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Colección Escambray: no hacía falta photoshop

El teatro La Caridad.
Autor y diseño: Ángel Cristóbal
En 1993, la oficina de Colección Escambray se encontraba en la sede de la redacción del periódico Vanguardia, en San Clara, Villa Clara, Cuba. Era un recinto pequeño, pero con aire acondicionado; un privilegio que disfrutaban entonces muy pocos en la isla. En su interior tenía un escritorio, teléfono, y una mesa de dibujo con sus respectivas reglas: en ella nacieron -además del logotipo que diseñé y que hoy es marca registrada de Editorial Letras Latinas-, todos los folletos que edité para la Colección: Las parrandas de Remedio (Autor: Miguel Martín Farto), El Teatro La Caridad (Autor: Ángel Cristóbal), El mito del güije (Autor: Alberto Anido), Tradiciones villaclareñas (Autor: Florentino Martínez), El parque Vidal (Autor: Ángel Cristóbal), El burro Perico (Autor: Mario Crespo), Marta Abreu de Estévez (Autor: Alberto Anido), y Al pie del tamarindo (Autor: José García González).
Mucho menos de lo que se puede creer, Colección Escambray no era un equipo editorial como tal, pues nos tocaba hacerlo casi todo solos sin ayuda de asistentes, eso sí: gozaba de la independencia para poder eligir los temas a difundir, hablar con autores amigos y solicitarles sus textos, discutir y sugerir sus ilustraciones con Fernando Caluff y el mismo Alberto Anido (fundador del grupo Signos de Samuel Feijóo). Y en ocasiones realizamos algunas viñetas (como en el caso de Teatro La Caridad). Pero ello no terminaba allí. Mientras el ilustrador preparaba sus dibujos, este Editor debía coordinar con la Imprenta Provincial, donde se producían los cuadernillos. Primero, entregar los originales a los linotipistas, luego sacar las primeras pruebas para su corrección; seguidamente -una vez que ya tenía los dibujos de Caluff-, hacía el diseño gráfico de todo los libros (en la mesa de dibujo que ya les comenté). Todo se hacía manual, pues no había entonces computadoras, ni programas de diseño gráfico, ni photoshop.
Fernando Caluff: Pintor,
ilustrador, fotógrafo y músico
Una vez que el amigo Yanez hacía los negativos (fotolito), yo los revisaba y a continuación se hacía la plancha que colocaba Israel en la vieja pero excelente máquina impresora alemana (Heidelberg). No perdía ni un detalle, hasta que salía finalmente el libro. De aquí, las páginas aún con olor a tinta pasaban al departamento de encuadernación, donde se casaba la portada con la tripa (todo manual) y se amarraban -a falta de grapas de imprenta-, con hilo de empinar cometas. El toque final era un sello que difundía el escudo de la ciudad de Santa Clara y patentizaba el libro como "pilongo" (dícese de quien nació en aquella ciudad).
Sin mediar bautizos ni presentaciones, y mucho menos los pagos por derecho de autor, los libros eran colocados en la librería más popular de la ciudad, en una de sus esquinas más populosas y a pocos metros del Parque Vidal; donde eran vendidos al turismo internacional muy numeroso que visitaba el centro de Cuba: quizá esto explique que algunos ejemplares llegasen a Estados Unidos y a Europa, y actualmente sean vendidos en portales de comercialización de libros raros, a precios que oscilan entre 25 y 30 euros.
Veamos en detalle uno de aquellos libros: