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Con todos y para el bien de todos

Filólogo Ángel Cristóbal García
(Caracas, 30/1/15). Del 19 al 29 de enero tuvo lugar en Caracas la jornada martiana, con diversos actos culturales que celebraron los 134 años de la llegada de José Martí a Venezuela, y el 162 aniversario de su natalicio en La Habana, Cuba.



Por Felicia Jiménez / Prensa del Sur
Fotos: María Cristóbal

Un amplio programa desarrolló el Ministerio del Poder Popular de la Cultura, a través de la Biblioteca Nacional de Venezuela y su ente adscrito la Casa Nuestra América José Martí; con el apoyo de organizaciones sociales como la Asociación de Cubanos y Cubanas Residentes en Venezuela, el Club Bolívar-Martí, y el Comité de Solidaridad Venezuela-Cuba.

José Martí arribó a costas venezolanas el 19 de enero de 1881, y llegó a Caracas dos días después. Las incidencias de este viaje las inmortalizó en su relato Tres Héroes, publicado en el primer número de su revista La Edad de Oro, empresa que concretó en Nueva York, en julio de 1889.

En Caracas pronunció discursos, impartió clases de francés y oratoria, escribió el poemario Ismaelillo, colaboró con el diario La Opinión Nacional y fundó la Revista Venezolana, en la cual publicó su conmovedor ensayo "Ha muerto un justo", a raíz de la muerte del destacado intelectual venezolano Cecilio Acosta, con quien compartió veladas culturales e intercambió ideas sobre la independencia de los pueblos americanos. A causa de este artículo publicado el 15 de julio de aquel año, se especula que el propio presidente Antonio Guzmán Blanco, le solicitó que abandonase el país, pues Cecilio Acosta fue calificado por el joven escritor como el más brillante opositor de Guzmán Blanco. El futuro apóstol de la independencia cubana partió para Nueva York pocos días después del incidente, y desde la Guaira escribió una nota de despedida al director de La Opinión Nacional en la cual expresó su célebre frase: De América soy hijo, a ella me debo. Déme Venezuela en qué servirla, en mí tiene a un hijo.

Precisamente sobre estos aspectos versó el conversatorio impartido este jueves por el filólogo, escritor y periodista cubano-venezolano, Ángel Cristóbal García, llevado a cabo en la Sala de Libros Raros y Manuscritos, del Instituto Autónomo Biblioteca Nacional y Servicios de Bibliotecas (BNV) enclavado en el Complejo Cultural Foro Libertador. Con el título de “Cecilio Acosta y José Martí: De América soy hijo; la disertación estuvo ambientada en la época de la llegada del prócer cubano a Venezuela, y para ello se preparó una muestra con libros, periódicos y manuscritos de José Martí y de Cecilio Acosta. Para lograr ese objetivo, se contó además con el apoyo del director de esta Sala, licenciado Gabriel Saldivia, quien es además un especialista en materia de libros raros y documentos.

Lic. Gabriel Saldivia, experto en manuscritos y libros raros.
Según expresó el ponente, un joven Martí de apenas 28 años de edad, llegó a Caracas precedido por una fama de escritor y ensayista, corresponsal de importantes diarios como El Universal, de México, La Opinión Nacional, de Venezuela, y The New York Times, de Estados Unidos; y conoció en Caracas a un Cecilio Acosta ya en el otoño de su vida, en la más absoluta pobreza y austeridad, pero aún lleno de ideas, quien impresionó al cubano por la intensidad y claridad de su pensamiento.

Poco tiempo después, se produjo la muerte de Acosta, y Martí escribió el ensayo “Ha muerto un justo”, el cual publicó en el segundo número de Revista Venezolana, empresa editorial que fundó aquí con la ayuda del director de La Opinión Nacional. En dicho artículo el patriota cubano describió a Don Cecilio Acosta como un hombre que realizó aportes no solo a la jurisprudencia venezolana, sino que desarrolló ideas, conceptos sobre el papel transformador que deben tener los pueblos en los gobiernos y sus gobernantes. También lo llamó “el más brillante opositor de Guzmán Blanco”.

Este artículo publicado el 15 de julio de 1881, provocó la ira del “Ilustre Americano” –como se hacía llamar entonces el presidente Antonio Guzmán Blanco-, y ante la negativa del revolucionario cubano a la solicitud de Guzmán Blanco de que le dedicase una semblanza en el siguiente número de la Revista, Martí tuvo que abandonar con prontitud las tierra venezolanas.

El conversatorio del filólogo Ángel Cristóbal, según sus propias palabras, evitó el lenguaje  académico. El intelectual nos habló de Martí y de Acosta desde su corazón: “No esperen titulares para ediciones de periódicos mañana, ni párrafos rebuscados, hoy les voy a hablar de un Martí más cercano, de carne y hueso, a quien los cubanos y cubanas debemos el poder conocer, desde nuestra infancia, a un Bolívar héroe, de cuento infantil, en esa maravillosa obra que es La Edad de Oro”, por ello insistió en la necesidad de seguir promoviendo esta publicación “que es considerada por muchos críticos como el mejor texto dedicado a los niños y niñas de este continente”.

Describió curiosidades sobre las características físicas de José Martí, su vida íntima, sus relaciones con los hombres y mujeres de su época: “Sé que detrás de ese periodista, de ese pensador, de ese escritor, de ese político republicano y democrático, de ese filósofo y poeta, había un hombre sensible y apasionado, alguien que podía ser arte entre las artes y monte entre los humildes, como su famoso verso que nos da luces sobre sus propósitos de vida: Arte soy entre las arte, y en el monte, monte soy”.

Cristóbal García invitó a acercarse a la Biblioteca Nacional y conocer las obras de estos dos grandes hombres, leer sus libros y escudriñar en sus cartas, documentos y papeles que aquí se conservan cual tesoro sagrado de la Patria. Exhortó a los jóvenes a “dejar a un lado el facilismo del corte y pega de Internet, porque hay muchas cosas interesantes por descubrir, mucho más educativas para las generaciones de hoy y de mañana: conocer de dónde venimos y por qué estamos aquí”. Y acotó: “Como latinoamericanos, debemos amar, aceptar lo nuestro y sentirnos orgullosos de ser americanos”.

