ISSN 2476-1672

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Tradiciones villaclareñas

Fiesta de los delirios
Por Ernesto Miguel Fleites*
La Parranda de barrios es folklore de espectáculo y como espectáculo al fin, ha llegado a maximizar el folklore auténtico de nuestro pueblo. De este folclore forman parte las artes plásticas, la música, el teatro, la literatura, la danza y la pirotecnia como elementos competitivos esenciales. Tres culturas la integran, tres etnias que convergen en un momento histórico. La española con sus carrozas y muñecones, la china con sus faroles y su pirotecnia y la afro con su música, su danza y sus instrumentos. A Remedios se le atribuye la maternidad de este acontecimiento porque en su seno nacieron por la década del 20 del siglo XIX. Pueblos como Camajuaní, Caibarién, Las Coloradas (hoy Zulueta) y Vueltas, enmarcadas dentro de la jurisdicción remediana de antaño, importaron, primero que otros territorios, esta fiesta en los finales del mismo siglo. Cierto es también que en la medida que fueron haciéndolas suya, cada reproducción tomó el color que los habitantes de esos lugares le fue dando, de manera tal que cada una tiene su autenticidad, lo cual las hace diferentes dentro del mismo fenómeno cultural. A Vueltas la trajo Juan José Domínguez Delaney. Un remediano que se estableció como farmacéutico por esos lares y que además tiene el privilegio de haber fundado el primer periódico voltense: El Recién Nacido. Sin embargo, fue a don Carlos Nodal, mas tarde capitán del ejército mambí, a quien se le atribuye la paternidad de las mismas. Este hombre se dio a la tarea de promoverla en su amplio sentido: promovió guateques campesinos, desde donde impregnó la rivalidad, creó la separación de los barrios a partir de la geografía del pueblo, tomando como línea divisoria la calle Real (hoy Manuel Herrada), organizó los bandos, seleccionando para sí el más pobre, poblado fundamentalmente por negros caribeños (granadinos, jamaicanos y haitianos que se radicaron en el pueblo para hacer zafras azucareras), lo que dio origen al actual nombre del barrio Oriente (Ñañacos: deformación de ñáñigos, mote dado por los miembros del barrio Occidente). El nacimiento data exactamente el 24 de diciembre de 1890 en una romería campestre organizada por los hermanos Casallas, y al cual asistió la flor y nata de la sociedad del pueblo. De una parte, los partidarios del barrio El Carmen, ubicados en la porción occidental del pueblo, defendían el bando Rojo. Estos eran liderados por Indalecio Manso. Y de la otra parte, los partidarios de San Salvador eran identificados en el bando Azul. Dichos partidarios, liderados por Carlos Nodal, ocupaban la parte oriental de Vueltas. Lo curioso en estos inicios es que durante 1890, 1891 y 1892, la rivalidad era expresada en los fandangos campesinos a través de concursos de repentismos (improvisación de décimas cantadas) y bailes de la época (zapateo). No es hasta 1892 en que los barrios contrincantes asumen identidad propia y ya comienzan a llamarse Occidente y Oriente, aunque los estandartes (Gavilán y Gallo) siguen siendo igual a los remedianos. Es exactamente el 24 de diciembre de 1892 cuando ambos barrios pasean carrozas alegóricas al nacimiento del niño Jesús. Así transcurrieron los años 1893 y 1894. En este período la parranda se siguió realizando el 24 de diciembre y los temas continuaron siendo alegorías al nacimiento de Jesús de Nazaret. También es de destacar que la rivalidad seguía expresándose a través de competencias de repentismo y bailes como el zapateo. Luego vino la guerra y la fiesta tomó el primer receso. No fue hasta 1900 que se reanudó (el 6 de enero), con temas laicos y actualizados. Ya para entonces los Orientales o Ñañacos cambian el güiro por el cencerro. Se organizan piquetes de