ISSN 2476-1672

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Esta es la historia de "El niño de la bota"

Por Ángel Cristóbal /escritor y periodista. A principios de la década de los noventa del siglo pasado, escribí un pequeño libro –soy demasiado optimista al llamarlo así-, sobre la historia del Parque Vidal de Santa Clara, provincia de Villa Clara, Cuba; el principal espacio público de esta ciudad situada casi al centro de la isla. El librillo en cuestión, para mí mucho más importante por las excelentes ilustraciones en carboncillo realizadas por el destacado artista plástico Fernando Caluff; tiene un capítulo que describe, específicamente, el ataque que Leoncio Vidal Caro realizó la madrugada del 23 de marzo de 1896, cumpliendo las órdenes del generalísimo Máximo Gómez, y durante el cual sucumbe el aguerrido Vidal, bajo una lluvia de balas españolas (si desea conocer los detalles del artículo, puede leerlo en este mismo blog). Y en el Epílogo del texto de marras expresé: (...) Hoy en día son pocos los santaclareños que deploran las sucesivas transformaciones arquitectónicas sufridas por el Parque Vidal, aunque sí son muchos los que ignoran la historia de la cual ha sido mudo testigo nuestro querido Parque... ¡Y pensar que esta crónica la motivó mi hija! Sí, mi niña que, cansada de pasear en pequeños carretones tirados por chivos, o en aquella ingeniosa bicicleta “múltiple” que circunvala la bella plaza; corre y profana con sus zapatitos de rosa los fríos mármoles del obelisco centenario. Y nunca entiende Rocío mi triste papel de celador endomingado cuando se desboca volando, como queriendo alcanzar, allá, en medio de su fuente, al Niño de la Bota...(1) ¿Qué buen villaclareño no conoce la fontana de “El niño de la bota infortunada”-simplemente “El niño de la bota”-, alrededor de la cual han jugado tantas generaciones de niñas y niños, y cuyo personaje central ha motivado tantas historias, relatos, cuentos y poemas que forman parte ya de la cultura popular? La historia “pilonga” de este niño reseñada por cronistas locales, comienza con el proyecto de ampliación de la Plaza Mayor, presentado al ayuntamiento de Santa Clara en 1904 por el escritor de “Tradiciones Villaclareñas”, José Berenguer Sed, cuya moción fue aprobada tras largo litigio con el clero, el 18 de abril de 1921; puesto que ampliar la Plaza a la luz de la modernidad, condenaba la existencia de la vieja Iglesia Mayor (1725), la cual fue demolida ladrillo a ladrillo. La figura del “niño de la bota”, coinciden los escribientes –que no escribanos-, apareció en un catálogo de sugerencias de una famosa casa de venta de objetos de artes, de nombre J. L. Mott Company, de New York. Entre sus páginas, la encontró y seleccionó Francisco López Leiva para que se instalara en la fuente diseñada por él, y la hizo transportar a Cuba. La grácil escultura comenzó a surtir agua el 15 de julio de 1925, cuando se inauguró el parque Vidal (antes se llamó Plaza del Recreo, Paseo Monteagudo, Parque Chao, etc.), en ocasión del cumpleaños de la villa, fundada el 15 de julio de 1689. Aunque se conocen varios relatos alrededor de esta estatua, ninguno revela cuándo comenzó en sí la querencia de los “pilongos” por la misma. Mi buen amigo Alexis Castañeda Pérez de Alejo, es autor del artículo “Del pueblecito de Santa Clara”, del cual tomamos el siguiente fragmento: “Con sólo detenerse unos minutos junto a la fuente cualquier mañana, se podrán escuchar sorprendentes historias acerca del ‘pobre niño que sirvió de modelo al autor’. Que si fue un pequeño limpiabotas que rompió su zapatico en el lodazal que circundaba a la estación de ferrocarril; que si no era de aquí, sino de La Habana. Incluso, se discute su nacionalidad, pues algunos sitúan su encuentro en distintas ciudades norteamericanas” (2). Otras publicaciones argumentan que la estatua representa a un “golfillo” con rasgos afrancesados; a un niño harapiento (aunque harapos no se aprecian en la vestimenta) jugando con su botica rota. Y la más ajustada –digo yo-, a la realidad, asegura que la estatuilla “es un homenaje a los niños tamborileros que acompañaban a las tropas del ejército norteño en la guerra de secesión estadounidense (1861-1865)” (3). Se sabe que aquellos muchachos de 8 y 10 años de edad, al terminar la batalla, llevaban agua a los sedientos heridos; la mar de las veces, en sus botas desgastadas. Posteriormente, en