Por su parte, Gabriel Saldivia, quien fue el presentador del ponente, concluyó la grata actividad destacando que en esta Sala, entre otras maravillosas colecciones, se encuentran los archivos completos de Cecilio Acosta, pero también de Antonio Guzmán Blanco, decenas de miles de documentos, ejemplares de periódicos del siglo XIX venezolano, libros impresos en diversas épocas, así como grabados de la antigua Caracas y del litoral Vargas, que ilustran a quienes los consultan sobre la historia de Venezuela.   




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¿Por qué Martí vino a Caracas?


Así era La Guaira cuando llegó Martí el 20 de enero de 1881



POR ÁNGEL CRISTÓBAL GARCÍA
De Nueva York a Caracas
José Martí, el cubano de fino espíritu, en los primeros días de enero de 1881 y bajo el intenso frío de New York tenía el alma triste: había dejado atrás a su querido hijo, y sus relaciones con su esposa Carmen Zayas-Bazán no iban bien. Varios amigos venezolanos, entre los que encontraban Bolet Peraza y la familia Mijares, les hablaron de la ciudad de los techos rojos. Y Martí, en quien Venezuela había siempre operado un influjo especial, a pesar de otros amigos que le advirtieron sobre el ambiente caudillista imperante, se embarcó el 8 de enero en el barco Felicia con rumbo a Suramérica. Once días después llega a Puerto Cabello, Venezuela, y un día después desembarca en el puerto de La Guaira. Sin perder tiempo toma una diligencia (carromato) e inicia la lenta subida al valle de Caracas, por el Camino viejo de los españoles. Todavía hoy, cuando hacemos este viaje de rememoración martiana en modernos jeeps, el viaje es lento y penoso, ¡cuán agotador y peligroso no sería entonces! 
El Camino Viejo de los Españoles
El joven cubano, a una semana de cumplir 28 años de edad, venía precedido por la fama de orador notable, de escritor de singular estilo y de vehemente revolucionario que ha consagrado su vida a escribir -como él mismo dijera- la "última estrofa del poema de 1810" (para quien no conoce esta parte de la historia venezolana, Martí se refería al 19 de abril de 1810 fecha cuando se produjo el primer acto independentista de este valiente pueblo). Viene sin duda a Venezuela en busca de apoyo para sus proyectos de libertar a Cuba. Caracas lo recibe con alborozo y se abren para él las puertas del afecto y de la inteligencia.
José Martí con su hijo José Francisco, poco antes de viajar a Caracas, ciudad donde escribió su obra poética "Ismaelillo" 

La causa que representa Martí encuentra eco inmediato. Desde su llegada, lo rodean algunos de los más destacados escritores venezolanos, entre los que se encuentran; Arístides Rojas, Eduardo Blanco, Eloy Escobar, Diego Lugo Ramírez, Vicente Morales Marcano, Domingo Ramón Hernández, José Gil Fortoul, Lisandro Alvarado, Cesar Zumeta y Gonzalo Picón-Febres. El 21 de marzo se le ofrece al distinguido huésped un afectuoso y lucido homenaje público. Picón-Febres, quien fuera testigo presencial, ha descrito la velada artístico-cultural celebrada en el Club del Comercio, como un evento en el que brilló más -dice-, “el verbo de Martí que la profusión de luces y la belleza de la mujer caraqueña allí presentes”.
José Antonio Pérez Bonalde, patriota venezolano amigo de Martí
Se le invita luego a dar clases en el Colegio Santa María, que dirige el licenciado Agustín Aveledo, y en el no menos célebre Colegio Villegas. Sus clases de literatura y lengua francesa se llenan de jóvenes ansiosos de escucharlo. Cuentan que entonces Martí vestía de negro. Nunca deja de las manos un libro que lee con avidez, como para que ceda el turno, cuanto antes, al próximo. Tiene la frente amplia y abovedada y por los ojos se le escapa el brillo de la inteligencia. 

Hace amigos diariamente, escribe mucho y nace aquí su poemario "Ismaelillo" (el cual analizaremos en otro capítulo). También funda la Revista Venezolana, un proyecto editorial que no pudo llevar a cabo en Guatemala pero que aquí desarrolla con el ayuda del editor del periódico La Opinión Nacional (hoy El Nacional). Todo parecía marchar bien cuando, sin que nadie lo espera, abandona el país con rumbo a Nueva York en julio de ese mismo año, como si hubiese recibido una orden perentoria a plazo fijo. ¿Qué pudo haber ocurrido para que obrare así? La respuesta, en ese momento se oculta tras el nombre de Antonio Guzmán Blanco.

Guzmán Blanco: el Ilustre Americano 
La Plaza Bolívar de Caracas, en 1876. Cinco años después un viajero que llegó a Caracas no preguntó dónde se comía o se dormía, sino dónde estaba la estatua de Bolívar. Y dicen que el viajero lloró ante ella como un hijo ante su padre.

Después de la inesperada muerte del General Francisco Linares Alcántara, ocurrida en La Guaira el 30 de noviembre de 1878, Antonio Guzmán Blanco, quien se encontraba en París, se apodera de la presidencia de la República, con carácter provisional, el 26 de abril de 1879. En mayo deja encargado de la presidencia al Dr. Diego Bautista Urbaneja y se ausenta para Europa. Regresa y se encarga de la presidencia el 1ero. de diciembre. Comienza entonces su segundo periodo presidencial, conocido en la historia venezolana como el Quinquenio. Es decir, el joven José Martí llegó a Caracas, en pleno auge del guzmancismo.

