y la ciudad quedó a oscuras, mis primos y yo nos escondíamos emocionados debajo de las camas, mientras muy cerca, a la luz de las velas y lámparas de keroseno, los adultos conversaban, tomaban café, chocolate o algún trago de aguardiente con miel de abeja, que nunca faltaba.
Mi abuela Antonia no dejaba de rezar, sobre todo porque aquel soldadito mulato que evacuaba a la gente, era Papo, su hijo de crianza, entrañable para nuestra familia. 
Las últimas horas del asedio de la ciudad las pasé muy bien en casa de mis primos Teresita y Nelsito; pues mi tía Elena, de origen gallego, nos preparó ricas natillas, y exquisitos batidos de frutas criollas que con el tiempo se volverían exóticas en Cuba. 
Cosas raras tiene la vida, pues las imágenes difusas que tengo del ataque aéreo y los disparos de finales de diciembre de 1958, priman sobre los débiles recuerdos que poseo del triunfo revolucionario y la llegada de la caravana de «rebeldes» a Santa Clara y posteriormente a La Habana en la segunda semana de enero de 1959. Quizá por el hecho de que, siendo nuestra familia tan pobre, no teníamos televisor –de hecho no tuvimos el primero, de factura rusa, hasta muy avanzada la década del 70-, sino un viejo aparato de radio marca National.
Tampoco creo que mis padres gastasen los escasos dineros que lograban ganar en sus duros oficios, para comprar revistas, ni periódicos: esa ausencia de información explica mi curiosidad posterior cuando, diez años después, tuve acceso por primera vez a las publicaciones de esa época, viejas revistas que la gente de la antigua clase media aún guardaba en los armarios de sus casas. Algunas eran excepcionales como la revista Bohemia, Carteles, Vanidades, y otras menos literarias pero interesantes como Selecciones del Reader’s Digest y Popular Mechanic. Fue en unas apolilladas páginas de Bohemia donde pude constatar la alegría del pueblo por la llegada de los «barbudos» a la capital, y la amplia cobertura que toda la prensa le daba a estos hechos, diariamente, semana a semana, y mes tras mes de aquel asombroso año de 1959.