recordación a los “drummer boys”, se construyeron monumentos, estatuillas de jardín, y a partir de ella, la ya mencionada casa J. L. Mott Company , de Nueva York (cuyo catálogo de 1922 incluyo en este reportaje), hace alrededor de 23 copias a una escala mayor y las comercializa. Descartando la de Santa Clara, ¿a dónde fueron a parar las restantes 22 copias? Cito ahora un párrafo de un detallado artículo que Ariel Lemes Batista publicó sobre el famoso niño orgullo de Santa Clara: “A principios de 1959 se traslada la estatua unos metros más al oeste, frente al teatro La Caridad construido por Marta Abreu de Estévez, y se colocó en un botecito de granito gris y verde que para ese efecto se construyó. En 1969 desaparece el niño tamborilero, tras serle arrancado y perdido el botín y poco después, destruidos ambos pies. Así, al no poder sostenerse y quedar yacente, sin funciones como magnífico ornamento público, fue retirado del lugar. Sus restos fueron donados al Museo Provincial, el 7 de octubre de 1970, por el ciudadano Jesús Velazco Fernández. Pero no obstante, los santaclareños nunca olvidaron la estatua. El Niño de la Bota Infortunada volvió a su parque, a su fuente, en una réplica de bronce fundido, copia de admirable fidelidad al original, ahora ocupa el lugar exacto donde estuvo colocado antes, incluso sobre la misma base, en línea recta con el obelisco a los presbíteros Conyedo y Hurtado de Mendoza, la Glorieta y la estatua a Marta Abreu de Estévez. Nuevamente se erigió como símbolo de amor y del respeto que sienten los habitantes de la capital villaclareña por sus valores culturales, sus tradiciones e historia. Hoy se otorga, en forma de medalla, dicha figurilla a los artistas destacados de la nación que hayan contribuido al desarrollo cultural de la ciudad del Che” (4). El mismo autor, en su descripción, llegó a una importante conclusión: “Posiblemente, según su procedencia, ‘El niño’ no sea el único que exista actualmente en el mundo, aunque los hijos de esta ciudad lo han aceptado como suyo” (5). Y dice usted muy bien, mi estimado cronista. En Caracas encontré no uno, sino a dos “niños de la bota”: Caracas, la ciudad de los techos rojos, a lo largo de estos años me ha dado muchas razones para quererla, pues al igual que a tantos otros cubanos y cubanas de las letras y las artes que me precedieron, conmigo ha sido obsequiosa. No sólo me ha permitido seguir las huellas del apóstol Martí, del poeta José María Heredia, del caraqueño Narciso López, del patriota Marcos Maceo y del valiente Carlos Aponte; sino que, al abrirme las puertas a la vida y obra de sus más destacados pintores modernos y contemporáneos, encontré la impronta de un Alejo Carpentier coincidiendo con las reformas revolucionarias de la Academia de Artes Plásticas; de un Wilfredo Lam y una Amelia Peláez –por mencionar sólo algunos de los genios cubanos que coincidieron con los más destacados maestros venezolanos, en diversas épocas. Pero la “sultana de El Ávila”, como también se le conoce, me reservaba otras sorpresas. Una mañana, caminando por los pasillos centenarios del Museo Caracas con sede en el Palacio Municipal, observaba una colección de cuadros sobre viejas edificaciones caraqueñas, bastante convencionales en lo artístico, todos de mediano formato y pintados con la misma técnica de plumilla y óleo. Me detuve en una de esas estampas -en cuya base se puede leer "Sede de la Cantv", 1983. E. Rojo-, porque en medio de la escena que recrea, descubrí la estatua de… ¡El niño de la bota! No sabía entonces este emborronador de cuartillas, dónde estaba la sede de la Cantv, o si la estatuilla (¿otra de las copias?) se encontraba aún en el mismo escenario que perpetuó el artista en su cuadro. Pero como afirma Felo, el sapiente barbero de Juan Manuel Serrat cuando el cantante visita La Habana Vieja, “la vida es senda rara”, o como bien dice mi esposa y compañera de letras, Felicia Jiménez Gómez, “en la vida nada es casual, todo es causa y efecto”. Sucedió así que cierta tarde de abril de 2009, recibí una llamada telefónica de la prestigiosa empresa estatal de telecomunicaciones de Venezuela, conocida popularmente como CANTV, por asuntos de trabajo. Nunca había estado allí y como es costumbre en mí llegué puntual a la cita. Al traspasar el portón principal de la gigantesca sede, caminé por un amplio corredor que conduce a la recepción, y