Después del exilio y de la persecución que sufrió en compañía de sus amigos entre 1878 y 1879, Guzmán retorna al poder con algunos de los defectos que han mermado o hecho discutible su personalidad: soberbia, sed de honores y riquezas, y sobre todo, un agudo rencor contra quienes lo habían atacado públicamente durante el gobierno de Linares Alcántara. Entre los enemigos de Guzmán Blanco se contaban los estudiantes universitarios. Fueron ellos quienes derribaron por segunda vez las estatuas del Ilustre Americano erigidas en las plazoletas de San Francisco y en la colina de El Calvario, y a las que el humorismo político venezolano había bautizado, respectivamente, con los nombres de "Saludante" y "Manganzón".
Antonio Guzmán Blanco 
Uno de los más señalados enemigos públicos de Guzmán Blanco y de su padre Antonio Leocadio, era por entonces Cecilio Acosta quien, a comienzos de 1881, languidecía en la indigencia de su modesto hogar. El barón ejemplar, cuya vida había estado consagrada al servicio de los intereses públicos, se encontraba inválido, próximo a la muerte, y aun así, acosado por el recelo oficial. Apenas algunos amigos se acercaban para hacerle compañía en las últimas horas de su existencia.

Las relaciones entre Acosta y Guzmán fueron siempre frías antes de congelarse definitivamente. Ambos procedían de la misma universidad, y por momentos parecieron militar en las mismas filas políticas. En 1865, cuando un grupo de universitarios fue a presentarle un saludo al Gral. José Tadeo Monagas, quienes llevaron la palabra fueron Acosta y Guzmán. Años más tardes, en 1872, Guzmán elige a Cecilio Acosta para que forme parte del grupo de legisladores que habría de redactar los códigos venezolanos. En 1876, finalizada la obra de los juristas, cuyo trabajo presidió Guzmán en persona, éste resuelve enaltecer la labor de los codificadores y manda a acuñar una moneda de oro con la siguiente inscripción: "Guzmán a Cecilio Acosta". Todavía fue más lejos y ordenó pintar un óleo que retrataba a las comisiones en pleno, encabezadas por él. Semioculto, en el último plano del cuadro, Cecilio Acosta asoma su rostro aniñado.
Cecilio Acosta
Hasta aquí llega lo que se puede calificar como buenas relaciones entre Acosta y Guzmán Blanco, las cuales, como se ve, no pasaron de que el Ilustre Americano utilizase los servicios profesionales y los conocimientos jurídicos de su antiguo compañero universitario.

Menos de un año después concluía el llamado Septenio. Guzmán Blanco entregó el poder al general Alcántara, y se fue al poco tiempo para Europa con el cargo de Ministro Plenipotenciario de Venezuela ante los gobiernos de Alemania, Francia, Italia, la Santa Sede, España y la Confederación Helvética. La reacción antiguzmancista no tardó en producirse. Antes de su partida para el viejo Continente, se produjo el rompimiento público entre Guzmán y el escritor Nicanor Bolet Peraza, quien había sido redactor de La Opinión Nacional y, hasta esos momentos, amigo íntimo y partidario sincero del "afrancesado".
Bolet Peraza conoció a Martí en Nueva York
En 1877, en plena efervescencia antiguzmancista, aparece el diario La Tribuna Liberal, fundado y dirigido por Bolet Peraza. El objetivo principal de este periódico consistía en dar cabida a las críticas contra el Septenio. Entre quienes colaboran en el mismo esta Cecilio Acosta, y uno de los artículos más extensos que publica es "Los espectros que son, y un espectro que va a ser", en respuesta a un ataque público de Antonio Leocadio Guzmán contra Acosta, aparecido el día anterior, y en el cual lo moteja de perezoso y servil. El artículo de Acosta, publicado el 11 de noviembre de 1877, describe un cementerio al cual es conducido Leocadio; donde un tribunal de muertos lo acusa y juzga por todos sus delitos en la vida pública venezolana. Catorce días antes del ataque del viejo Guzmán, Don Cecilio había publicado uno de sus más conocidos ensayos, "Los partidos políticos", en el cual critica el servilismo imperante durante el Septenio, una época cuando "ser ciudadano es ser mudo para no hablar, obrero de ración, o eunuco de serrallo, o parásito de corte, o siervo de látigo que cuando no lo recibe lo reclama". Y acusa a los partidarios de ese gobierno de ser "esclavos más humillados que los esclavos mismos, porque éstos alguna vez se huyen y aquellos nunca, clamando siempre por amo, azote y pan...".

Con tan definidas expresiones, Acosta queda radicalmente ubicado entre los antagonistas de Guzmán. Cuando éste regresa al poder en 1879, Bolet  Peraza se exilia voluntariamente en Nueva York. Cecilio Acosta es de los que no se van. Sumido en la pobreza, busca refugio en su hogar. Allí lo visitan unos cuantos amigos que no temen a las represalias del Ilustre Americano.


Ha muerto un justo 
Uno de los que frecuentan la casa de Cecilio Acosta es Jose Marti. Entre el venezolano crepuscular y el cubano que inicia su carrera meteórica, nace una gran amistad. Don Cecilio vive sus últimos días. En los momentos de menos estado depresivo lee a los íntimos su "Oda al Vespero", que es, según se sabe, el poema con el cual cierra su obra. En el desnudo aposento se reúne una pequeña pero selecta tertulia, formada entre otros por el arzobispo Guevara y Lira, Martí, Lisandro Alvarado, quien nos dejó una fresca estampa de aquellas reuniones: "Un recuerdo de Martí" (Obras Completas de Lisandro Alvarado, vol VII, p. 225), del cual hemos extraído el siguiente fragmento...

