ISSN 2476-1672

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La historia del sensible Zarapico

Por Ángel Cristóbal García

Florentino Feijóo fue uno de los últimos hijos de un  gallego vendedor ambulante de telas y baratijas, y de una viuda, que conquistara en sus viajes por el campo villareño (territorio de la antigua provincia de Las Villas, Cuba), propietaria  de una finca en San Juan de los Yeras.

A sus tres años de edad, ya Florentino trabajaba: barría los pisos de tierra del bohío donde nació. De cinco años, pastoreaba puercos y se levantaba a las tres de la mañana, entumecido de frío, para “apoyar” los terneros a las vacas “enrejadas”, pues su padre era, entre otras cosas, lechero.

Pero Florentino no sólo pastoreaba puercos sino que, pocos años después, sembraba semilleros de tabaco y lo cosechaba. Atendía también a todas las labores de la finca, desde la guataquea de las viandas, hasta las largas araduras bajo un sol terrible. El solaz: la laguna, donde nadaba mucho con sus numerosos hermanos; los juegos de pelotas y la alegría picaresca tan común en el campo, de robar frutas, melones, anones, mangos, marañones, guanábanas, nísperos, caimitos, cocos. Florentino fue el mejor trepador de cocos de la zona.

De jovencito, 16 años, se echó el jolongo al hombro y se fue a trabajar por los centrales de azúcar de la zona. Salía a media noche de San Juan, a pie, y llegaba al amanecer a los ingenios de Cruce, en viajes de muchas leguas. También trabajaba en las escogidas de tabaco. Y ahorraba, pues abrigaba el propósito de marchar a los
Estados Unidos a trabajar y “hacer fortuna”.

Como les ocurriera a los jóvenes de las generaciones que le siguieron, el desempleo y los bajos jornales en su rica y fértil isla, le obligaron a ausentarse de la tierra patria. A esto habría que añadir el juvenil deseo de aventura que le poseía.

Así fue, terminada una zafra de humilde empleo tomó un vapor y se apareció en Cayo Hueso, sin saber inglés. No consiguió otro trabajo que el de afilar las chavetas de los tabaqueros.

De ahí pasó a Tampa. Tuvo las mil aventuras de la miseria. Una vez que se le acabó el dinero y no pudo completar el resto del pasaje por tren, de Jacksonville a
Tampa, decidió seguir el viaje por la línea del ferrocarril, a pie, como en Cuba. Lo hubiera hecho, pues tenía las fuerzas de un toro, pero el dueño de la fonda donde almorzó se le apareció en el andén y, compadecido, le dio el dólar que necesitaba. Feijóo nunca olvidó ese dólar, el dólar que necesitaba, ni ese gesto.

Enfermo, nervioso, con neurosis, Florentino regresa a Cuba, a tiempo para hallar moribundo a su padre, infectado de tétanos, contraído de un clavo mohoso que entrara en su carcañal, en el corral de los cerdos. Murió entre convulsiones que espantaron a sus hijos. Un año después se introdujo en Cuba el suero antitetánico.

En su sempiterna pobreza recibe Florentino el ofrecimiento de atender una minúscula botica en el pobladito de Báez, Trinidad. Trabajo desconocido. Pero acepta y allí se decide el destino del “sensible zarapico”. Ya en el rustiquísimo Báez aprende a despachar recetas, a trabajar el mortero de las aleaciones curativas, a preparar menjurjes milagrosos, toda la gama de la rebotica. Siempre estaba nostálgico el joven Feijóo. Así había regresado del norte, enfermo de una nostalgia terrible y se medicinaba inútilmente.

En Báez, el joven boticario caminaba mucho por los montes los domingos en que estaba libre. Se hastiaba. La gente se burlaba de él porque se desayunaba con plátanos y era de habla fina y distinta. “Es un sinsonte”, le decían.

Y ocurrió entonces que comenzó a oír un precioso canto en las mañanas. Después lo oyó más a menudo. Una joven cantaba en la aldea, cerca de su botica. El canto cristalino y raro le fascinaba. Buscó la casa. Indagó por la joven “que cantaba como un pájaro”. La vio, la pretendió y logró el noviazgo con Amelia, pero no tenía medios para casarse.
La botica apenas vendía.

Año 1913. Florentino se fue a San Juan de los Yeras, donde sus hermanos manejaban una tienda de ropa, “La flor”. Allá le enseñaron el oficio de sastre, a cortar pantalones y guayaberas. Y, bajo condiciones de tanto por ciento, le abrieron una tiendecita en Mataguá, un villorrio cercano a Manicaragua, con la Sierra de Guamuhaya al fondo. Florentino probó fortuna y el negocio de sastre le fue bien. Regresó a Báez para casarse y llevar la novia a Mataguá. Pero se encontró un obstáculo temible: la infamia humana.