de repente se me cortó el aliento por la emoción: sobre un pedestal, erguido y hermoso en su eterna inocencia infantil, me tropecé con él... ¿sería una de las 22 copias hermanas de “El Niño de la Bota”?, ¿cómo llegó aquí? Al principio eran preguntas sin respuestas, pero en la misma medida que he cultivado amistades en la institución, poco a poco se ha ido disipando el misterio, aunque surgen otros. Así fue como la querida colega Ana Damelis Guzmán, me mostró "El libro de la CANTV", una voluminosa publicación que recorre la historia de la Empresa, y reseña las obras de arte que ésta preserva. En la pág. 36 del Libro se lee una leyenda: "Patio central de la sede de la CANTV en la esquina de la Gorda", y en la foto, podemos apreciar la fuente en plena función (por cierto que, en la fotografía, el chorro de agua sale por la boca de la bota y no por la suela de la misma). Veánla a continuación: Más adelante, en la página 238 del "Libro de CANTV", otra foto de El Niño de la Bota, viene acompañada de una leyenda muy elocuente: "El Niño de la Gorda", traído a Venezuela en 1883, estaba ubicado en el patio central de la primera sede de Cantv. Hoy ocupa lugar destacado en la entreda principal del Centro Nacional de Telecomunicaciones. El cambio de 'bota' por 'Gorda', se debe sin duda a la calle donde estaba la sede, pero lo más curioso es el año: 1883, es decir 37 años anterior al Niño de Santa Clara. ¡Ahí les dejo esa perla a los investigadores! Por ahora, sólo sé que para los venezolanos y venezolanas que entran y salen del lugar, este “niño” pasa desapercibido, despreocupadamente, como una estatua más. Quizá porque en una ciudad como esta, la estatuaria, las fuentes monumentales, los conjuntos escultóricos clásicos y modernos, el arte cinético y figurativo creado bajo el azul cielo a lo largo del estrecho valle de la capital venezolana, en fin la cultura, son parte funcional e integral de sus frondosos parques y plazas. Y yo sonrío, aún cuando percibo con cierta nostalgia, que al abrirse la verdad sobre una pieza de jardín convertida en leyenda por la imaginería popular de mi gente, se van los mejores recuerdos de mi infancia y la inocencia de mi hija. La vida es senda rara. NOTAS 1. El parque Vidal. Autor: Ángel Cristóbal García. Ilustrado por Fernando Caluff. Colección Escambray, Santa Clara, 1993. 2. Del pueblecito de Santa Clara. Leyendas y realidades de la fuente de El niño de la bota infortunada. Autor: Alexis Castañeda Pérez de Alejo. Revista Signos, no. 48. p.51. Santa Clara, 2003. 3. El niño de la bota infortunada. Autores: Luján, Ana María y Rolando Rodríguez. Revista Cuba Internacional. Sin fecha. 4 y 5. El niño de la bota infortunada. Mitos y realidades. Autor: Lemes Batista, Ariel. Publicación digital La Bijirita, septiembre de 2009. FOTO LEYENDAS Foto 1. Ilustración de un niño tamborilero. Se aprecia la vestimenta, similar a la que porta “El niño de la bota”. Foto 2. Vieja fotografía de “El niño de la bota infortunada”, probablemente tomada en los días cercanos a la inauguración del Parque Vidal, 1927, a juzgar por el sombrero de pajilla de un hombre y la gorra del niño sonriente. Foto 3. Un aviso publicitario de 1912, de la compañía The J. L. Mott Iron Works, de Nueva York, ofertaba todo tipo de ornamentos de jardín: fuentes, estatuas, guardabosques. Observe el parecido de la figura del niño desnudo, con “el niño de la bota”. Foto 4. Este es el catálogo de The J. L. Mott Iron Works, de marzo 1922, que ofrecía ornamentos y fuentes de jardín. Y donde se asegura que los pedidos se envían a donde sea. Foto 5. Foto de tamborileros, durante la Guerra de Secesión. Foto 6. La copia realizada por Delarra, que puede ser apreciada actualmente en el Parque Vidal de Santa Clara. Foto 7. Sede de la Cantv. Obra de E. Rojo. Plumilla y óleo. Museo Caracas. Palacio Muncipal de la Alcaldía Libertador. Caracas, 1983. Foto 8. Foto antigua de la primera sede de la Cantv. Aparece en el Libro de la Cantv, Caracas, 1975. Foto 8. “El niño de la bota”, en la empresa estatal de telecomunicaciones de Venezuela, CANTV. Foto del autor. Foto 9. Vista desde otro ángulo, se observa que, a diferencia de la réplica de Santa Clara, la bota de este niño se orienta hacia otro punto. Foto del autor. Foto 10. Un primer plano pa' los incrédulos. Foto del autor.
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La obsesión de Himmler (Final)