"Pronto, después, tuve la oportunidad de conocer personalmente al orador, con ocasión de hallarme en casa del Licenciado Cecilio Acosta. De visita llegaron al mismo tiempo el Arzobispo, Martí, y el señor Rincón, colombiano. Fui presentado al segundo, que los otros dos me eran conocidos. Lo posible para mí delante de aquellos hombres era callar. ¡Cuán interesante me fue la personalidad de aquel hijo de Cuba! Sus modales, cortesanos y distinguidos; su conversación, viva y afable, su imaginación, presta e inquieta. Mantenía una sonrisa benévola, un aire de ingenuidad, que un hipócrita hubiera intentado en vano de aprenderse, al paso que era el era velo de discreción, puesto que a maravilla servía para disimular su vasta erudición. Aparecía en suma achicado en su tela intelectual, casi como un señorito cualquiera de chispa y de talento. Y en Acosta el mismo engaño, avivado más y más con el modestísimo aspecto de su aposento, donde aquel recibía de ordinario a sus amigos".

El viernes 8 de julio de 1881 falleció Cecilio Acosta. Debemos también a Lisandro Alvarado, la conmovedora sencilla descripción de aquella noche:

"Cerca de las 8 de la noche la casa estaba casi desierta. En el pequeño corredor había apenas algunos viejos amigos y unos cuantos jóvenes. A poco empezó a llover y casi todos se retiraron. En la pieza en la que él ordinariamente estudiaba y escribía, allí conversaban en voz baja algunas personas. En la antesala, casi en el mismo sitio en que dormía, estaba también el lecho de muerte; le vi en ese momento. Tendido frente a la ventanilla de la pieza, envolvíale ya el sudario; y como deseasen verle ciertas personas levantaron el lienzo que cubría su rostro, hondamente demacrado: la frente era la misma, espaciosa, pensadora, salientes los pómulos, afilada la nariz, hundidos los ojos. Aquellas manos que tan amorosamente estrecharon sus admiradores, habían perdido sus músculos. Inclinábanse así sobre el cadáver los antiguos amigos, pareciendo dudar que semejante espíritu se hubiera desvanecido y exhalado".
Primer número de la Revista Venezolana. Nota del autor: En la Biblioteca Nacional de Venezuela, la Hemeroteca resguarda ejemplares originales de 1881 que pude observar con sagrada admiración  

El 9 de julio, por las húmedas calles de Caracas, los restos de Acosta fueron conducidos por un puñado de amigos hasta el Cementerio General del Sur. Sólo dos personas hablaron en el luctuoso acto: el Pbro. José León Aguilar, quien hizo alusiones contra Guzmán Blanco, y el doctor Pablo Acosta, quien despidió entre lágrimas a su hermano. El resto de los presentes calló por prudencia. José Martí le rindió después tributo en la inigualable elegía que publicaría en el número 2 y último de su Revista Venezolana, página en la que el gran apóstol cubano inmortalizó a Cecilio Acosta:

"Ya esta hueca, y sin lumbre, aquella cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa; y mudos aquellos labios que hablaron lengua tan varonil y tan gallarda; y yerta, junta a la pared del ataúd, aquella mano que fue siempre sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde. Ha muerto un justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres: se le dará gozo con serlo".

De allí en adelante, en ningún otro momento de su perdurable elogio, Martí vuelve a ver a Acosta sino como un ser vivo, palpitante en su pensamiento y en su prosa.

Después del entierro, la reacción de un personaje egocéntrico como Antonio Guzmán Blanco no se hizo esperar. El Pbro. León Aguilar fue arrestado, encarcelado y torturado físicamente. Obtuvo la libertad a cambio del destierro, en el que permaneció seis o siete años. ¿Y que podía sucederle a un extranjero que como Martí elogiaba a los enemigos del Gobierno, electrizaba con su verbo a los grupos universitarios e intelectuales que le eran adversos a Guzmán, y cuya pluma no pudo propiciar a ningún precio el autócrata? Se sabe de una tempestuosa entrevista que según William Rex Crawford se produjo cuando el joven abogado cubano fue citado a presencia de Guzmán Blanco (la cual reseña en su libro "A century of Latinamerican Thought, p.331. Harvard University Press, 1944). Pero si ocurrió en efecto, ello no ha podido ser comprobado. Todo parece indicar que, en el mejor de los casos, el Ilustre Americano nunca llegó a percatarse del extraordinario huésped que tenía; algo que también es usual en nuestros tiempos.

El 28 de julio de 1881, veinte días después de la muerte de Acosta, el patriota cubano abandona Caracas y vuelve a transitar el Camino Viejo de los Españoles. En sus escritos no hay, que se sepa, alusión directa a los motivos de su brusca partida, a no ser que leamos entre líneas la carta que, la víspera de sus viaje, dirigió a Fausto Teodoro de Aldrey, director de La Opinión Nacional.

Este es otro de los misterios que acompañarán a Martí el resto de sus años; como la pérdida de algunos folios de su Diario de campaña que alguien arrancó aprovechando la confusión de aquel 19 de mayo de 1895 en el campamento de Dos Ríos. 

¿A qué vino José Martí a Caracas? Sin dudas a tocar la tierra sagrada de su admirado Simón Bolívar, a llenar sus pulmones del aire libertador de este pueblo. Pero nada impide sentir que acudió también a prestigiar la muerte de Cecilio Acosta, y a construir con su prosa el mejor panteón que podía erigirse para guardar el vivo resplandor que a su ocaso dejan los hombres.


(Fragmento del libro Tras la huella de Martí en Caracas, de Ángel Cristóbal. 2da. edición revisada y aumentada. Editorial Letras Latinas, 2015)
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El extraño caso cubano del perro de la muerte

El perro de la muerte. Dibujo de René García, 2004

Por Ángel Cristóbal García

En el poblado de Vueltas, provincia de Villa Clara, Cuba, la gente aún recuerda la efímera vida de un perro con un inusual reflejo: tenía el olfato adiestrado para “oler” la muerte. Cuentan que llegó una tarde a la funeraria del pueblo acompañando el cadáver de un vecino y –tal vez por esos azares del destino-, desde entonces no se perdió un entierro del municipio; pues incluso, mucho antes de llegar el cadáver a la funeraria, ya el perro estaba allí esperando y no se movía del lugar hasta que partía el cortejo, con él a la cabeza, y luego desaparecía al llegar al cementerio.