Unos miserables le habían acusado de homosexual ante la familia de Amelia... en eso estaban cuando llegó el sastre. El errar en el campo, el hablar fino, su cortesía natural, su alimentación de frutas, su vida solitaria en aquella pequeña botica, su sonreír constante, su aversión a las conversaciones groseras, a las malas palabras, le habían llevado a aquel estercolero de la infamia humana.

La familia de Amelia realizó investigaciones por Ranchuelo y San Juan. Los informes fueron muy favorables; Florentino había sido un hombre virilísimo, un tenaz enamorado. Allí fue engendrado Samuel Feijoo, el hombre que realmente nos interesa en esta historia.

Fue así como Samuel tuvo la fortuna alegre, absolutamente decisiva, de nacer en campo adentro, muy adentro, en provincias, en el ruralísimo San Juan de los Yeras, en marzo de 1914, a donde fue llevada Amelia para el paritorio. Su madre fue asistida por su abuela paterna. De allí a los pocos días retornaron al agrestísimo Mataguá donde los ojos de Samuel se llenaron de montañas y de arboledas y arroyos, de rostros de carreteros y cañeros, y sus oídos inocentes del habla campesina. Gracias a este precioso sello original

Samuel Feijoo, con el transcurso de los años, se convirtió en el mayor y el más prolífero folclorista de Cuba. Y eso hay que debérselo a Florentino Feijoo, porque Samuel tenía un cuerpo resistente y su padre le llevaba a los ríos cercanos a bañarse. A veces iban con amigos, otras iban solos y él montaba al niño sobre sus espaldas y surcaban los bellísimos ríos de esas hermosas regiones. Entonces había muchos bosques, de matas y árboles altos, susurrantes, que daban su sombra a las serenas orillas, a las serenas aguas, donde padre e hijo se bañaban.

Lejos estaba Florentino de considerar, con tantas caminatas camperas, lo que estaba haciendo, lo que estaba sembrando en la sangre absorta y hechizada de su hijo. Le sembraba la poesía y el hechizo, la pasión vegetal, a todo riesgo, la sabiduría de la naturaleza, el vicio poderoso de ramas y pájaros y aguas y cielos y preciosas soledades en el monte.

Criaba a un poeta gigantesco e invulnerable. Le llenaba con el pueblo de las ramas y las aguas, de los verdes y los silbos, de la libertad del espíritu en la belleza, que aprendió de niño y para siempre.

Aquellos árboles coronando las lomas lejanas, pequeñitos en la distancia, con un enorme cielo colgando sobre ellos; aquellas vacas, caballos, chivos; aquellos arroyos sonadores, transparentes, llenos de peces le ganaron. Jamás esta belleza le fallaría, jamás le faltaría...

Años después, nadie se extrañó cuando Samuel Feijóo abandonó Pueblo Mocho para formar un grupo de cubanos cocoriocos, andarines locos unidos por los “signos” que marcan la cultura. Ellos descubrieron las madres de agua, las pomarrosas, las piedras calizas, los bichos, los dicharachos; persiguieron muertos y aparecidos, güijes, brujas y duendes; inventaron palabras y palabrotas, y crearon un lenguaje mitológico vedado a los hombres corrientes.

A ese grupo Signos, creado por Feijóo, poco distinguido, vilipendiado entonces por los restos de la seudo intelectualidad resistente a los cambios de la recién instaurada revolución cubana; le pertenece una increíble actividad investigadora y de aportes a la cultura popular cubana, especialmente en la región central de la isla, que algún día tendrá que ser reconocida en su justo valor, al igual que a sus antiguos miembros, cuya basta obra en las artes plásticas, el diseño gráfico, la investigación lingüística y folclórica, permanece prácticamente olvidada en los anaqueles de los fondos raros y valiosos de la biblioteca Martí de Santa Clara. Fue precisamente en este recinto de columnas clásicas, situado frente al recordado Parque Vidal, donde en cierta ocasión me encontré con Samuel Feijóo, en octubre de 1979, y ese encuentro produjo estas letras…

Intercambiamos saludos, luego conversamos sobre nuestro trabajo investigativo, me sugirió dónde buscar y me habló también de su más reciente obra; un nuevo “catauro” de cubanismos, de palabras y frases extraídas de la cotidianidad, y recopiladas por diversos informantes y colaboradores del escritor. Feijóo tenía decenas de estas personas quienes, voluntariamente, acopiaban para el folclorista las disparatadas variantes del léxico cubano escuchadas en los ómnibus, en los bares, en las funerarias, en los velorios, y hasta en los estadios de pelota. Esa fue la única vez que pude verle y escucharle: la verdad es que orate no me pareció, pedante tampoco; tal vez porque la pedantería es tan común en Cuba que la de Feijóo pasó inadvertida, despreocupada, ante alguien habituado a esta cualidad criolla.