¿QUÉ BUSCABAN EN REALIDAD LOS NAZIS? Lo que llevó a Himmler a su intempestiva visita al monasterio de Montserrat en 1940 fue un informe elaborado durante años por el investigador Otto Rahn. Existen multitud de especulaciones, a cuál más fantástica, sobre las razones que impulsaban a los nazis a rastrear tan afanosamente la pista del grial. Muchos ocultistas se han inclinado por fabulosas explicaciones que adjudican al Cáliz de Cristo un poder sobrenatural, bien de origen místico o hasta extraterrestre. Esta es la versión que lógicamente eligió Spielberg para su exitosa En busca del arca perdida. Sin embargo, este delirio fantasioso encaja mal con la personalidad de Otto Rhan, un personaje sin duda iluminado, pero también rodeado de un aura de meticuloso investigador, que aún hoy en día ejerce una enorme influencia no sólo en círculos esotéricos, sino también masónicos. Actualmente, los estudiosos más serios de Rahn piensan que sus motivaciones eran más prosaicas y políticas que mágicas. Al parecer, lo que Otto Rahn buscaba en los años 30 es lo mismo que hace unos pocos años sirvió para que el escritor Dan Brown hiciera una fortuna con su Código da Vinci. El investigador alemán perseguía la pista de un supuesto linaje humano de Cristo —el fruto de sus relaciones con María Magdalena— que los cátaros habrían ocultado —ese sería el verdadero secreto del grial— y que estaría relacionado con una dinastía merovingia vinculada a Carlomagno, germen de la aristocracia europea. Himmler estaba convencido de que esa podría ser la primera piedra de un Sagrado Reich Europeo Ario tutelado por los nazis. Las claves mitológicas coruñesas El legendario investigador alemán Otto Rahn —según reveló recientemente la Orden Martinista— visitó A Coruña en 1937 para seguir una pista que llevaba a la tumba del Apóstol en Compostela. Rahn permaneció varios meses en la ciudad herculina camuflado con la nutrida red de asistentes militares nazis que asesoraban entonces el bloqueo franquista del Cantábrico para impedir la llegada de armas a la zona republicana. Se sabe que el enigmático investigador alemán visitó la casa natal de su maestro martinista en el número 13 de la calle Olmos —que aún sigue tal cual— y que rastreó leyendas relacionadas con la ruta gallega del Grial. Rahn dejó constancia en un escrito que Galicia fue el reino europeo occidental más antiguo —después del visigodo con sede en Toulouse— tras la caída del Imperio Romano y el único país de sustrato céltico que ostenta el grial en su escudo. Según los martinistas, Rahn se interesó muy especialmente por las bases etnográficas que sustentan el mito de la Piedra del Destino —la piedra mágica que según la leyenda fue transportada de Brigantium a Gran Bretaña, sobre la que se han coronado los monarcas ingleses, entre ellos la actual Isabel II— y que los estudios esotéricos identifican como Piedra de Enoch o de Jacob —el patriarca de la estirpe aria según Himmler—. Rahn escribió ese año al jerarca de las SS un informe en el que se mostraba seguro de que era el hereje Prisciliano —decapitado en Tréveris el año 385 acusado de mago— y no el apóstol Santiago quien estaba enterrado verdaderamente en el sepulcro de la catedral compostelana. Los priscilianistas —entre ellos obispos— se constituyeron en sociedad secreta en Galicia a su muerte. Para el ocultista alemán, ambos episodios mitológicos coruñeses formaban parte del secreto rompecabezas del verdadero Grial simbólico: esto es, la pista borrada por los primigenios seguidores cátaros del supuesto linaje humano de Cristo traído a Europa. Tomado de: Enigmas del III Reich. Autor: Ángel Cristóbal García. Editorial Letras Latinas. EN LA PRÓXIMA ENTREGA: La fuga gallega de Hitler.
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Landaluze un cronista popular