Costumbre tan inusual e inexplicable para un animal, hizo célebre al perro y lo convirtió en el blanco de los comentarios de la población, dividida entre dos corrientes antagónicas: una, lo veía dócil e inofensivo, obra de la casualidad o de un reflejo acondicionado (se decía que iba a la funeraria en busca de comida que le daban sus trabajadores); otra, impresionada, lo veía como un misionero de la muerte, un animal de mal agüero. "Era la imagen pura de la Parca, la fría presencia de Caronte en un siglo donde imperan los modernos modelos de pensamiento", escribió un cronista del pueblo (1).

Era de esperar que ello ocurriera. ¿Se imagina usted, amigo(a) lector(a), que un perrito vaya a todos los entierros de un pueblo sin faltar a uno? ¡Y él lo hacía con responsabilidad y con respeto! Sabe Dios por qué –a lo mejor por algo sobrenatural o de repente por una costumbre que se hizo hábito-, pero lo cierto es que la extraña misión de aquel can se hizo legendaria y ...hasta salió por la televisión.

Cuando un equipo de la televisión cubana llegó a Vueltas para filmar al perro en su misión solemne, se preparó un entierro falso con todas las de la ley: coronas, flores, cirios encendidos, caja fúnebre, personas llorando. Todo se hizo con sumo cuidado, con mucha paciencia, sin olvidar un detalle y el perro, como siempre, llegó puntual a la ceremonia. Entonces se procedió al cortejo, el perro comenzó a ladrar delante del carro fúnebre. Sin embargo, antes de arribar el desfile a la primera cuadra, el animalito se dio cuenta de que aquella era una farsa, que no había muerto en la carroza y se regresó, dicen que bastante enojado. Así lo confirman sus dueños quienes afirman que durante varios días el perro estuvo muy molesto. Fue algo que dejó atónitos a todos los lugareños: hasta los de la televisión se quedaron boquiabiertos.

José Hernández, un ingeniero civil de 53 años de edad, vecino de Vueltas, narró en un artículo (2) que cuando su padre enfermó de gravedad, el perrito apareció por su casa. Primero lo hizo jugando con el perro de la familia. Se hermanaron y esto motivó que nadie sospechara nada. Luego el can comenzó a entrar al dormitorio, donde el padre de Hernández yacía en su lecho de muerte. Desde ese momento, el perrito le “visitó” durante toda la enfermedad hasta el día en que el señor murió. Más tarde, les acompañó en el funeral, y después jamás volvió a pisar la casa.

Por su parte, el personal de la funeraria afirma que el perro sólo aparecía momentos antes de recibir a un fallecido. Una vez incluso, no habiendo novedad ese día, cerraron el local y al llegar a la esquina se encontraron con el perro de la muerte que empezó a ladrarles como un loco, impidiendo que continuaran su camino. Entonces, un vecino les avisó que el teléfono de la funeraria no dejaba de repicar: ¡había muerto un viejito en Aguada de Moya y debían preparar las honras fúnebres! Hay muchos testimonios más...

La noche del 12 de mayo de 1996 el perrito se encontraba frente a la funeraria, jugando con otros de su especie, cuando un autobús pasó como un bólido y masacró a los animales, matándoles en el acto. La reacción de la gente del pueblo fue tan violenta que, si no interviene la policía, el chofer no hubiese hecho el cuento, pues lo querían linchar. ¡Había matado al orgullo de Vueltas!

Al perro de la muerte le hicieron un funeral como le correspondía por su grandeza. Fue el pueblo quien quiso honrarle y un mar de gente le acompañó hasta el cementerio, donde fue enterrado junto a aquellos que una vez acompañó. Tiempo después, al bus del chofer canicida se le fueron los frenos y chocó contra una estación de ferrocarril; en otro viaje impactó a un auto, y en un tercero volvió a chocar saliendo del pueblo, por lo cual pasaron a retiro al desgraciado. Todo pasó en menos de dos meses posterior a la muerte del perrito. ¿Se vengó éste del hombre o fue pura casualidad? Nunca lo sabremos: son preguntas sin respuestas. Lo que nadie duda es que, a diferencia de muchos de los muertos que acompañó hasta el camposanto, el perro de la muerte vive en la memoria de su pueblo.

Notas:
-Historia original de Ernesto Miguel Fleites. Publicado por la revista Signos, Nro.49, 2004
-Este relato forma parte del libro "Crónicas de un pilongo en Caracas", de Ángel Cristóbal, publicado por Editorial Letras Latinas. Rif. J-314232-14. Copyrights, Ángel Cristóbal, 2015



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Las apariencias engañan: un pilongo en La Habana

Por Ángel Cristóbal
El quitrín. Obra de Miahle. 1859

Los grabados de Patricio Landaluce
A principios del siglo pasado, mis abuelos paternos y maternos siendo muy jóvenes viajaron desde Asturias (España) e Isla Canarias, a Cuba. Se asentaron muy cerca de Palma Soriano, en la antigua provincia de Oriente, lugar donde nacieron mi padre y mi madre, ellos engendraron cuatro hijos: dos varones y una hembra nacidos en la tierra oriental, y un cuarto varón que vio la luz por primera vez, en Santa Clara. Nuestra fisonomía en nada encajaba con el modelo típico del cubano; éramos pelirrojos, blancos como la leche y llenos de pecas, algo que en mi caso me ocasionó muchas burlas y no pocas peleas con mis compañeros de la escuela primaria.

Al pasar el tiempo y siendo ya un estudiante universitario, mi cabello rojo largo ondulado, una barbita hirsuta del mismo color, cuerpo delgado y vestido siempre en blue jeans, pullovers y tenis deportivos; así como mi carácter reservado e introvertido me convirtieron en un cubano tan atípico que los nacionales me confundían con los turistas extranjeros: canadienses, alemanes, y hasta rusos e italianos que visitaban la isla sobre todo en diciembre, buscando el calor del trópico cuando en el norte arrecia el frío. Esta confusión involuntaria me convirtió en protagonista de situaciones simpáticas, a veces absurdas y en ocasiones incómodas como las que narro en este relato.

