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La iglesia de la calabaza (I parte)





Plaza Mayor de Santa Clara. Litografía del famoso dibujante y pintor andaluz Laplante. Aparece en el libro "Historia de Santa Clara y su Jurisdicción, del historiador Manuel Dionisio González, 1853.

A principios de los años setenta, siendo estudiante, comencé
a escribir canciones. No sé cómo comenzó aquello. Estaba
estudiando en la Secundaria Básica “Fe del Valle” –el antiguo
cuartel de Lepanto en época de la colonia y hoy sede del
Gobierno Provincial-, cuando fui con varios amigos a un evento
cultural en el Círculo Juvenil de Santa Clara (antes Colonia Española).

Allí,en aquel recinto que recuerdo decorado como un pastel de
cumpleaños, se presentaba esa matinée de domingo “Última
palabra”, un trío de rock integrado por un guitarrista pelirrojo,
enfundado en jeans, Ignacio; un bajista flaco y
extravagantemente vestido, Basnueva y un baterista que se
empeñaba en «tapar» las entonces incipientes «entradas» de
su frente con estrambótico peinado; era Joaquín Zaragoza (excelente
drumer y profesor de percusión latina), más conocido por Joaquinito.

Me impresionaron tanto -sobre todo la manera tan espectacular
como Ignacio ejecutaba  la guitarra-, que en cuanto salí de allí
busqué a alguien para que me enseñara a tocar este instrumento.
Así fue como conocí a Rodolfo, mi primer maestro y tuve mi
primera guitarra: una muy vieja, fabricada en Cabaiguán; de
hermoso sonido, madera de manzano y tapa decorada con
conchas de nácar –como se usaba en época de Los
Matamoros-, pero que mi viejo Julio, con mucho cariño, le había
pedido prestada a O’Reilly, un humilde zapatero que en sus
ratos libres tocaba en un trío de trova tradicional.

Aprendí muy rápido con Rodolfo y perfeccioné mi ejecución
posteriormente con músicos virtuosos como Joaquín Besada, Manolito
Chaviano, Jorge Gálvez y Manolo González, quienes me enseñaron
acordes y nuevas armonías; Jorge Gómez y Octavio Pino me honraron
con su amistad y musicalidad. José Magides me ayudó con sus críticas
oportunas, y voces como Jorge Díaz Nazario, Juan Carlos Gil,
Luly Alemán y muchas más corrigieron mi desafinamiento natural.

Las fusiones estaban de moda y todos intercambiábamos acordes,
canciones, y discos, con las últimas grabaciones de las mejores bandas del orbe.

En mi humilde casita de la calle Martí #190, a dos cuadras de El Bosque
y el Cementerio de la ciudad, teníamos una radio marca National
y otro amigo de mi papá le colocó un
dispositivo para ampliar sus bandas de frecuencia. Así podía
escuchar las estaciones de Key West y podía “fusilar” las
canciones de los grupos y solistas norteamericanos, como si
estuviera tocando con ellos.

Pero al mismo tiempo, empezó a colárseme en los oídos,
un sonido nuevo, producido por una agrupación que cambió el
destino de mi música; el Grupo de Experimentación Sonora
del ICAIC, donde cantautores como Silvio Rodríguez, Pablo
Milanés, Noel Nicola y Sarah González, experimentaban
con su Nueva Trova bajo la dirección de Leo Brouwer.

Parece que la mezcla de tantas cosas se me unieron en
acordes y letras que engendraron mis canciones. Por esos días,
conocí a Mario Crespo –otro trovador y juglar, ya fallecido y
éste junto con mi amigo y compañero de preuniversitario,
Jorge Gómez Gutiérrez, me llevaron a una evaluación de nuevos
trovadores que se llevaba a cabo simultáneamente en toda
Cuba. Noel Nicola fue quien me escuchó cantar y me integró
a aquel movimiento, y desde entonces, 1974, estuve en él hasta
finales de los 80, cuando evoluciona producto de los cambios lógicos
del implacable tiempo.

Con la Nueva Trova participé en innumerables fiestas, homenajes, festivales, evaluaciones, grabaciones, veladas artísticas, galas, etc., y conocí a los
mejores músicos de mi país. Sin olvidar que alterné con las
estrellas musicales del momento -nacionales y extranjeras-,
tales como los grupos Moncada, Manguaré, Inti -Illimani,
Quilapayún, Nuestra América, Síntesis; cantautores de la talla
de Lázaro García, Pedro Novo, Augusto Blanca; pianistas
virtuosos como Pucho López y Ricardito González; violinistas
creativos como Misael Barbel y Sergio Quintero; flautistas
imaginativos como Moisés La Rosa; arreglistas, técnicos e
ingenieros de grabación y sonido de estupenda labor como lo
son Pepe Montes y Ray Machado: todos, para mí, glorias de
la música popular cubana.

