ISSN 2476-1672

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Enigmas del III Reich

Otto Ranh La obsesión de Himmler (I parte)

La historia que Steven Spielberg llevó al cine con el titulo de En busca del arca perdida —la búsqueda del grial por los nazis, que le suponían un enorme poder— y que supuso el exitoso nacimiento de la saga Indiana Jones, es real.

El misterioso episodio ha despertado últimamente una verdadera fiebre editorial en España y Latinoamérica. Varios libros, entre éstos “Enigmas del III Reich”, del escritor Ángel Cristóbal García, Editorial Letras Latinas, recrean el fantástico affaire y aventurando que el personaje central de la trama histórica, el investigador ocultista Otto Rahn, no se suicidó en 1939 en la montaña sagrada de los cátaros, Montsegur, como establece la versión oficial de las SS nazis —a las que perteneció Rahn, bajo la batuta personal de Himmler—, sino que vivió en España bajo un nombre falso y falleció en Vigo. Otros sostienen que murió en Madrid en 1975 o que fue asesinado por los sicarios de Himmler por su presunto origen judío.

El dato más relevante sobre esta increíble historia nada tiene sin embargo de ficticio: un documento de la Orden Martinista, sociedad secreta esotérica fundada en el siglo XIX en París por el doctor Papus —coruñés afincado en Francia que fue médico del Zar en tiempos de Rasputín—, en la que también militó el propio Otto Rahn, revela que el cazador del grial estuvo en A Coruña en 1937. La noticia apareció en una web martinista cuando todos los focos del periodismo se centraban meses atrás en la extraña sociedad después de unas polémicas declaraciones en las que el historiador De la Cierva afirmó en una tertulia radiofónica que ocho ministros del gabinete de Zapatero eran masones y que uno de ellos, Bono, “pertenecía a la oscura Orden Martinista”.

Los hechos históricos que sustentan esta leyenda se basan fundamentalmente en la visita oficial que el jerarca de las SS, Heinrich Himmler, realizó al monasterio de Montserrat en el arranque de la II Guerra Mundial. El 23 de octubre de 1940, Franco y Hitler mantenían su célebre encuentro en Hendaya. “Ese mismo día —según cuenta Montserrat Rico, autora del libro La abadía profanada—, el reichführer Heinrich Himmler llegó a Barcelona con un firme propósito, pero la prensa de la época apenas glosó lo anecdótico y puso especial esmero en destacar la munificencia del gerifalte alemán, que había entregado 25.000 pesetas de su peculio para socorrer a los damnificados de las inundaciones ocurridas en la cuenca del Ter unos días antes. Se perdió la oportunidad de conocer algunos de los entresijos más insólitos que mueven los hilos de la historia. Y así hubiera sido, por siempre jamás, de no ser por el testimonio del padre Andreu Ripol Noble”.

Casi 70 años después del suceso, Ripol —ya secularizado—, en la residencia geriátrica Can Torras de Alella, en la provincia de Barcelona, aún recordó el episodio y lo hizo prevalecer entre no pocas lagunas de la edad. Himmler —le reveló Ripol a Montserrat Rico— visitó, después del almuerzo, la abadía de Montserrat acompañado por un séquito de rubios alemanes de las SS y por algunas autoridades de la ciudad. El abad titular, Antoni María Marcet, y su coadjutor Aureli Maria Escarré, que conocían la penosa situación de la Iglesia alemana, juzgaron indecoroso recibir personalmente a Himmler, pero conscientes de que era difícil declinar la visita, asignaron la ingrata tarea a un joven Andreu Ripol, único miembro que conocía a la perfección la lengua alemana.

“¿Qué interés había suscitado la abadía de Montserrat en alguien que se declaraba anticristiano y que pasaba por ser un enconado perseguidor de la Iglesia católica? —se pregunta Montserrat Rico—. Nadie en su sano juicio se hubiera molestado entonces en hacer segundas lecturas de una visita que parecía encorsetada en las reglas de la cortesía política. Pero más de seis décadas después sí podemos afirmar que Himmler fue a Montserrat en busca de un infalible talismán que le hiciera ganar la guerra y que le otorgara poderes sobrenaturales. El nombre de ese talismán lo pronunció sin balbuceos al atravesar la biblioteca del cenobio: el Santo Grial”.

