ISSN 2476-1672

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Esta es la historia de "El niño de la bota"

Por Ángel Cristóbal /escritor y periodista. A principios de la década de los noventa del siglo pasado, escribí un pequeño libro –soy demasiado optimista al llamarlo así-, sobre la historia del Parque Vidal de Santa Clara, provincia de Villa Clara, Cuba; el principal espacio público de esta ciudad situada casi al centro de la isla. El librillo en cuestión, para mí mucho más importante por las excelentes ilustraciones en carboncillo realizadas por el destacado artista plástico Fernando Caluff; tiene un capítulo que describe, específicamente, el ataque que Leoncio Vidal Caro realizó la madrugada del 23 de marzo de 1896, cumpliendo las órdenes del generalísimo Máximo Gómez, y durante el cual sucumbe el aguerrido Vidal, bajo una lluvia de balas españolas (si desea conocer los detalles del artículo, puede leerlo en este mismo blog). Y en el Epílogo del texto de marras expresé: (...) Hoy en día son pocos los santaclareños que deploran las sucesivas transformaciones arquitectónicas sufridas por el Parque Vidal, aunque sí son muchos los que ignoran la historia de la cual ha sido mudo testigo nuestro querido Parque... ¡Y pensar que esta crónica la motivó mi hija! Sí, mi niña que, cansada de pasear en pequeños carretones tirados por chivos, o en aquella ingeniosa bicicleta “múltiple” que circunvala la bella plaza; corre y profana con sus zapatitos de rosa los fríos mármoles del obelisco centenario. Y nunca entiende Rocío mi triste papel de celador endomingado cuando se desboca volando, como queriendo alcanzar, allá, en medio de su fuente, al Niño de la Bota...(1) ¿Qué buen villaclareño no conoce la fontana de “El niño de la bota infortunada”-simplemente “El niño de la bota”-, alrededor de la cual han jugado tantas generaciones de niñas y niños, y cuyo personaje central ha motivado tantas historias, relatos, cuentos y poemas que forman parte ya de la cultura popular? La historia “pilonga” de este niño reseñada por cronistas locales, comienza con el proyecto de ampliación de la Plaza Mayor, presentado al ayuntamiento de Santa Clara en 1904 por el escritor de “Tradiciones Villaclareñas”, José Berenguer Sed, cuya moción fue aprobada tras largo litigio con el clero, el 18 de abril de 1921; puesto que ampliar la Plaza a la luz de la modernidad, condenaba la existencia de la vieja Iglesia Mayor (1725), la cual fue demolida ladrillo a ladrillo. La figura del “niño de la bota”, coinciden los escribientes –que no escribanos-, apareció en un catálogo de sugerencias de una famosa casa de venta de objetos de artes, de nombre J. L. Mott Company, de New York. Entre sus páginas, la encontró y seleccionó Francisco López Leiva para que se instalara en la fuente diseñada por él, y la hizo transportar a Cuba. La grácil escultura comenzó a surtir agua el 15 de julio de 1925, cuando se inauguró el parque Vidal (antes se llamó Plaza del Recreo, Paseo Monteagudo, Parque Chao, etc.), en ocasión del cumpleaños de la villa, fundada el 15 de julio de 1689. Aunque se conocen varios relatos alrededor de esta estatua, ninguno revela cuándo comenzó en sí la querencia de los “pilongos” por la misma. Mi buen amigo Alexis Castañeda Pérez de Alejo, es autor del artículo “Del pueblecito de Santa Clara”, del cual tomamos el siguiente fragmento: “Con sólo detenerse unos minutos junto a la fuente cualquier mañana, se podrán escuchar sorprendentes historias acerca del ‘pobre niño que sirvió de modelo al autor’. Que si fue un pequeño limpiabotas que rompió su zapatico en el lodazal que circundaba a la estación de ferrocarril; que si no era de aquí, sino de La Habana. Incluso, se discute su nacionalidad, pues algunos sitúan su encuentro en distintas ciudades norteamericanas” (2). Otras publicaciones argumentan que la estatua representa a un “golfillo” con rasgos afrancesados; a un niño harapiento (aunque harapos no se aprecian en la vestimenta) jugando con su botica rota. Y la más ajustada –digo yo-, a la realidad, asegura que la estatuilla “es un homenaje a los niños tamborileros que acompañaban a las tropas del ejército norteño en la guerra de secesión estadounidense (1861-1865)” (3). Se sabe que aquellos muchachos de 8 y 10 años de edad, al terminar la batalla, llevaban agua a los sedientos heridos; la mar de las veces, en sus botas