Me sentía revolucionario en la creencia de que podía
ayudar a transformar el mundo. Así que, si
algún hermano emigrante cubano me recordase con perspicacia
mi pensamiento izquierdista; no lo negaría, pues todo ello
forma parte inseparable de mi vida; ese doble que todo
hombre o mujer tiene en las antípodas y que nunca se encuentran,
porque caminan en el mismo sentido de la rotación terráquea: creo que de muchas
maneras sigo siendo un revolucionario; porque rechazo la hipocresía
farisea, el egoísmo, la injusticia, o el hecho de que una clase
social se sienta superior a otra, siendo todos iguales ante los
ojos de Dios. Ningún cubano ha sido más demócrata que José Martí –a quien considero no sólo un Apóstol sino Santo del exilio, de nuestra emigración-, ni más revolucionario que Jesús Cristo, a quien esa misma dialéctica de pensamiento y acción, me condujo
a conocerle una noche de diciembre de 1984,
en un humilde pesebre de la Iglesia María Madre del Buen Pastor, conocida
por todos los santaclareños como La Pastora.

Fue un poco después de haberme graduado en la Universidad
Central de Las Villas, siendo redactor de la revista literaria
Islas y asiduo visitante del Fondo Coronado de la Biblioteca
Central. Pasaba las tardes revisando los viejos folios del teatro
bufo; los fascímiles que Francisco de Paula Coronado guardó
con estupenda visión de futuro desde sus tiempos en el
ejército mambí; libros y publicaciones raros y valiosos. Por
entonces, publicaba mis crónicas de leyendas y
tradiciones en el periódico local Vanguardia, donde publiqué
un domingo un artículo sobre la “iglesia de la calabaza” (por ese ornamento
arquitectónico que descansa desde hace dos siglos en la punta
del campanario).

 Al párroco de La Pastora le llamó la atención
que un periódico local narrase una leyenda con “tintes
eclesiales”, pues todavía no se habían publicado las
conversaciones de Fidel con Fray Betto, y eran extrañas las
lecturas sobre la Iglesia Católica o de cualquier otra
denominación religiosa en la prensa oficial. Por lo que el
padre Antonio Azel de Ayala, me envío un mensaje con
un amigo para que pasara a verle por la sacristía de la Iglesia.
Me emocionó el hecho de poder acudir a un lugar que es fuente
de la tradición local de mi ciudad natal.

Nunca antes había entrado en un templo, era diciembre,
y la Iglesia celebraba la Navidad. Felicita –mi esposa- y este cronista
penetramos por la casa parroquial… y nos quedamos impactados
por el enorme pesebre que ocupaba un gran ángulo de la sala.
Fue como un reencuentro con mi niñez y los recuerdos de
aquellas navidades de los sesenta.

Manos muy curiosas habían escenificado el famoso misterio
del nacimiento de Jesús: la Sagrada Familia
reposaba alrededor de la pobre cuna; los magos estaban
postrados a los pies del rey de reyes; un poco más allá, los
pastores y sus ovejas se reunían en torno a una hoguera;
desde arriba, un ángel con trompeta tocaba algún canto arcano,
y a lo lejos… las casitas iluminadas, el río bajando por
escarpados senderos: el pesebre me cautivó y obró en mí
un hechizo inexplicable.

Lo mejor de aquella «época de Azel» fueron los helados
y los flanes o budines que nos esperaban
después de un ensayo, o de una reunión de catecismo; o
aquellas escaladas que hacíamos por la ruinosas escaleras del
centenario campanario para ver desde lo alto la querida ciudad.
Una vez, hasta pude tocar la legendaria “calabaza” de
cemento -que en realidad representa el globo terráqueo, en
cuyo norte, el arquitecto colocó un crucifijo de hierro que ha
resistido el tiempo, los huracanes y hasta los rayos-, y sentí en
ella el poder de la leyenda.

Ustedes pensarán que son imaginaciones de escritor,
pero, de que había energía en esa redonda cucurbitácea,
no lo pongo en duda, si analizo los acontecimientos que
se sucedieron en mi vida después de aquella experiencia.

Desde aquellos años, mi interés por los
mitos, las tradiciones, las leyendas, los fenómenos paranormales
e inexplicables, ha ido creciendo sin parar: un interés que tiene
su origen el 15 de julio de 1689, cuando un grupo de familias
llegó al hato de Antón Díaz, huyendo de los «demonios» de
San Juan de los Remedios, para fundar la ciudad cuna de Marta
Abreu. Otro destino no puede tener un buen «pilongo», porque,
en la vida, todo es ir a lo que el tiempo deshace, sabe el hombre
dónde nace y no dónde ha de morir... En la vida, todo es ir.

(Introducción  del libro Historias Asombrosas, de Ángel Cristóbal
Editorial Letras Latinas, I, II y III edición corregida y aumentada)
Derechos Reservados según el depósito legal de la Biblioteca Nacional
de Venezuela If 2522004800936 / 2004)
Este libro puede ser descargado del portal www.letraslatinas.blogspot.com
o comprado a través de Kindle Amazom.com

Historias Asombrosas, así como otros títulos del autor, pueden ser
consultados en los catálogos de 23 bibliotecas de las principales universidades estadounidenses y en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.