Casi todo “buen cubano” se jacta de ser bromista, locuaz, dueño de un lenguaje popular que acompaña de gestos y expresiones de simpatía; bebedor de ron y de café; bailador de salsa y casino; amante del béisbol y del dominó; y gran degustador, por supuesto, del arroz con frijoles negros (congrí), sin olvidar la carne de cerdo en todas sus expresiones culinarias.

El carnaval, los velorios, las visitas dominicales, la religiosidad popular y el amor familiar forman el segundo bloque de prioridades. Y un tercero –que llamo el bloque de la nostalgia-, destaca por una extraña obsesión por las cosas, costumbres y momentos del pasado -aún cuando no las haya vivido. Sobre todo cuando sale del país para radicarse en otro, el cubano nostálgico vive en una eterna remembranza que lo obliga siempre a mirar atrás: visitar la casa y el barrio donde vivió, investiga y archiva fotos en sepia o blanco y negro de artistas, locutores, programas de radio y televisión; ¡escucha el bolero que jamás cantó en Cuba! En fin, se huye de la isla pero jamás se rompe ese cordón umbilical, en afán de mirar atrás para apresar el tiempo que pasó.

Así, someramente, salvando detalles y distancias, sin caer en nacionalismos y chovinismos, se podría entonces arribar a la descripción de un falso cubano típico, mestizo y a la vez inconsciente de ese mestizaje; a quien ironizó el pintor de escenas costumbristas Patricio Landaluce en aquellos grabados hermosos, muchos impresos en las tapas de las cajas de tabaco del siglo XIX, en los cuales inmortalizó a un criollo incapaz de pensar.

Conscientemente nunca me dejé encasillar en esa “cubanía” que nos convertía en seres ineptos para disfrutar de la libertad, la soberanía y la dignidad que nos toca por derecho. Porque, si en época del colonialismo español -según retrataron las pinturas de Miahle, Landaluce, Laplante, y la obra costumbrista Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde-, cuando el lector de tabaquería les leía capítulos de Los Miserables, de Víctor Hugo, a los obreros, aquéllos se dormían; medio siglo después, durante la República, buena parte del pueblo cubano dormitó también bajo los efectos de las novelas jaboneras que trasmitían la radio y posteriormente la televisión cubana. Pero más de un siglo después, volvió a dormir con el resurgir de aquellos folletines decimonónicos en forma de telenovelas de factura internacional o nacional: ¡La esclava Isaura!, ¡Sol de batey!

Tipos cubanos. Patricio Landaluce, 1853


Luna de miel en Varadero          
Cuando Felicia y yo nos casamos el 9 de octubre de 1982, todavía ese año las parejas de recién casados podían alojarse en los hoteles destinados al turismo internacional. Nosotros escogimos Los Delfines, en la ciudad balneario de Varadero para pasar nuestra luna de miel. Cuando arribamos a este bello motel que es muy buscado por los turistas canadienses, comenzaron los percances: la carpetera de turno, al ver mi apariencia, me pidió el pasaporte de turista internacional en vez de solicitarme el carné de identidad nacional. Felicia, tan afable como ha sido siempre, le corrigió sonriente la equivocación, pero la muchacha pensó que era una mentira de mi cónyuge para tratar de evadir el pago en dólares de la habitación. Se formó una discusión y nos pasaron a la oficina del gerente del hotel, quien resolvió el equívoco luego de comparar exhaustivamente mi rostro con la foto en blanco y negro del carné de identidad de entonces, que no cabía en los bolsillos de camisa alguna.

Llegada la noche, nos fuimos a cenar a la Casa Dupont, cede de un restaurante situado casi al extremo de la península de Hicacos. Luego de algunas bebidas y una cena en la cual degustamos el famoso coctel de colas de langosta, salimos a tomar un taxi. Se nos acercó entonces una pareja de policías que nos pidió identificarnos, y al ver aquellos nuestras cédulas de identidad cubana no la devolvieron, sino que nos acusaron de ser “jineteros” y nos condujeron en una patrulla hasta la terminal de ómnibus de Varadero: para “destarrarnos” a Santa Clara.  Rodando por la autopista sur de la playa, les explicamos que éramos recién casados… ellos se excusaron y se brindaron para llevarnos de vuelta al hotel.   

Al día siguiente me acomodé en el típico bar construido a pocos metros de la blanca arena, mientras mi mujer se bañaba en el trasparente mar. Inmediatamente se me acercó un barman, me preguntó en idioma francés qué iba a tomar y le respondí que deseaba una fría cerveza. La trajo acompañada de bocadillos y pasa palos. “¡C’est une cortesie de la maison!”, dijo el hombre quien siempre sonreía, como esos locutores de televisión que se quedan congelados en espera de que cambien la cámara para dar paso a comerciales. Al fin, me preguntó nuevamente en francés si yo era canadiense. ¡No hermano –le dije en buen español de Cuba-, soy cubano, de Santa Clara!  Fue como si le mentara la madre, se le borró la sonrisa, recogió el pasa palo, los bocadillos, y me reprochó: ¡Coño ahora tengo que pagar la cerveza de mis propinas en divisas! Al poco rato me explicó que a los turistas nacionales no se les podía vender cervezas, ¡sólo a los extranjeros!

El lector de tabaquería, La Habana, 1906


Extranjero en La Habana
Ahora que el tiempo ha pasado y cambiado tanto el entorno cubano, me resulta más incómoda aquella involuntaria atipicidad. No puedo olvidar, cuando caminaba las barriadas semidestruidas de Centro Habana y el casco histórico de la Habana Vieja, cómo me perseguían niños limosneros para pedirme una monedita, o veía a discapacitados y débiles visuales portando estatuillas de San Lázaro, sentados sobre cartones, pidiendo limosna -¡cuántas monedas quise tener para compartir con mis paisanos quienes veían en mí a un extranjero salvador!

