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La villa del pilongo (I)
Por Ángel Cristóbal
Antes de describir la villa del “pilongo”, dejemos claro el origen de este vocablo cubano, ya en desuso, especie de gentilicio que define a quien es oriundo de Santa Clara, Cuba. Según una vieja tradición reseñada por el historiador local Manuel Dionisio González en su obra “Historia de la villa de Santa Clara y su jurisdicción”, publicada en 1858 –reeditada en 1925 y la cual tuve la ocasión de consultar tanto en el Departamento de Fondos Raros y Valiosos de la Biblioteca Martí, como en la Biblioteca Francisco de Paula Coronado de la Universidad Central de Las Villas-, hacia 1776 los pobladores de la villa bajaron del monte Capiro una piedra blanca, circular, en la que modelaron la pila bautismal de la Iglesia Mayor, donde permaneció por más de doscientos años. Cuando este templo fue demolido en 1924 (infausta idea que ya comentaremos más adelante) para agrandar la Plaza Mayor, la pila –tal parece que haciendo honor a su solididate fixa rotunditas-, fue trasladada primero al palacio de Gobernación, luego fue colocada en la Iglesia del Buen Viaje, y más tarde en la Iglesia-catedral de Santa Clara de Asís donde actualmente se encuentra. Allí puede ser admirada y aún presta sus santos oficios, extendiendo el “certificado de pilongo” a nuevas generaciones de villaclareños. Fueron los cronistas de la época de la colonia quienes comienzan a llamar “pilongo” a todos los que recibían en aquella blanca piedra las aguas del bautismo, y con el tiempo el término se fue convirtiendo en un gentilicio.
Quizá fue el mismo pueblo quien “inventó” la palabra que pasó a los pergaminos, a las crónicas y a los primeros periódicos, pues hasta en temporadas de carnaval, salía una comparsa, “Los pilongos” con un canto que parecía más un grito de guerra: “¡Quítate de la acera, o mira que te tumbo, que ahí vienen los pilongos acabando con el mundo!”... Y la verdad es que aquellos “comparseros” tenían una triste reputación de buscapleitos y cortadores de nalgas en las noches locas de las fiestas carnastolengas.
Pero esta historia arrancó allá por el año 1689, cuando un grupo de vecinos y vecinas de la villa de San Juan de los Remedios, ubicada en la costa norte de la actual provincia de Villa Clara, aterrorizados por los frecuentes asaltos y desmanes de corsarios y piratas que en más de una ocasión habían saqueado la población, y conminados por los párrocos del lugar, decidieron trasladarse a un lugar más protegido en el interior de la región; estableciéndose en el cuartón Orejanos de la hacienda Ciego de Santa Clara, el 15 de julio de 1689. Se dice que, después de oír misa al pie de un frondoso tamarindo que se encontraba en lo alto de una pequeña colina, comenzaron a levantar las primeras edificaciones.
Y ciertamente, si el lector algún día se encuentra de visita en nuestra ya tricentenaria villa, encontrará un templo católico, “Nuestra Señora del Carmen”, edificado encima de una pendiente, rodeado de una bella placita que es parte integrante de la historia local. Una lápida recuerda a los caminantes que, en tiempos de la colonia, aquella iglesia sirvió de improvisada cárcel de varias patriotas santaclareñas que apoyaron la Guerra de Independencia (1895-1898). Pero existe, además, un monumento de mármol en forma de espiral ascendente, que integran 17 columnas marmóreas, cada una de ellas con el nombre de una familia fundadora, y en medio, un viejo tamarindo, descendiente en tercera generación del primer árbol bajo el cual se reunieron aquellos remedianos. Hasta aquí reza, en lo fundamental, la vieja tradición sobre la fundación de Santa Clara; un relato al que la modernidad ha despojado de lo legendario y reducido a razones puramente económicas de dos curas ambiciosos. No niego los valores de un método científico de investigación, sin embargo, con el perdón de los historiadores contemporáneos, prefiero la tradición, no sólo en este caso, sino en todos los orígenes de los pueblos en donde la razón científica trata de empañar un mito popular con argumentos a veces puramente ideológicos. (continuará)
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