ISSN 2476-1672

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Crónicas de un pilongo

Todos los domingos, al igual que millares de mujeres cubanas, mi madre participaba en algún tipo de actividad voluntaria: recogida de botellas vacías para llevarlas a las embotelladoras, acopio de papel y cartón, tubos vacíos de crema dental… todo era reciclable, y el país necesitada de esa materia prima cuando, producto del rompimiento de las relaciones comerciales con los Estados Unidos y del embargo que muy pronto se hizo sentir, comenzaron a escasear los productos de todo tipo.

Así crecí, y me vi siempre compartiendo el estudio con el trabajo voluntario. De manera tal que, desde los 12 años de edad y hasta terminar los estudios universitarios, realicé tareas tan disímiles como construir una escuela; sembrar y cortar caña de azúcar; laborar en la fábrica de electrodomésticos de mi ciudad; cosechar tomates, papas, fresas, cebollas, espárragos, batatas. Todo lo anterior, sin desatender a los estudios.

No crea el lector o lectora que les estoy hablando de tareas fáciles por ser voluntarias. Les narraré un solo ejemplo: el corte de caña. Primero los estudiantes éramos ubicados en campamentos cercanos al central donde se muele la dulce gramínea y se produce el azúcar. Dormíamos en literas de sacos o en hamacas, los “baños” no tenían techos, y la comida tampoco era especial: desayuno de café con leche y pan; almuerzo y cena de arroz, frijoles, papas (batatas) y carne rusa.

Nos levantaban a las 4 de la madrugada cuando el frío era intenso y llegábamos al campo de cañas como a las 6 de la mañana. Lo primero que hacías, era sacarle mucho filo a los machetes y seguidamente te dirigías a tu surco. La caña de azúcar es una planta de dos metros de alto, forrada de hojas cortantes como navajas. El proceso de cortar la planta es así: usted agarra una o dos cañas con la mano enguantada y usando el machete da un solo corte bien abajo y un segundo arriba, donde está el cogollo que no produce azúcar. Se dice fácil, pero hacerlo no lo es. Al cabo de una semana, tienes ampollas dolorosas en la mano con la cual agarras el machete. Por su parte, las muchachas se encargaban de arreglar las pilas, y traernos el agua de beber, que se mantiene fresca en porrones (ánforas) de barro. Por eso en Cuba dicen que los mejores inventos de los gallegos han sido dos: las mulatas y el porrón.

Después del almuerzo y tras un breve descanso, regresabas al corte. A esa hora no hay frío, sino un intenso calor que hace sudar a las cañas gotas de miel. Comienza la terrible hora de las hormigas y las abejas, del sudor que inunda toda tu indumentaria y corre como un río por la espalda; más la picazón que produce una planta rastrera llamada popularmente “pica-pica”: esa combinación te hacía la tarde infernal. Y también ocurrían accidentes si no ponías cuidado en lo que hacías; dolorosas heridas eran producidas por el afilado machete que puede cortar el pantalón a la altura de la pantorrilla, o atravesar el cuero de la bota y cercenarte un dedo del pie, o la mano con la que aguantas la caña. La misma fuerza que corta la planta puede cortar tu extremidad. Aún conservo sendas cicatrices de heridas ocasionadas por el temible machete.

Una vez que terminaba el corte, hay que alzar las pilas de cañas y montarlas en las carretas tiradas por bueyes. En algunas ocasiones teníamos suerte y el alza era mecanizada, realizada por tractores-alzadoras, pero casi siempre la hacíamos con nuestros brazos y hombros.

Terminábamos el día agotados pero nos sentíamos felices de la tarea realizada. Para mí no había entonces paisaje más lindo que aquel inmenso cañaveral recién cortado, y la vista de las carretas jaladas por las parejas de bueyes camino del ingenio, escoltadas por los perros guardianes… y en el horizonte, teñido de rojo por el sol en ocaso, aquellas siluetas de las palmas reales, de las ceibas y de los árboles de aguacates característicos de la campiña cubana.

Esta escena se repitió decenas de veces durante mis años de estudiante secundario, bachiller y universitario. En ese tiempo, participé exactamente en quince zafras del pueblo, entre ellas la famosa “zafra de los 10 millones”. Críticas a parte, les puedo decir que, el trabajo voluntario, con sus virtudes y defectos, fortaleció mi voluntad, fomentó mi solidaridad hacia los demás, y me ayudó a comprender las relaciones con la gente del campo. Quizá por eso, cada vez que tomo una tacita de café, no puedo evitar pensar en el esfuerzo humano que hay detrás de cada sorbo del negro néctar y en el valor del azúcar que lo endulzó. Quizá les parezca una locura, pero nunca más he sido tan feliz como lo fui entonces, cuando llegada la noche, entorno a una hoguera, tocaba mi vieja guitarra y entonaba canciones con mis entrañables amigos y amigas.

En el próximo número les haré la historia de Pepe el Yuma, no se la pierdan…

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