Repasé una y cien veces la arquitectura evocadora de los portales de la calle Reina, donde improvisados tenedores de libros trataron de venderme en dólares el Diario del Che en Bolivia o la Historia me absolverá. Encontré a decenas de ancianos hambrientos, sucios, barbudos, orinados y defecados en su propia humanidad; compartí una pizza con una mujer lazarilla que no comía desde el día anterior y que caminaba sin rumbo fijo llevando a su hijo ciego: jamás he visto a Cristo tan presente como cuando aquellos infelices rieron contentos de recibir mi trozo de pan.

Abrumado me senté en un banco de mármol del parque Central de La Habana para tomar un respiro, estaba cerca de la histórica acera del Louvre -con su café El Louvre, donde Martí pronunció su discurso “Honrar, honra”-, y del Hotel Inglaterra que hospedó a Antonio Maceo, cuando se me acercó un señor que insistía en venderme por un dólar un ejemplar del periódico Granma. Otra señora intentó cambiarme una moneda de 3 pesos –de las que tienen impresas el rostro de Che Guevara-, por su equivalente en dólares. Y el colmo fue cuando un proxeneta, en un inglés de primer semestre de escuela de idiomas, quiso alquilarme su “jinetera”: tuve que huir “espantado de todo” a refugiarme en las tiendas cercanas; pero en todas partes era igual. Porque La Habana se desploma junto con sus habitantes, los mismos que cuelgan sus sábanas blancas en los balcones –como dice la canción de Gerardo Alfonso- símbolo de la cubanía contemporánea donde las carencias de espíritu compiten con las carencias materiales. Esa es la triste verdad de las falsas apariencias.

La Habana, 2015

       
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La iglesia de la calabaza (I parte)





Plaza Mayor de Santa Clara. Litografía del famoso dibujante y pintor andaluz Laplante. Aparece en el libro "Historia de Santa Clara y su Jurisdicción, del historiador Manuel Dionisio González, 1853.

A principios de los años setenta, siendo estudiante, comencé
a escribir canciones. No sé cómo comenzó aquello. Estaba
estudiando en la Secundaria Básica “Fe del Valle” –el antiguo
cuartel de Lepanto en época de la colonia y hoy sede del
Gobierno Provincial-, cuando fui con varios amigos a un evento
cultural en el Círculo Juvenil de Santa Clara (antes Colonia Española).

Allí,en aquel recinto que recuerdo decorado como un pastel de
cumpleaños, se presentaba esa matinée de domingo “Última
palabra”, un trío de rock integrado por un guitarrista pelirrojo,
enfundado en jeans, Ignacio; un bajista flaco y
extravagantemente vestido, Basnueva y un baterista que se
empeñaba en «tapar» las entonces incipientes «entradas» de
su frente con estrambótico peinado; era Joaquín Zaragoza (excelente
drumer y profesor de percusión latina), más conocido por Joaquinito.

Me impresionaron tanto -sobre todo la manera tan espectacular
como Ignacio ejecutaba  la guitarra-, que en cuanto salí de allí
busqué a alguien para que me enseñara a tocar este instrumento.
Así fue como conocí a Rodolfo, mi primer maestro y tuve mi
primera guitarra: una muy vieja, fabricada en Cabaiguán; de
hermoso sonido, madera de manzano y tapa decorada con
conchas de nácar –como se usaba en época de Los
Matamoros-, pero que mi viejo Julio, con mucho cariño, le había
pedido prestada a O’Reilly, un humilde zapatero que en sus
ratos libres tocaba en un trío de trova tradicional.

Aprendí muy rápido con Rodolfo y perfeccioné mi ejecución
posteriormente con músicos virtuosos como Joaquín Besada, Manolito
Chaviano, Jorge Gálvez y Manolo González, quienes me enseñaron
acordes y nuevas armonías; Jorge Gómez y Octavio Pino me honraron
con su amistad y musicalidad. José Magides me ayudó con sus críticas
oportunas, y voces como Jorge Díaz Nazario, Juan Carlos Gil,
Luly Alemán y muchas más corrigieron mi desafinamiento natural.

Las fusiones estaban de moda y todos intercambiábamos acordes,
canciones, y discos, con las últimas grabaciones de las mejores bandas del orbe.

En mi humilde casita de la calle Martí #190, a dos cuadras de El Bosque
y el Cementerio de la ciudad, teníamos una radio marca National
y otro amigo de mi papá le colocó un
dispositivo para ampliar sus bandas de frecuencia. Así podía
escuchar las estaciones de Key West y podía “fusilar” las
canciones de los grupos y solistas norteamericanos, como si
estuviera tocando con ellos.

Pero al mismo tiempo, empezó a colárseme en los oídos,
un sonido nuevo, producido por una agrupación que cambió el
destino de mi música; el Grupo de Experimentación Sonora
del ICAIC, donde cantautores como Silvio Rodríguez, Pablo
Milanés, Noel Nicola y Sarah González, experimentaban
con su Nueva Trova bajo la dirección de Leo Brouwer.

Parece que la mezcla de tantas cosas se me unieron en
acordes y letras que engendraron mis canciones. Por esos días,
conocí a Mario Crespo –otro trovador y juglar, ya fallecido y
éste junto con mi amigo y compañero de preuniversitario,
Jorge Gómez Gutiérrez, me llevaron a una evaluación de nuevos
trovadores que se llevaba a cabo simultáneamente en toda
Cuba. Noel Nicola fue quien me escuchó cantar y me integró
a aquel movimiento, y desde entonces, 1974, estuve en él hasta
finales de los 80, cuando evoluciona producto de los cambios lógicos
del implacable tiempo.