tocadores de rumba y la cultura afro impone su ritmo por encima de la tradición campesina. Vueltas era entonces un pequeño poblado, sin calles empedradas y sin luz eléctrica. Sus noches largas, inmersas en las tinieblas, presagiaban un amodorramiento sin igual, lo cual trajo consigo la necesidad de un acontecimiento que los sacara de aquel tedio. La gente vivía sin instrucción pública, la incultura campeaba por su respeto y el gusto artístico era muy bajo. Esto hizo que las primeras carrozas fueran rudimentarias y primitivas. En ese entonces no se conocían los aeroplanos y sí los globos aerostáticos. Surcar los espacios celestes era el anhelo de la época. Resulta natural entonces que todo esto ejerciera influencia en aquella gente y fuera tema obligado de artistas y artesanos construir y exhibir globos, que hacían ascender dentro del regocijo popular. No obstante, a pesar del poco reconocimiento gubernamental, se presentaron bonitos y buenos trabajos, en su gran mayoría fijos, de plaza, imitando la costumbre remediana. Así se mantiene la Parranda, imitando a su maternal Remedios con trabajos de Plaza, hasta que en 1914 la carroza, como elementos de la fiesta, se convierte en el principal acontecimiento. Ya en esta Parranda desaparece el Trabajo de Plaza de la fiesta voltense, y las carrozas van a tomar protagonismo e identidad propia. Las carrozas presentadas en esta fiestas de 1914 fueron: por parte de los Jutíos:”Actualidad mexicana”, la cual tenía la actualidad política e internacional de esa fecha, pues México era la atención universal por su gran revolución agraria y nacionalista de 1910. Los Ñañacos presentaron “El sueño de una niña detrás de una mariposa”. Lo que se consideran las primeras carrozas con nombre propio de las Parrandas del pueblo. También es de señalar que ese año se quemaron los primeros fuegos artificiales, algunos para alumbrar la carroza, otros como recursos independientes, lo que trajo consigo que el fuego se convirtiera en otro elemento de la fiesta. Ya en 1918, en Vueltas existía la costumbre de que cada casa realizaba un farol para su barrio de preferencia. Estos faroles eran exhibidos en los changüíes que recorrían las calles del poblado con alegre música de gangarrias y tambores, y cantos y estribillos alegóricos al barrio que representaban terminando con los muy famosos encuentros a cañonazos. ¿Pero qué eran encuentros a cañonazos? Según Jorge Miguel Colom, actual presidente del barrio Jutíos y nieto de Cumba Colom, uno de los parranderos más prestigioso de la región central del país, “lo más emocionante de estos changüíes era la confrontación entre ambos barrios, donde se producía un duelo a cañonazos”. Todavía en ese tiempo se vendían, sin ningún requisito, pólvora, cartuchos y además objetos de cazar, en las ferreterías. Los entusiastas de cada barrio fabricaban ellos mismos unos cañoncitos pequeños igual a los cañones de guerra. Les ponían ruedas y los embellecían. Cuando los barrios se encontraban frente a frente se armaba la guerra de los cañones. Estos encuentros duraban horas, ocasionando múltiples heridos, siendo eliminados años después por parte de las autoridades locales. Por entonces los barrios cantaban así: Somos Jutíos de las cuevas que salimos de pelear. Con el gallo moquillento no nos podrán ganar. Y los Ñañacos contestaban: Los Jutío pa´la cueva que el Ñañaco está que arde. A dormir que ya es de noche para que mi Gallo cante. Sin embargo, llega el machadato y la Parranda se interrumpe por segunda vez. No es hasta febrero de 1934 que nuevamente se reanuda la tradición, aunquesin el colorido de antaño. Así transita unos años hasta que llega 1948 donde aparece un joven artista, fiel exponente de su barrio Jutíos, cuya genialidad en el diseño de la carroza lo catapulta a planos insospechados, pues si bien ya se