Título: El encuentro. Autor: Landaluze. Siglo XIX. "Landaluze un cronista popular" es el título de una muestra de artes plásticas, integrada por reproducciones de la serie litográfica "Tipos y Costumbres", que atesora la Oficina del Historiador de la Ciudad, y de cuatro óleos del artista español, Víctor Patricio Landaluze. La figura de Landaluze es sin dudas controvertida desde el punto de vista de sus posiciones políticas. Español, está en la isla durante las guerras de independencia. Capitán de milicia, defensor del coloniaje y opositor de las ansias libertarias de los cubanos. Pero como en la vida, y las artes, no todo es blanco y negro, queda su singular obra, en especial, ese raro y precioso libro, "Tipos y Costumbres De La Isla De Cuba", editado en 1881. La obra, con 81 ilustraciones de Landaluze, es una colección de artículos, y, muy significativo, la introducción y cinco capítulos fue escrita por Antonio Bachiller y Morales, de destacada trayectoria patriótica. El tema entonces es el artista Landaluze. Entre sus múltiples grabados y dibujos merecen mencionarse: El Gallero, La Mulata de Rumbo, Los Guajiros, El Calesero, El Puesto de Frutas, Los Negros Curros (en color), El Ñáñigo, Los Mataperros y La Partera. Esas ilustraciones, junto con sus estudios y acuarelas, fijan el valor y la importancia significativa de la obra de Landaluze, la captación de la luz tropical, la reproducción inspirada de las costumbres, prejuicios y supersticiones de los cubanos de en aquel tiempo, blancos o negros. En su obra hay que destacar por sobre todo el reflejo de una época, lograda a través de la comicidad de la línea, la interpretación de los personajes y la sencillez del ambiente (la tabaquería, la calle). Tal como el título del libro mencionado, Landaluze es el pintor por excelencia de los “tipos” y “costumbres” cubanos del siglo XIX. En 1995, la Oficina del Historiador edita dos carpetas bajo el título Landaluze, Víctor Patricio de. El grabado en Cuba, y en la presentación se expresa que El pintor vasco…cuya gráfica costumbrista fuera recogida en Los cubanos pintados por sí mismos y Tipos y costumbres de la Isla de Cuba, plasmó como nadie los tipos populares cubanos del siglo XIX, en imágenes bullentes de vida y sutilmente irónicas. Las obras seleccionadas para estas carpetas dan fe de la maestría de su desempeño. Español, pero antes artista, dejó una multitud de litografías, cuadros, de carácter costumbrista a través de los cuales sus “tipos” siguen viviendo hasta nuestros días. Al morir en 1899 dejó una obra extraordinaria (se estima que en total el número de sus dibujos y caricaturas ascendió hasta dos mil), retratos tanto del cimarrón como del calesero, del centinela español y el comerciante peninsular, del caballero y su dama, del gallero y la mulata. NOTA DEL EDITOR Versiòn del artículo: "La obra monumental de Víctor Patricio Landaluze" Publicado por Mireya Castañeda en CMBF Radio Musical Nacional. La Habana, Cuba
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Enigmas del III Reich