desgastadas. Posteriormente, en recordación a los “drummer boys”, se construyeron monumentos, estatuillas de jardín, y a partir de ella, la ya mencionada casa J. L. Mott Company , de Nueva York (cuyo catálogo de 1922 incluyo en este reportaje), hace alrededor de 23 copias a una escala mayor y las comercializa. Descartando la de Santa Clara, ¿a dónde fueron a parar las restantes 22 copias? Cito ahora un párrafo de un detallado artículo que Ariel Lemes Batista publicó sobre el famoso niño orgullo de Santa Clara: “A principios de 1959 se traslada la estatua unos metros más al oeste, frente al teatro La Caridad construido por Marta Abreu de Estévez, y se colocó en un botecito de granito gris y verde que para ese efecto se construyó. En 1969 desaparece el niño tamborilero, tras serle arrancado y perdido el botín y poco después, destruidos ambos pies. Así, al no poder sostenerse y quedar yacente, sin funciones como magnífico ornamento público, fue retirado del lugar. Sus restos fueron donados al Museo Provincial, el 7 de octubre de 1970, por el ciudadano Jesús Velazco Fernández. Pero no obstante, los santaclareños nunca olvidaron la estatua. El Niño de la Bota Infortunada volvió a su parque, a su fuente, en una réplica de bronce fundido, copia de admirable fidelidad al original, ahora ocupa el lugar exacto donde estuvo colocado antes, incluso sobre la misma base, en línea recta con el obelisco a los presbíteros Conyedo y Hurtado de Mendoza, la Glorieta y la estatua a Marta Abreu de Estévez. Nuevamente se erigió como símbolo de amor y del respeto que sienten los habitantes de la capital villaclareña por sus valores culturales, sus tradiciones e historia. Hoy se otorga, en forma de medalla, dicha figurilla a los artistas destacados de la nación que hayan contribuido al desarrollo cultural de la ciudad del Che” (4). El mismo autor, en su descripción, llegó a una importante conclusión: “Posiblemente, según su procedencia, ‘El niño’ no sea el único que exista actualmente en el mundo, aunque los hijos de esta ciudad lo han aceptado como suyo” (5). Y dice usted muy bien, mi estimado cronista. En Caracas encontré no uno, sino a dos “niños de la bota”: Caracas, la ciudad de los techos rojos, a lo largo de estos años me ha dado muchas razones para quererla, pues al igual que a tantos otros cubanos y cubanas de las letras y las artes que me precedieron, conmigo ha sido obsequiosa. No sólo me ha permitido seguir las huellas del apóstol Martí, del poeta José María Heredia, del caraqueño Narciso López, del patriota Marcos Maceo y del valiente Carlos Aponte; sino que, al abrirme las puertas a la vida y obra de sus más destacados pintores modernos y contemporáneos, encontré la impronta de un Alejo Carpentier coincidiendo con las reformas revolucionarias de la Academia de Artes Plásticas; de un Wilfredo Lam y una Amelia Peláez –por mencionar sólo algunos de los genios cubanos que coincidieron con los más destacados maestros venezolanos, en diversas épocas. Pero la “sultana de El Ávila”, como también se le conoce, me reservaba otras sorpresas. Una mañana, caminando por los pasillos centenarios del Museo Caracas con sede en el Palacio Municipal, observaba una colección de cuadros sobre viejas edificaciones caraqueñas, bastante convencionales en lo artístico, todos de mediano formato y pintados con la misma técnica de plumilla y óleo. Me detuve en una de esas estampas -en cuya base se puede leer "Sede de la Cantv", 1983. E. Rojo-, porque en medio de la escena que recrea, descubrí la estatua de… ¡El niño de la bota! No sabía entonces este emborronador de cuartillas, dónde estaba la sede de la Cantv, o si la estatuilla (¿otra de las copias?) se encontraba aún en el mismo escenario que perpetuó el artista en su cuadro. Pero como afirma Felo, el sapiente barbero de Juan Manuel Serrat cuando el cantante visita La Habana Vieja, “la vida es senda rara”, o como bien dice mi esposa y compañera de letras, Felicia Jiménez Gómez, “en la vida nada es casual, todo es causa y efecto”. Sucedió así que cierta tarde de abril de 2009, recibí una llamada telefónica de la prestigiosa empresa estatal de telecomunicaciones de Venezuela, conocida popularmente como CANTV, por asuntos de trabajo. Nunca había estado allí y como es costumbre en mí llegué puntual a la cita. Al traspasar el portón principal de la gigantesca sede, caminé por un amplio corredor que