venía manifestando en la actividad, es exactamente en ese año donde se convierte en la figura principal del diseño plástico y artístico. Su nombre: Conrado Colom Sánchez, Cumba para quienes lo conocimos. Alguien a quien se le concedió una beca en París para continuar sus estudios de pintura luego de graduarse en San Alejandro y renunció por el amor inmenso al folclore de su pueblo. Su carroza titulada El trono del rey Salomón es recordada aún por su monumentalismo, belleza plástica y apego a la veracidad de la historia. Los Ñañacos presentaron su primera versión de Cecilia Valdés basada en la novela homónima de Cirilo Villaverde y otra titulada Carnaval en Venecia En 1965 se hace una de las mejores Parrandas. Se exhiben monumentales carrozas por uno y otro barrio. Algunas perdurarán por la historia como lo mejor de las producciones artísticas, no solo de Vueltas, sino también de toda la zona parrandera del centro del país. La corte de Delhi en el día del cumpleaños del Gran Mogol Zeb es uno de esos ejemplos. Paseó por Vueltas, Santa Clara, Matanzas y La Habana, y en todas las plazas tuvo la mejor crítica posible. Es en esta Parranda donde coinciden figuras de la talla de Nicolás Guillén, Mario Kuchilán, Samuel Feijoo, Irma Obermayer, y Ángel Martínez (el creador de la Bodeguita del Medio). Es también en esta fiesta donde Roberto “Coco” Hernández hace su aparición en el mundo de la creación artística con una magnifica obra, que aunque no era la carroza del triunfo (esta fue diseñada por Guillermo Duyos), sí fue un magnífico trabajo. Un preámbulo, diríamos, de lo que sería después el carrocero mayor del barrio Ñañacos. Luego viene un receso (El tercero: 1967 a 1970) hasta que en 1970 los barrios Jutíos y Ñañacos aparecen con obras monumentales. Es a partir de esta Parranda que cada barrio comienza a trabajar en una sola obra. Así se mantiene la fiesta sin interrupciones, hasta que en pleno Periodo Especial se ve imposibilitada de continuar. Los problemas económicos en los cuales se sumergió Cuba a raíz del derrumbe del campo socialista trajeron consigo que apareciera el cuarto y último receso parrandero (1991-1994). De ahí en lo adelante, la Parranda volvió a nacer para mantenerse a lo largo de 119 años tan viva como cuando Juan José Domínguez Delaney y Carlos Nodal la llenaran de fuerzas en los finales del siglo XIX. DATOS DEL AUTOR Ernesto Miguel Fleites González (Vueltas, 1957) Licenciado en Matemática, poeta e investigador folclórico. Premio Pinos Nuevos en 2001 y Raúl Gómez García para trabajadores de la cultura en 1999. Ha publicado Del silencio a la algazara, editorial Gente Nueva en 2002; A través del laberinto, Editorial Gente Nueva, 2005; Confesiones de un fantasma, editorial Capiro, 2005; Fortunas de Arcángeles, ediciones Sed de Belleza, 2007, así como Historias de nunca acabar, editorial Capiro, 2007. Tiene un libro en proceso de edición en la editorial Gente Nueva. Ha publicado además en las revistas nacionales Signos, Umbral, En julio como en enero, Cartacuba y Guamo, y en el cuaderno de etnografía canaria El pajar de España. Fue director del boletín cultural Página 13. Es miembro de la UNEAC.
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Mis conciertos por la paz

PAZ HERMANO
Autor: Angel Cristóbal Canta: Grupo Getsemaní-HC Año: 1992
Siempre habrá un hermano que ayudar una lágrima, quizá secar. Siempre habrá un recuerdo una historia que contar. Un amigo, alquien quien amar...
***
Siempre la lluvia los males barrerá y una nube el cielo cruzará una turbonada siempre el eco dejará y algún rayo misterioso multiplicará tu gozo con el brillo de nuestra amistad.
***
Coro: La paz querido hermano, te la brindo de antemano La paz como paloma que remonta vuelo al mar la paz que te da Cristo es símbolo de amor un corazón abierto bajo el sol.