Muchos años después, por esas cosas de la vida, descubrí aquel ensayo de Samuel titulado “La lengua popular cubana”, en un viejo número de la revista “Signos” que me hicieron llegar a Caracas desde mi natal Santa Clara: Como muchos de los diversos ensayos de Feijóo, prima aquí la personalidad del autor sobre la investigación científica; la espontaneidad sobre la metodología; el desorden de ideas sobre la estructura; la práctica sobre la teoría.

He convenido en mantener el orden que Feijóo le dio a su trabajo, y conservar las ilustraciones humorísticas que plasman con fidelidad el espíritu de la época -desde principios de los sesenta hasta finales de los ochenta-, con el deseo de brindar al lector una obra de consulta lingüística y a la vez ilustrativa del humor criollo: ese humor siempre presente a lo largo de nuestra historia colonial, republicana y post revolucionaria, tanto en las buenas como en las malas, como algo indisoluble de nuestra nacionalidad cubana.    Caracas, agosto de 2014


GALERÍA

Samuel Feijóo en un banco del parque Vidal
Pintura que donó a un museo francés

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Títulos de Letras Latinas en 24 universidades de EEUU y Alemania



Varios títulos de la Editorial Letras Latinas, pueden ser consultados por alumnos, profesores y público en general en los catálogos de las bibliotecas de 24 universidades e instituciones de Estados Unidos (23) y Alemania (1).

Los títulos que pueden ser localizados y revisados allí son: 
-La Lengua Popular Cubana y su reflejo en el humor criollo. Autor: Samuel Feijóo / Prólogo de Ángel Cristóbal y selección de Felicia Jiménez. Editorial Letras Latinas, 1era. edición. Caracas, Veenzuela
-Tras la huella de Martí. Presencia en Venezuela. Autor: Ángel Cristóbal. Editorial Letras Latinas, 1era. edición. Caracas, Venezuela
-El parque Vidal. Autor: Ángel Cristóbal, con ilustraciones de Fernando Caluff. Colección Escambray. Publicigraf, Santa Clara, Cuba
-El teatro La Caridad. Autor e ilustraciones: Ángel Cristóbal. Colección Escambray. Publicigraf, Santa Clara, Cuba
-Camilo y Che, la vanguardia de la sierra. Autores: Ángel Cristóbal y Felicia Jiménez. Editorial Letras Latinas y Parlamento Latinoamericano. 1era edición. Prólogo de Víctor Chirinos. Caracas, Venezuela

Universidades norteamericanas y alemanas:
New York University 
Elmer Holmes Bobst Library
Columbia University in the City of New York 
Columbia University Libraries
University of Kansas 
KU Library
Harvard University 
Harvard College Library
Tulane University 
Howard-Tilton Memorial Library
Florida International University 
Green Library, Modesto A. Maidique Campus
University of Miami 
Otto G. Richter Library
University of Texas Libraries 
University of Texas Libraries
University of California, NRLF 
Northern Regional Library Facility

Este logro fue alcanzado gracias al trabajo de Librería Mundial, distribuidora de libros venezolana, que se encarga de hacer llegar nuestras ediciones a las mencionadas instituciones. 



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Letras Latinas en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos


Dos títulos de la Editorial Letras Latinas, se encuentran en la prestigiosa Biblioteca del Congreso de Los Estados Unidos, en Washington D.C., eston son: "La lengua popular cubana y su reflejo en humor criollo", especie de diccionario o "catauro" de cubanismos y frases populares compilados por Samuel Feijóo y publicados por éste en varios números de su revista Signos, con prólogo de Ángel Cristóbal García y selección a cargo de Felicia Jiménez Gómez. El segundo libro, se trata de "Tras la huella de Martí en Caracas", ensayo biográfico de Ángel Cristóbal García.

La Biblioteca del Congreso, contiene más de 18 millones de libros, documentos, material audiovisual, que sirven de apoyo al trabajo de los congresistas y al público en general que la visita diariamente. Para nuestra modesta editorial de autor, es un orgullo y un privilegio formar partes de los fondos bibliográficos de esa institución.

Actualmente, preparamos la segunda edición de "La lengua popular cubana", en saludo al centenario del folclorista cubano Samuel Feijoo, libro que presentaremos en la próxima Feria Internacional del Libro de Miami, el próximo mes de noviembre de 2014. Esperamos poder entregar algunos ejemplares de esta nueva edición, tanto a la Biblioteca del Congreso, como a la Biblioteca de la Universidad de Stanford, en California, en cuyos fondos bibliográficos también se hallan nuestros títulos.

En próximos artículos daremos detalles sobre las novedades editoriales de Letras Latinas. 

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