conduce a la recepción, y de repente se me cortó el aliento por la emoción: sobre un pedestal, erguido y hermoso en su eterna inocencia infantil, me tropecé con él... ¿sería una de las 22 copias hermanas de “El Niño de la Bota”?, ¿cómo llegó aquí? Al principio eran preguntas sin respuestas, pero en la misma medida que he cultivado amistades en la institución, poco a poco se ha ido disipando el misterio, aunque surgen otros. Así fue como la querida colega Ana Damelis Guzmán, me mostró "El libro de la CANTV", una voluminosa publicación que recorre la historia de la Empresa, y reseña las obras de arte que ésta preserva. En la pág. 36 del Libro se lee una leyenda: "Patio central de la sede de la CANTV en la esquina de la Gorda", y en la foto, podemos apreciar la fuente en plena función (por cierto que, en la fotografía, el chorro de agua sale por la boca de la bota y no por la suela de la misma). Veánla a continuación: Más adelante, en la página 238 del "Libro de CANTV", otra foto de El Niño de la Bota, viene acompañada de una leyenda muy elocuente: "El Niño de la Gorda", traído a Venezuela en 1883, estaba ubicado en el patio central de la primera sede de Cantv. Hoy ocupa lugar destacado en la entreda principal del Centro Nacional de Telecomunicaciones. El cambio de 'bota' por 'Gorda', se debe sin duda a la calle donde estaba la sede, pero lo más curioso es el año: 1883, es decir 37 años anterior al Niño de Santa Clara. ¡Ahí les dejo esa perla a los investigadores! Por ahora, sólo sé que para los venezolanos y venezolanas que entran y salen del lugar, este “niño” pasa desapercibido, despreocupadamente, como una estatua más. Quizá porque en una ciudad como esta, la estatuaria, las fuentes monumentales, los conjuntos escultóricos clásicos y modernos, el arte cinético y figurativo creado bajo el azul cielo a lo largo del estrecho valle de la capital venezolana, en fin la cultura, son parte funcional e integral de sus frondosos parques y plazas. Y yo sonrío, aún cuando percibo con cierta nostalgia, que al abrirse la verdad sobre una pieza de jardín convertida en leyenda por la imaginería popular de mi gente, se van los mejores recuerdos de mi infancia y la inocencia de mi hija. La vida es senda rara. NOTAS 1. El parque Vidal. Autor: Ángel Cristóbal García. Ilustrado por Fernando Caluff. Colección Escambray, Santa Clara, 1993. 2. Del pueblecito de Santa Clara. Leyendas y realidades de la fuente de El niño de la bota infortunada. Autor: Alexis Castañeda Pérez de Alejo. Revista Signos, no. 48. p.51. Santa Clara, 2003. 3. El niño de la bota infortunada. Autores: Luján, Ana María y Rolando Rodríguez. Revista Cuba Internacional. Sin fecha. 4 y 5. El niño de la bota infortunada. Mitos y realidades. Autor: Lemes Batista, Ariel. Publicación digital La Bijirita, septiembre de 2009. FOTO LEYENDAS Foto 1. Ilustración de un niño tamborilero. Se aprecia la vestimenta, similar a la que porta “El niño de la bota”. Foto 2. Vieja fotografía de “El niño de la bota infortunada”, probablemente tomada en los días cercanos a la inauguración del Parque Vidal, 1927, a juzgar por el sombrero de pajilla de un hombre y la gorra del niño sonriente. Foto 3. Un aviso publicitario de 1912, de la compañía The J. L. Mott Iron Works, de Nueva York, ofertaba todo tipo de ornamentos de jardín: fuentes, estatuas, guardabosques. Observe el parecido de la figura del niño desnudo, con “el niño de la bota”. Foto 4. Este es el catálogo de The J. L. Mott Iron Works, de marzo 1922, que ofrecía ornamentos y fuentes de jardín. Y donde se asegura que los pedidos se envían a donde sea. Foto 5. Foto de tamborileros, durante la Guerra de Secesión. Foto 6. La copia realizada por Delarra, que puede ser apreciada actualmente en el Parque Vidal de Santa Clara. Foto 7. Sede de la Cantv. Obra de E. Rojo. Plumilla y óleo. Museo Caracas. Palacio Muncipal de la Alcaldía Libertador. Caracas, 1983. Foto 8. Foto antigua de la primera sede de la Cantv. Aparece en el Libro de la Cantv, Caracas, 1975. Foto 8. “El niño de la bota”, en la empresa estatal de telecomunicaciones de Venezuela, CANTV. Foto del autor. Foto 9. Vista desde otro ángulo, se observa que, a diferencia de la réplica de Santa Clara, la bota de este niño se orienta hacia otro punto. Foto del autor. Foto 10. Un primer plano pa' los incrédulos. Foto del autor.
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