***
Solo: Si te sientes solo, piensa en la esperanza piensa hombre en la montaña, no pierdas la fe que nos dio Jesús de Nazaret
***
Solo: Si parecen fuertes, los golpes de la vida ya verás como la herida que causa el dolor se convierte en cruz del Salvador
***
Solo: La paz en la tierra es como un gran huerto que se quedará desierto si falta el amor esa es la eseñanza del Señor
CRONICA
He comenzado este texto con una canción que escribí en el año de 1992, cuando varios hermanos y hermanas de la Iglesia Católica cubana, de las comunidades de La Pastora, Buen Viaje y El Carmen -diócesis de Santa Clara-, nos unimos en un grupo de cantos cristianos y marianos, al cual bautizamos como Getsemaní-HC. Aquel fue un año muy difícil, preámbulo de las grandes escaseces materiales que, ya de por sí heredadas del embargo norteamericano, se vieron acentuadas por el derrumbe de los países socialistas y especialmente de la antigua Unión Soviética, a partir de 1989. Mil novecientos noventa y dos fue el comienzo del Periodo Especial, una etapa sin parangón en la lucha por la sobrevivencia de pueblo alguno. Y ante tanta miseria material, no se me ocurrió otra cosa que crear una agrupación, para salir fuera de los muros de los templos religiosos y realizar conciertos en la calle. Hablé con muchas hermanas, sacerdotes y religiosas; pero también conversé con los amigos de la Asociación Hermanos Saíz -mártires católicos de la Revolución cubana-, y les pedí consejo. A muchos les encantó el proyecto, a otros le pareció una locura mayor: "No van a durar mucho, los van a meter presos", me decían. Sin embargo, comenzamos los ensayos, unas veces en la Iglesia, la mayor parte en casa de la familia Urquijo-Sarmiento; casi diariamente escribía una canción, parecía como si el Espíritu Santo y la Virgen de la Caridad me hablacen en la noche, y al día siguiente salían las canciones. Un día dijimos, ¡ya estamos listo! ¿dónde vamos a cantar? Y les dije: "Los haremos en el cine Camilo Cienfuegos, en un concierto de la Asociación Hermanos Saíz". "¡Cómo, estás loco!". "No, no lo estoy, cantaremos en un escenario del estado, cantos de la iglesia". Y así fue, y la locura fue de un público que desbordó la plaza e hizo cola para ver, escuchar y aplaudir a Getsemaní-HC, el primer grupo católico de Cuba que daba un concierto fuera de la Iglesia. Los años siguientes fueron de intensas actividades: actuamos en la Casa del Joven Creador de Santa Clara, con un repertorio dedicado a la Virgen de la Caridad; no olvido que los padres capuchinos de La Pastora me dejaron sacar la imagen de la Virgen, de casi un metro de altura, la monté emparillada en una bicicleta y atravesamos media Santa Clara para llevar la imagen hasta el escenario donde haríamos el concierto. Por el camino, la gente se presignaba y seguía mi bicicleta como en procesión, y en la noche, no cabía el público en la sala de la Asociación. Por supuesto, había presencia de autoridades, policías encubiertos, luchadores por los derechos humanos, fieles, ateos, ex presos políticos, estudiantes, rockeros, etc., pero a nosotros nunca nos interrumpieron un concierto, jamás nos pidieron el repertorio que haríamos, y sólo recibimos el cariño y el respeto de un pueblo que agradecía nuestros cantos como una bendición. Durante siete años, Getsemaní-HC realizó doscientas cincuenta actividades, entre concursos, conciertos, e intercambio con grupos cristianos de otras denominaciones, que surgieron a partir de nuestro trabajo: cantamos en logias, hermandades, y el mayor logro ocurrió cuando ofrecimos dos noches de concierto en el Teatro La Caridad de Santa Clara, en el cual se vendieron todas la entradas y los casequettes con nuestra música, que grabamos en la noche y madrugada, con la participación y producción de Pepe Montes, grabador estrella en esa época de CMHW. Por si fuera poco, nos acompañaron músicos de la talla de Pucho López (tecladista), Amaury Gutiérrez (tecladista), Misael Barbel (violín), Joaquín Zaragoza (batería), Ricardo González (tecladista), Rachif (guitarrista), y decenas más. Todo lo anterior me vino a la mente, no tanto por el Concierto de Juanes, cuya música todos conocemos, sino por los comentarios encontrados que ha despertado la realización del mismo en la Plaza de la Revolución. Ya ven que en Cuba pueden pasar y han pasado cosas milagrosas, logradas por la fe, la valentía y muy especialmente por el amor y la esperanza. Quien dude que la cultura no puede cambiar las formas de pensar y abrirnos al diálogo, le digo una última razón: "La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta". Felicidades a Juanes, Olga Tañón, Orishas, Miguel Bossé por ese concierto maravilloso que me hizo recordar aquéllos históricos concierto de mi grupo: ¡Gracias a mis hermanos y hermanas de Getsemaní-HC, por el tiempo que me regalaron de sus vidas!