Andreu Ripol fue testigo del vivo interés del jerarca alemán por la reliquia, pero lo más terrible aún, también lo fue de la recalcitrante obsesión que lo llevaba a afirmar que de Esaú descendían los judíos, y del hermano gemelo de éste, Jacob, los arios. En otras palabras, que Jesucristo era ario. “Su singular interpretación de la Biblia no sería baladí. ¿Acaso el genocidio judío fue una venganza de inspiración bíblica en toda regla? ¿Cómo es posible explicar, fuera de esta lógica, que un acérrimo perseguidor de los judíos pusiera tanto interés en preservar las reliquias de su más eximio representante?”, reflexiona Rico.

¿Y por qué buscar precisamente en Montserrat? Atendiendo al escritor Robert de Borón

—poeta francés de finales del siglo XII y principios del XIII que fue el primero en asociar el grial con la copa en la que, supuestamente, Jesucristo habría consagrado el vino de la Ùltima Cena—, al que la jerarquía nazi habría tenido que prestar atención es al Santo Cáliz de Valencia.

Y posiblemente lo hizo pocos años antes de buscar en Montserrat, dada la oferta de dos judíos de Amberes que, semanas después de que estallara la Guerra Civil, lograron hallar en su refugio al canónigo de la catedral valenciana Elías Olmos: ocho millones de pesetas y un pasaporte para huir de España a cambio de la reliquia, que él había logrado poner a salvo de las algaradas de la guerra.

La búsqueda nazi del grial debió de realizarse, pues, en varios frentes. Y el hecho de que uno de ellos fuese Montserrat puede tener que ver con el trovador del siglo XIII Wolfram von Eschenbach y con Richard Wagner. La primera noticia que se tiene del Santo Grial está en el evangelio apócrifo de Nicodemo. El texto se convirtió en el maná simbólico del que se nutrieron siglos después incontables relatos folclóricos. El iniciador de la tradición literaria fue Chrétien de Troyes, que murió en extrañas circunstancias sin revelar el final, lo que dio pie a los continuadores —Robert de Borón o Eschenbach, entre otros— a realizar libres interpretaciones acerca de la sagrada reliquia.

Richard Wagner adaptó la versión Parzival de Eschenbach en su oratorio operístico homónimo y situó el maravilloso castillo del Grial en los Pirineos. La impresionable élite nazi, cuyos dirigentes acudían todos los meses de julio al Festival Wagneriano de Bayreuth, no tardó en identificar el Montsalvat que se menciona en Parsifal con Montserrat, aunque también habían prestado un prudente interés a la obra de un contemporáneo, Otto Rahn, quien a finales de los años 30 del siglo pasado había sugerido que Montsalvat guardaba correlación con Montségur, en Francia.

Forzosamente, Barcelona y Montserrat debieron de ejercer una profunda fascinación sobre la jerarquía nazi. No sólo porque el estreno de Parsifal —fuera de Bayreuth, que tuvo la exclusiva de su representación durante 30 años— se realizó por primera vez en el teatro del Liceo de la ciudad Condal el 31 de diciembre de 1913. También porque pensadores alemanes de la talla de Wilhelm von Humboldt o Goethe habían magnificado ya la sublime naturaleza de la montaña de Montserrat imbuidos en la vorágine romanticista.

Por si fuera poco, debió de excitar la susceptibilidad de la elite nazi que buscaba la fuente de la inmortalidad el descubrir que el Virolai, canto místico de Cataluña obra de mosén Cinto Verdaguer, era portador del ansiado mensaje críptico que venía a reforzar sus conjeturas: “... mística fuente del agua de la vida...”

Oficialmente, Heinrich Himmler, aprendiz de brujo, gurú de Hitler, fundador de una nueva religión con derivaciones esotéricas, nada pudo llevarse en su visita. La abadía de Montserrat no era depositaria del Santo Grial, ni de documento alguno que sirviera para establecer la filiación de Perceval, el héroe de la saga griálica. De modo que, como Hitler, aquel 23 de octubre de 1940, Himmler regresó a Alemania como había venido.

Pese al evidente fracaso de su reichführer Himmler para hacerse con el Santo Cáliz durante la II Guerra Mundial, la obsesión nazi por Montserrat no se esfumó.