Con la Nueva Trova participé en innumerables fiestas, homenajes, festivales, evaluaciones, grabaciones, veladas artísticas, galas, etc., y conocí a los
mejores músicos de mi país. Sin olvidar que alterné con las
estrellas musicales del momento -nacionales y extranjeras-,
tales como los grupos Moncada, Manguaré, Inti -Illimani,
Quilapayún, Nuestra América, Síntesis; cantautores de la talla
de Lázaro García, Pedro Novo, Augusto Blanca; pianistas
virtuosos como Pucho López y Ricardito González; violinistas
creativos como Misael Barbel y Sergio Quintero; flautistas
imaginativos como Moisés La Rosa; arreglistas, técnicos e
ingenieros de grabación y sonido de estupenda labor como lo
son Pepe Montes y Ray Machado: todos, para mí, glorias de
la música popular cubana.

Me sentía revolucionario en la creencia de que podía
ayudar a transformar el mundo. Así que, si
algún hermano emigrante cubano me recordase con perspicacia
mi pensamiento izquierdista; no lo negaría, pues todo ello
forma parte inseparable de mi vida; ese doble que todo
hombre o mujer tiene en las antípodas y que nunca se encuentran,
porque caminan en el mismo sentido de la rotación terráquea: creo que de muchas
maneras sigo siendo un revolucionario; porque rechazo la hipocresía
farisea, el egoísmo, la injusticia, o el hecho de que una clase
social se sienta superior a otra, siendo todos iguales ante los
ojos de Dios. Ningún cubano ha sido más demócrata que José Martí –a quien considero no sólo un Apóstol sino Santo del exilio, de nuestra emigración-, ni más revolucionario que Jesús Cristo, a quien esa misma dialéctica de pensamiento y acción, me condujo
a conocerle una noche de diciembre de 1984,
en un humilde pesebre de la Iglesia María Madre del Buen Pastor, conocida
por todos los santaclareños como La Pastora.

Fue un poco después de haberme graduado en la Universidad
Central de Las Villas, siendo redactor de la revista literaria
Islas y asiduo visitante del Fondo Coronado de la Biblioteca
Central. Pasaba las tardes revisando los viejos folios del teatro
bufo; los fascímiles que Francisco de Paula Coronado guardó
con estupenda visión de futuro desde sus tiempos en el
ejército mambí; libros y publicaciones raros y valiosos. Por
entonces, publicaba mis crónicas de leyendas y
tradiciones en el periódico local Vanguardia, donde publiqué
un domingo un artículo sobre la “iglesia de la calabaza” (por ese ornamento
arquitectónico que descansa desde hace dos siglos en la punta
del campanario).

 Al párroco de La Pastora le llamó la atención
que un periódico local narrase una leyenda con “tintes
eclesiales”, pues todavía no se habían publicado las
conversaciones de Fidel con Fray Betto, y eran extrañas las
lecturas sobre la Iglesia Católica o de cualquier otra
denominación religiosa en la prensa oficial. Por lo que el
padre Antonio Azel de Ayala, me envío un mensaje con
un amigo para que pasara a verle por la sacristía de la Iglesia.
Me emocionó el hecho de poder acudir a un lugar que es fuente
de la tradición local de mi ciudad natal.

Nunca antes había entrado en un templo, era diciembre,
y la Iglesia celebraba la Navidad. Felicita –mi esposa- y este cronista
penetramos por la casa parroquial… y nos quedamos impactados
por el enorme pesebre que ocupaba un gran ángulo de la sala.
Fue como un reencuentro con mi niñez y los recuerdos de
aquellas navidades de los sesenta.

Manos muy curiosas habían escenificado el famoso misterio
del nacimiento de Jesús: la Sagrada Familia
reposaba alrededor de la pobre cuna; los magos estaban
postrados a los pies del rey de reyes; un poco más allá, los
pastores y sus ovejas se reunían en torno a una hoguera;
desde arriba, un ángel con trompeta tocaba algún canto arcano,
y a lo lejos… las casitas iluminadas, el río bajando por
escarpados senderos: el pesebre me cautivó y obró en mí
un hechizo inexplicable.

Lo mejor de aquella «época de Azel» fueron los helados
y los flanes o budines que nos esperaban
después de un ensayo, o de una reunión de catecismo; o
aquellas escaladas que hacíamos por la ruinosas escaleras del
centenario campanario para ver desde lo alto la querida ciudad.
Una vez, hasta pude tocar la legendaria “calabaza” de
cemento -que en realidad representa el globo terráqueo, en
cuyo norte, el arquitecto colocó un crucifijo de hierro que ha
resistido el tiempo, los huracanes y hasta los rayos-, y sentí en
ella el poder de la leyenda.

Ustedes pensarán que son imaginaciones de escritor,
pero, de que había energía en esa redonda cucurbitácea,
no lo pongo en duda, si analizo los acontecimientos que
se sucedieron en mi vida después de aquella experiencia.

Desde aquellos años, mi interés por los
mitos, las tradiciones, las leyendas, los fenómenos paranormales
e inexplicables, ha ido creciendo sin parar: un interés que tiene
su origen el 15 de julio de 1689, cuando un grupo de familias
llegó al hato de Antón Díaz, huyendo de los «demonios» de
San Juan de los Remedios, para fundar la ciudad cuna de Marta
Abreu. Otro destino no puede tener un buen «pilongo», porque,
en la vida, todo es ir a lo que el tiempo deshace, sabe el hombre
dónde nace y no dónde ha de morir... En la vida, todo es ir.

(Introducción  del libro Historias Asombrosas, de Ángel Cristóbal
Editorial Letras Latinas, I, II y III edición corregida y aumentada)
Derechos Reservados según el depósito legal de la Biblioteca Nacional
de Venezuela If 2522004800936 / 2004)
Este libro puede ser descargado del portal www.letraslatinas.blogspot.com
o comprado a través de Kindle Amazom.com

Historias Asombrosas, así como otros títulos del autor, pueden ser
consultados en los catálogos de 23 bibliotecas de las principales universidades estadounidenses y en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

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