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La villa del pilongo (I)
Por Ángel Cristóbal
Antes de describir la villa del “pilongo”, dejemos claro el origen de este vocablo cubano, ya en desuso, especie de gentilicio que define a quien es oriundo de Santa Clara, Cuba. Según una vieja tradición reseñada por el historiador local Manuel Dionisio González en su obra “Historia de la villa de Santa Clara y su jurisdicción”, publicada en 1858 –reeditada en 1925 y la cual tuve la ocasión de consultar tanto en el Departamento de Fondos Raros y Valiosos de la Biblioteca Martí, como en la Biblioteca Francisco de Paula Coronado de la Universidad Central de Las Villas-, hacia 1776 los pobladores de la villa bajaron del monte Capiro una piedra blanca, circular, en la que modelaron la pila bautismal de la Iglesia Mayor, donde permaneció por más de doscientos años. Cuando este templo fue demolido en 1924 (infausta idea que ya comentaremos más adelante) para agrandar la Plaza Mayor, la pila –tal parece que haciendo honor a su solididate fixa rotunditas-, fue trasladada primero al palacio de Gobernación, luego fue colocada en la Iglesia del Buen Viaje, y más tarde en la Iglesia-catedral de Santa Clara de Asís donde actualmente se encuentra. Allí puede ser admirada y aún presta sus santos oficios, extendiendo el “certificado de pilongo” a nuevas generaciones de villaclareños. Fueron los cronistas de la época de la colonia quienes comienzan a llamar “pilongo” a todos los que recibían en aquella blanca piedra las aguas del bautismo, y con el tiempo el término se fue convirtiendo en un gentilicio.
Quizá fue el mismo pueblo quien “inventó” la palabra que pasó a los pergaminos, a las crónicas y a los primeros periódicos, pues hasta en temporadas de carnaval, salía una comparsa, “Los pilongos” con un canto que parecía más un grito de guerra: “¡Quítate de la acera, o mira que te tumbo, que ahí vienen los pilongos acabando con el mundo!”... Y la verdad es que aquellos “comparseros” tenían una triste reputación de buscapleitos y cortadores de nalgas en las noches locas de las fiestas carnastolengas.
Pero esta historia arrancó allá por el año 1689, cuando un grupo de vecinos y vecinas de la villa de San Juan de los Remedios, ubicada en la costa norte de la actual provincia de Villa Clara, aterrorizados por los frecuentes asaltos y desmanes de corsarios y piratas que en más de una ocasión habían saqueado la población, y conminados por los párrocos del lugar, decidieron trasladarse a un lugar más protegido en el interior de la región; estableciéndose en el cuartón Orejanos de la hacienda Ciego de Santa Clara, el 15 de julio de 1689. Se dice que, después de oír misa al pie de un frondoso tamarindo que se encontraba en lo alto de una pequeña colina, comenzaron a levantar las primeras edificaciones.
Y ciertamente, si el lector algún día se encuentra de visita en nuestra ya tricentenaria villa, encontrará un templo católico, “Nuestra Señora del Carmen”, edificado encima de una pendiente, rodeado de una bella placita que es parte integrante de la historia local. Una lápida recuerda a los caminantes que, en tiempos de la colonia, aquella iglesia sirvió de improvisada cárcel de varias patriotas santaclareñas que apoyaron la Guerra de Independencia (1895-1898). Pero existe, además, un monumento de mármol en forma de espiral ascendente, que integran 17 columnas marmóreas, cada una de ellas con el nombre de una familia fundadora, y en medio, un viejo tamarindo, descendiente en tercera generación del primer árbol bajo el cual se reunieron aquellos remedianos. Hasta aquí reza, en lo fundamental, la vieja tradición sobre la fundación de Santa Clara; un relato al que la modernidad ha despojado de lo legendario y reducido a razones puramente económicas de dos curas ambiciosos. No niego los valores de un método científico de investigación, sin embargo, con el perdón de los historiadores contemporáneos, prefiero la tradición, no sólo en este caso, sino en todos los orígenes de los pueblos en donde la razón científica trata de empañar un mito popular con argumentos a veces puramente ideológicos. (continuará)
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