No sólo se combatió en los campos de batalla, se sostuvo una contienda encarnizada en la retaguardia y se desencadenó una confrontación económica como hasta entonces no había contemplado la humanidad. También hubo una guerra subterránea en la que los bandos enfrentados trataron de volcar a su favor las fuerzas del poder oculto que escapa a los planteamientos puramente racionales. Se afirma que Winston Churchill llegó a reunir al poderoso círculo de magos de Coventry —Los Rolling Stones escribirían su célebre Simpatía por el diablo inspirados por uno de ellos: Alistair Crowley— para contrarrestar los movimientos que los nazis realizaban en el campo de la lucha de los poderes ocultos. De hecho, muchos de los más cualificados dirigentes nazis fueron gente iniciada en los secretos del ocultismo o formaron parte de algunas sociedades esotéricas.

Tal fue el caso, por ejemplo, de Alfred Rosenberg, uno de los principales ideólogos del nazismo y cualificado miembro de la Sociedad Thule, que, aunque definida como una asociación para promover el estudio de las tradiciones germánicas, era en realidad un centro de reunión de importantes ocultistas. El propio Adolf Hitler, cuyo interés por el ocultismo es bien conocido, se sintió atraído por la presunta fuerza de determinados objetos. Se cuenta que durante su juventud pasaba horas extasiado ante una vitrina del museo del palacio Hofburg (Viena) donde se guardaba la llamada Lanza de Longinos, la misma que, según la tradición, habría utilizado el centurión romano para lancear el costado de Jesucristo en la cruz.

También es sabido que la infancia y la adolescencia de Rudol Hess transcurrieron en Egipto, donde entró en contacto con algunas de las escuelas esotéricas allí existentes y llegó a recibir grados de iniciación. Una vez en la Alemania que contempló el ascenso del nazismo, Hess alcanzó fama de ser un solvente ocultista. Por su parte, Himmler vivió obsesionado con hacerse con determinados objetos considerados eficaces talismanes, con el fin de alcanzar el poder que se les atribuía. Himmler fue, además, un ferviente defensor de la metempsicosis y se consideraba la reencarnación del emperador Enrique II Hohenstaufen.

Convertido en uno de los hombres más poderosos de la Alemania nazi, Himmler creó en 1935 la Ahnenerbe, denominación con la que se bautizó a la Sociedad de los Estudios para la Historia Antigua del Espíritu, a la que se conocería también con el nombre de Herencia de los Ancestros. Otro de sus departamentos, probablemente el más famoso, fue el de arqueología germánica, al que se encomendó la realización de extrañas expediciones con el propósito de buscar reliquias o talismanes a los que se atribuía un extraordinario poder, como el Arca de la Alianza o el grial.

La obsesión de Himmler por poseer el grial llevó a los nazis a una sistemática búsqueda siguiendo las tesis formuladas por el investigador Otto Rahn. Tras establecer importantes conexiones entre los cátaros, los templarios y los trovadores, Rahn llegó a la conclusión de que las alusiones al Grial contenidas en el Parcival de Von Eschenbach tenían un trasfondo histórico que iba mucho más allá de los valores puramente literarios del poema.

Rahn ingresó en 1936 en las SS para dirigir la Ahnenerbe y se suele decir que el régimen nazi gastó más dinero en esta sociedad secreta que los Estados Unidos en la bomba atómica.

En marzo de 1939, poco antes del estallido de la II Guerra Mundial, el cuerpo de Otto Rhan pareció congelado en forma sedente en las montañas del Wilden Kaiser. El periódico oficial nazi Bolkischer Beobatcher afirmó que se había suicidado al estilo cátaro. Días antes de su supuesta muerte, Rahn escribía a un amigo: “Yo soy un hombre tolerante, no puedo ya vivir en mi hermosa patria... ¿En qué se ha convertido?”.

Las especulaciones sobre su asesinato a manos de los nazis o de su reconversión bajo una identidad falsa no han cesado desde entonces. La revista alemana Die Welt publicaba en mayo de 1979 un informe en el que se aseguraba que Otto Rhan había trabajado bajo otra identidad para la inteligencia alemana en Holanda, Francia y Suiza.

(Continúa en la próxima entrada)

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