Otto Ranh La obsesión de Himmler (I parte)

La historia que Steven Spielberg llevó al cine con el titulo de En busca del arca perdida —la búsqueda del grial por los nazis, que le suponían un enorme poder— y que supuso el exitoso nacimiento de la saga Indiana Jones, es real.

El misterioso episodio ha despertado últimamente una verdadera fiebre editorial en España y Latinoamérica. Varios libros, entre éstos “Enigmas del III Reich”, del escritor Ángel Cristóbal García, Editorial Letras Latinas, recrean el fantástico affaire y aventurando que el personaje central de la trama histórica, el investigador ocultista Otto Rahn, no se suicidó en 1939 en la montaña sagrada de los cátaros, Montsegur, como establece la versión oficial de las SS nazis —a las que perteneció Rahn, bajo la batuta personal de Himmler—, sino que vivió en España bajo un nombre falso y falleció en Vigo. Otros sostienen que murió en Madrid en 1975 o que fue asesinado por los sicarios de Himmler por su presunto origen judío.

El dato más relevante sobre esta increíble historia nada tiene sin embargo de ficticio: un documento de la Orden Martinista, sociedad secreta esotérica fundada en el siglo XIX en París por el doctor Papus —coruñés afincado en Francia que fue médico del Zar en tiempos de Rasputín—, en la que también militó el propio Otto Rahn, revela que el cazador del grial estuvo en A Coruña en 1937. La noticia apareció en una web martinista cuando todos los focos del periodismo se centraban meses atrás en la extraña sociedad después de unas polémicas declaraciones en las que el historiador De la Cierva afirmó en una tertulia radiofónica que ocho ministros del gabinete de Zapatero eran masones y que uno de ellos, Bono, “pertenecía a la oscura Orden Martinista”.

Los hechos históricos que sustentan esta leyenda se basan fundamentalmente en la visita oficial que el jerarca de las SS, Heinrich Himmler, realizó al monasterio de Montserrat en el arranque de la II Guerra Mundial. El 23 de octubre de 1940, Franco y Hitler mantenían su célebre encuentro en Hendaya. “Ese mismo día —según cuenta Montserrat Rico, autora del libro La abadía profanada—, el reichführer Heinrich Himmler llegó a Barcelona con un firme propósito, pero la prensa de la época apenas glosó lo anecdótico y puso especial esmero en destacar la munificencia del gerifalte alemán, que había entregado 25.000 pesetas de su peculio para socorrer a los damnificados de las inundaciones ocurridas en la cuenca del Ter unos días antes. Se perdió la oportunidad de conocer algunos de los entresijos más insólitos que mueven los hilos de la historia. Y así hubiera sido, por siempre jamás, de no ser por el testimonio del padre Andreu Ripol Noble”.

Casi 70 años después del suceso, Ripol —ya secularizado—, en la residencia geriátrica Can Torras de Alella, en la provincia de Barcelona, aún recordó el episodio y lo hizo prevalecer entre no pocas lagunas de la edad. Himmler —le reveló Ripol a Montserrat Rico— visitó, después del almuerzo, la abadía de Montserrat acompañado por un séquito de rubios alemanes de las SS y por algunas autoridades de la ciudad. El abad titular, Antoni María Marcet, y su coadjutor Aureli Maria Escarré, que conocían la penosa situación de la Iglesia alemana, juzgaron indecoroso recibir personalmente a Himmler, pero conscientes de que era difícil declinar la visita, asignaron la ingrata tarea a un joven Andreu Ripol, único miembro que conocía a la perfección la lengua alemana.

“¿Qué interés había suscitado la abadía de Montserrat en alguien que se declaraba anticristiano y que pasaba por ser un enconado perseguidor de la Iglesia católica? —se pregunta Montserrat Rico—. Nadie en su sano juicio se hubiera molestado entonces en hacer segundas lecturas de una visita que parecía encorsetada en las reglas de la cortesía política. Pero más de seis décadas después sí podemos afirmar que Himmler fue a Montserrat en busca de un infalible talismán que le hiciera ganar la guerra y que le otorgara poderes sobrenaturales. El nombre de ese talismán lo pronunció sin balbuceos al atravesar la biblioteca del cenobio: el Santo Grial”.

