ISSN 2476-1672

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Napoleón y el misterio de la Gran Pirámide (II)




Al amanecer del 13 de agosto de 1799, Napoleón Bonaparte, empapado en polvo y sudor, emergió entre los bloques de la Gran Pirámide, cerca de El Cairo. Su mirada tensa y cansada evitó la de sus hombres, que sin duda se sintieron aliviados al verle sano y salvo. El héroe corso, todo un mito entre los suyos, había decidido pasar sin compañía en el vientre del más emblemático monumento del antiguo Egipcio. Pero curiosamente, su objetivo, fuere cual fuese, habría de quedar sepultado para siempre aquella mañana en la memoria de Bonaporte, pues jamás reveló qué fue a hacer entre aquellas piedras milenarias. ¿Qué sucedió allá dentro, durante las largas y oscuras horas que duró el encierro? “Aunque lo contara, no lo creerían”, respondió entonces. Y durante el resto de su vida, Bonaparte hablar sobre el asunto. Aquella noche del 12 de agosto, Napoleón está a sólo tres días de cumplir 30 años. Hoy sabemos que cada tres décadas del reinado, o cada vez que flaqueara la salud del monarca, en la época de los faraones, se celebraba en el interior de las Pirámides el Hebsed, una fiesta en la que se creía que el farçon se rejuvenecía accediendo a los secretos de la vida eterna. La pregunta es, pues, si Bonaparte fue iniciado como los faraones cuando se acercaba su trigésimo aniversario. Se trata de algo más que una especulación. No en vano, junto al gran corso viajaron a Egipto un buen número de masones, algunos de los cuales eran destacados generales como Auste Kléber o Joachin Murat. El más concienzudo de los historiadores modernos de la francmasonería, Gérard Galtier, señala que los franceses exportaron los ritos masónicos a Egipto durante la campaña napoleónica, especialmente del llamado Rito Menfis. Galtier cita en sus estudios un documento de puño y letra de uno de los grandes maestres de ese rito, Soluture Zola, donde afirma que Napoleón fue iniciado en la pirámide de Keops y recibió como única investidura un anillo. Lo cierto es que siempre estuvo rodeado de masones: su padre lo fue, también su hermano mayor José, e incluso su esposa Josefina fue gran maestra de una logia femenina. 
Con respecto a Napoleón, no cabe duda que no sólo conocía los símbolos de la masonería egipcia, sino que se los trajo a casa, a la vuelta de su expedición. Y no fue lo único que el corso se trajo de Egipto. Cuando dio el golpe de estado que terminaría llevándole a dominar Europa, añadió dos detalles al escudo de armas de París: una estatua de Isis en la proa del barco y tres abejas. La abeja era uno de los símbolos reales más apreciados por los antiguos faraones. 
Convertido ya en emperador, Napoleón Bonaparte nombró ministro de Bellas Artes a Vivant Denon, uno de los más destacados sabios de su expedición egipcia, quien hará de París una especie de nueva Tebas: hasta 1806, seis de las quince fuentes de la ciudad fueron de inspiración egipcia.  

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Napoleón y el misterio de la Gran Pirámide (I)



Después de la campaña contra Austria Napoleón se ha convertido en un personaje de peso dentro de Francia. Al Directorio le empieza a resultar molesto un general tan inquieto y con tanta fama; así que deciden tenerle lo más ocupado posible. De este modo deciden encargarle la preparación de un plan para invadir las islas británicas. Después de un minucioso examen, termina por llegar a la conclusión de que la operación no ofrece ninguna garantía de éxito. Es en ese momento cuando Napoleón propone la invasión de Egipto y de ese modo llegar a la India atravesando Oriente Medio y atacar de este modo a los británicos en sus colonias. En el fondo más que una operación lógica, Napoleón comenzaba a dar rienda suelta a sus sueños de grandeza, queriendo emular al mismísimo Alejandro Magno.
El Directorio dio su visto bueno, era una buena manera de mantener al peligroso general lejos de París y esto era lo mismo que mantenerle lejos del poder. De este modo el 19 de mayo de 1798 Napoleón embarca rumbo a Egipto. En esta ocasión parte con tropas seleccionadas, buenas armas y gran cantidad de víveres y se lleva con él a la flor y nata de los generales franceses: Kleber, Berthier, Lannes, Bessieres y Murat. Junto a ellos los hombres que ya son desde hace algún tiempo de su confianza: Marmont, Duroc, Junot, Bourienne, Lavallette y Sulkowsky además de una serie de científicos de campos muy diferentes. Para trasladar tan formidable fuerza, unos 30.000 hombres con todo su equipo, caballos y víveres, se reunieron una gran cantidad de barcos y se puso al frente al almirante Breys.
Toda la operación era del más alto secreto, había que evitar un posible encuentro con Nelson que habría puesto en serio peligro la misión. Pero tras la toma de Malta por los franceses Nelson empezó a entrever lo que tramaban los franceses y se lanzo a su persecución. La flota británica llegó a cruzarse con la francesa sin apercibirse de ello por producirse dicho encuentro durante la noche. El desembarco se produjo sin ningún problema. En poco tiempo Napoleón ocupo Egipto militarmente y lo organizó administrativamente aunque respetando las tradiciones musulmanas. Los mamelucos, milicia musulmana dependiente de Turquía, no representaban ninguna amenaza para las modernas fuerzas francesas; como quedo reflejado en la famosa batalla de las pirámides. Pero no todo eran bonanzas para Napoleón, el 1 de agosto de 1798 la escuadra de Nelson penetró en la Bahía de Abukir destrozando a la flota francesa en Alejandría y dejando a Bonaparte prácticamente aislado de la metrópoli francesa. De todos modos el general Bonaparte siguió con su idea de llegar a la India de modo que atravesó El Sinai y tomó El Arich y Gaza sin demasiados problemas. Pero el problema llegó al alcanzar la fortaleza de San Juan de Acre allí los turcos apoyados por la flota británica, lograron resistir las embestidas francesas. Después de dos meses el ejército francés diezmado por las enfermedades y casi sin alimentos opto por retirarse. Ahora sin una flota que le suministrase regularmente y después del desastre de Acre todo estaba perdido. Napoleón decide regresar de incógnito a Francia el 22 de agosto de 1799 dejando a Kleber como comandante del ejército en el norte de África.
 




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