Andreu Ripol fue testigo del vivo interés del jerarca alemán por la reliquia, pero lo más terrible aún, también lo fue de la recalcitrante obsesión que lo llevaba a afirmar que de Esaú descendían los judíos, y del hermano gemelo de éste, Jacob, los arios. En otras palabras, que Jesucristo era ario. “Su singular interpretación de la Biblia no sería baladí. ¿Acaso el genocidio judío fue una venganza de inspiración bíblica en toda regla? ¿Cómo es posible explicar, fuera de esta lógica, que un acérrimo perseguidor de los judíos pusiera tanto interés en preservar las reliquias de su más eximio representante?”, reflexiona Rico.

¿Y por qué buscar precisamente en Montserrat? Atendiendo al escritor Robert de Borón

—poeta francés de finales del siglo XII y principios del XIII que fue el primero en asociar el grial con la copa en la que, supuestamente, Jesucristo habría consagrado el vino de la Ùltima Cena—, al que la jerarquía nazi habría tenido que prestar atención es al Santo Cáliz de Valencia.

Y posiblemente lo hizo pocos años antes de buscar en Montserrat, dada la oferta de dos judíos de Amberes que, semanas después de que estallara la Guerra Civil, lograron hallar en su refugio al canónigo de la catedral valenciana Elías Olmos: ocho millones de pesetas y un pasaporte para huir de España a cambio de la reliquia, que él había logrado poner a salvo de las algaradas de la guerra.

La búsqueda nazi del grial debió de realizarse, pues, en varios frentes. Y el hecho de que uno de ellos fuese Montserrat puede tener que ver con el trovador del siglo XIII Wolfram von Eschenbach y con Richard Wagner. La primera noticia que se tiene del Santo Grial está en el evangelio apócrifo de Nicodemo. El texto se convirtió en el maná simbólico del que se nutrieron siglos después incontables relatos folclóricos. El iniciador de la tradición literaria fue Chrétien de Troyes, que murió en extrañas circunstancias sin revelar el final, lo que dio pie a los continuadores —Robert de Borón o Eschenbach, entre otros— a realizar libres interpretaciones acerca de la sagrada reliquia.

Richard Wagner adaptó la versión Parzival de Eschenbach en su oratorio operístico homónimo y situó el maravilloso castillo del Grial en los Pirineos. La impresionable élite nazi, cuyos dirigentes acudían todos los meses de julio al Festival Wagneriano de Bayreuth, no tardó en identificar el Montsalvat que se menciona en Parsifal con Montserrat, aunque también habían prestado un prudente interés a la obra de un contemporáneo, Otto Rahn, quien a finales de los años 30 del siglo pasado había sugerido que Montsalvat guardaba correlación con Montségur, en Francia.

Forzosamente, Barcelona y Montserrat debieron de ejercer una profunda fascinación sobre la jerarquía nazi. No sólo porque el estreno de Parsifal —fuera de Bayreuth, que tuvo la exclusiva de su representación durante 30 años— se realizó por primera vez en el teatro del Liceo de la ciudad Condal el 31 de diciembre de 1913. También porque pensadores alemanes de la talla de Wilhelm von Humboldt o Goethe habían magnificado ya la sublime naturaleza de la montaña de Montserrat imbuidos en la vorágine romanticista.

Por si fuera poco, debió de excitar la susceptibilidad de la elite nazi que buscaba la fuente de la inmortalidad el descubrir que el Virolai, canto místico de Cataluña obra de mosén Cinto Verdaguer, era portador del ansiado mensaje críptico que venía a reforzar sus conjeturas: “... mística fuente del agua de la vida...”

Oficialmente, Heinrich Himmler, aprendiz de brujo, gurú de Hitler, fundador de una nueva religión con derivaciones esotéricas, nada pudo llevarse en su visita. La abadía de Montserrat no era depositaria del Santo Grial, ni de documento alguno que sirviera para establecer la filiación de Perceval, el héroe de la saga griálica. De modo que, como Hitler, aquel 23 de octubre de 1940, Himmler regresó a Alemania como había venido.

Pese al evidente fracaso de su reichführer Himmler para hacerse con el Santo Cáliz durante la II Guerra Mundial, la obsesión nazi por Montserrat no se esfumó.

No sólo se combatió en los campos de batalla, se sostuvo una contienda encarnizada en la retaguardia y se desencadenó una confrontación económica como hasta entonces no había contemplado la humanidad. También hubo una guerra subterránea en la que los bandos enfrentados trataron de volcar a su favor las fuerzas del poder oculto que escapa a los planteamientos puramente racionales. Se afirma que Winston Churchill llegó a reunir al poderoso círculo de magos de Coventry —Los Rolling Stones escribirían su célebre Simpatía por el diablo inspirados por uno de ellos: Alistair Crowley— para contrarrestar los movimientos que los nazis realizaban en el campo de la lucha de los poderes ocultos. De hecho, muchos de los más cualificados dirigentes nazis fueron gente iniciada en los secretos del ocultismo o formaron parte de algunas sociedades esotéricas.

Tal fue el caso, por ejemplo, de Alfred Rosenberg, uno de los principales ideólogos del nazismo y cualificado miembro de la Sociedad Thule, que, aunque definida como una asociación para promover el estudio de las tradiciones germánicas, era en realidad un centro de reunión de importantes ocultistas. El propio Adolf Hitler, cuyo interés por el ocultismo es bien conocido, se sintió atraído por la presunta fuerza de determinados objetos. Se cuenta que durante su juventud pasaba horas extasiado ante una vitrina del museo del palacio Hofburg (Viena) donde se guardaba la llamada Lanza de Longinos, la misma que, según la tradición, habría utilizado el centurión romano para lancear el costado de Jesucristo en la cruz.

También es sabido que la infancia y la adolescencia de Rudol Hess transcurrieron en Egipto, donde entró en contacto con algunas de las escuelas esotéricas allí existentes y llegó a recibir grados de iniciación. Una vez en la Alemania que contempló el ascenso del nazismo, Hess alcanzó fama de ser un solvente ocultista. Por su parte, Himmler vivió obsesionado con hacerse con determinados objetos considerados eficaces talismanes, con el fin de alcanzar el poder que se les atribuía. Himmler fue, además, un ferviente defensor de la metempsicosis y se consideraba la reencarnación del emperador Enrique II Hohenstaufen.

Convertido en uno de los hombres más poderosos de la Alemania nazi, Himmler creó en 1935 la Ahnenerbe, denominación con la que se bautizó a la Sociedad de los Estudios para la Historia Antigua del Espíritu, a la que se conocería también con el nombre de Herencia de los Ancestros. Otro de sus departamentos, probablemente el más famoso, fue el de arqueología germánica, al que se encomendó la realización de extrañas expediciones con el propósito de buscar reliquias o talismanes a los que se atribuía un extraordinario poder, como el Arca de la Alianza o el grial.

La obsesión de Himmler por poseer el grial llevó a los nazis a una sistemática búsqueda siguiendo las tesis formuladas por el investigador Otto Rahn. Tras establecer importantes conexiones entre los cátaros, los templarios y los trovadores, Rahn llegó a la conclusión de que las alusiones al Grial contenidas en el Parcival de Von Eschenbach tenían un trasfondo histórico que iba mucho más allá de los valores puramente literarios del poema.

Rahn ingresó en 1936 en las SS para dirigir la Ahnenerbe y se suele decir que el régimen nazi gastó más dinero en esta sociedad secreta que los Estados Unidos en la bomba atómica.

En marzo de 1939, poco antes del estallido de la II Guerra Mundial, el cuerpo de Otto Rhan pareció congelado en forma sedente en las montañas del Wilden Kaiser. El periódico oficial nazi Bolkischer Beobatcher afirmó que se había suicidado al estilo cátaro. Días antes de su supuesta muerte, Rahn escribía a un amigo: “Yo soy un hombre tolerante, no puedo ya vivir en mi hermosa patria... ¿En qué se ha convertido?”.

Las especulaciones sobre su asesinato a manos de los nazis o de su reconversión bajo una identidad falsa no han cesado desde entonces. La revista alemana Die Welt publicaba en mayo de 1979 un informe en el que se aseguraba que Otto Rhan había trabajado bajo otra identidad para la inteligencia alemana en Holanda, Francia y Suiza.

(Continúa en la próxima entrada)

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