ISSN 2476-1672

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Una "compañía" de niños de la bota

Aunque son varias las ciudades del mundo que tienen en plaza pública una estatua del miterioso "niño de la bota", la comunidad de Ellenville es el hogar no sólo de una, ni de dos, sino de tres copias de la legendaria figura del niño con un pie descalzo, los pantalones remangados, la gorra hacia atrás que deja ver sus rebeldes cabellos y en su mano derecha la bota rescatada de las aguas. La primera fuente que se conoce en esta comunidad, fue colocada en los jardines de la mansión de Charles Hartshorn, quien fuera el primer presidente de Ellenville en 1856. Pero fotos antiguas de la mansión -que hoy es la sede de la biblioteca pública del pueblo-, fechadas en 1875, no muestran aún la estatua de El Niño de la Bota en la fuente, sino unos cisnes. Otras, datadas en 1908, muestran ya la fontana con el Niño, y en la historiografía del lugar está asentado que le fue encargada la misma a J.L.Mott Foundry and Iron Works, en Nueva York, y cuyo catálogo consultó el paisano de Santa Clara encargado de la ampliación del Parque Vidal -entonces Paseo Padre Chao. Según la historiadora Katharine T. Terwilliger, la compañía de bomberos de Ellenville compró una segunda copia en 1925, por la suma de 163 dólares, la cual fue instalada sobre una fuente que estaba en la intercepción de la calle Liberty con North Main Street; hecho que recoge The Ellenville Press de 1925. Cuando el vandalismo dañó la figura (ya ven que los profanadores de obras existen desde los tiempos de las pirámides hasta nuestros días), tras concenso comunitario se optó por sustituirla con una réplica la cual se encomendó al escultor Matt Pozorsky de Phillipsport, quien realizó el vaciado y fundición de la misma a partir de otra estatua del niño, propiedad de la firma Scoresby Hose, Hook & Ladder. Son varios los nombres que le han dado a este misterioso niño: Niño inmigrante, Niño de la bota infortunada, Niño de la bota, Niño de la Gorda, Bota infortunada. Y han sido construido en calamina, hierro, bronce, yeso, cerámica y cemento. Actualmente -sin contar por supuesto las colecciones privada-, se encuentran estatuas del chiquillo en: Sandusky, Ohio; Winnipeg, Canadá; Houlton, Maine; Helena, Montana; Cleethorpes, Inglaterra (en el memorial de la Princesa Diana); Caracas, Venezuela; Santa Clara, Cuba; Estocolmo,Suecia; Stevens Points, Wisconsin; y posiblemente otras 20 localidades del mundo. Todas sustentan una historia sobre el origen de la estatua, una leyenda del niño; todas lo consideran patrimonio local. Pero la verdad es que se trata de un misterio...
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Esta es la historia de "El niño de la bota"

Por Ángel Cristóbal /escritor y periodista. A principios de la década de los noventa del siglo pasado, escribí un pequeño libro –soy demasiado optimista al llamarlo así-, sobre la historia del Parque Vidal de Santa Clara, provincia de Villa Clara, Cuba; el principal espacio público de esta ciudad situada casi al centro de la isla. El librillo en cuestión, para mí mucho más importante por las excelentes ilustraciones en carboncillo realizadas por el destacado artista plástico Fernando Caluff; tiene un capítulo que describe, específicamente, el ataque que Leoncio Vidal Caro realizó la madrugada del 23 de marzo de 1896, cumpliendo las órdenes del generalísimo Máximo Gómez, y durante el cual sucumbe el aguerrido Vidal, bajo una lluvia de balas españolas (si desea conocer los detalles del artículo, puede leerlo en este mismo blog). Y en el Epílogo del texto de marras expresé: (...) Hoy en día son pocos los santaclareños que deploran las sucesivas transformaciones arquitectónicas sufridas por el Parque Vidal, aunque sí son muchos los que ignoran la historia de la cual ha sido mudo testigo nuestro querido Parque... ¡Y pensar que esta crónica la motivó mi hija! Sí, mi niña que, cansada de pasear en pequeños carretones tirados por chivos, o en aquella ingeniosa bicicleta “múltiple” que circunvala la bella plaza; corre y profana con sus zapatitos de rosa los fríos mármoles del obelisco centenario. Y nunca entiende Rocío mi triste papel de celador endomingado cuando se desboca volando, como queriendo alcanzar, allá, en medio de su fuente, al Niño de la Bota...(1) ¿Qué buen villaclareño no conoce la fontana de “El niño de la bota infortunada”-simplemente “El niño de la bota”-, alrededor de la cual han jugado tantas generaciones de niñas y niños, y cuyo personaje central ha motivado tantas historias, relatos, cuentos y poemas que forman parte ya de la cultura popular? La historia “pilonga” de este niño reseñada por cronistas locales, comienza con el proyecto de ampliación de la Plaza Mayor, presentado al ayuntamiento de Santa Clara en 1904 por el escritor de “Tradiciones Villaclareñas”, José Berenguer Sed, cuya moción fue aprobada tras largo litigio con el clero, el 18 de abril de 1921; puesto que ampliar la Plaza a la luz de la modernidad, condenaba la existencia de la vieja Iglesia Mayor (1725), la cual fue demolida ladrillo a ladrillo. La figura del “niño de la bota”, coinciden los escribientes –que no escribanos-, apareció en un catálogo de sugerencias de una famosa casa de venta de objetos de artes, de nombre J. L. Mott Company, de New York. Entre sus páginas, la encontró y seleccionó Francisco López Leiva para que se instalara en la fuente diseñada por él, y la hizo transportar a Cuba. La grácil escultura comenzó a surtir agua el 15 de julio de 1925, cuando se inauguró el parque Vidal (antes se llamó Plaza del Recreo, Paseo Monteagudo, Parque Chao, etc.), en ocasión del cumpleaños de la villa, fundada el 15 de julio de 1689. Aunque se conocen varios relatos alrededor de esta estatua, ninguno revela cuándo comenzó en sí la querencia de los “pilongos” por la misma. Mi buen amigo Alexis Castañeda Pérez de Alejo, es autor del artículo “Del pueblecito de Santa Clara”, del cual tomamos el siguiente fragmento: “Con sólo detenerse unos minutos junto a la fuente cualquier mañana, se podrán escuchar sorprendentes historias acerca del ‘pobre niño que sirvió de modelo al autor’. Que si fue un pequeño limpiabotas que rompió su zapatico en el lodazal que circundaba a la estación de ferrocarril; que si no era de aquí, sino de La Habana. Incluso, se discute su nacionalidad, pues algunos sitúan su encuentro en distintas ciudades norteamericanas” (2). Otras publicaciones argumentan que la estatua representa a un “golfillo” con rasgos afrancesados; a un niño harapiento (aunque harapos no se aprecian en la vestimenta) jugando con su botica rota. Y la más ajustada –digo yo-, a la realidad, asegura que la estatuilla “es un homenaje a los niños tamborileros que acompañaban a las tropas del ejército norteño en la guerra de secesión estadounidense (1861-1865)” (3). Se sabe que aquellos muchachos de 8 y 10 años de edad, al terminar la batalla, llevaban agua a los sedientos heridos; la mar de las veces, en sus botas desgastadas. Posteriormente, en recordación a los “drummer boys”, se construyeron monumentos, estatuillas de jardín, y a partir de ella, la ya mencionada casa J. L. Mott Company , de Nueva York (cuyo catálogo de 1922 incluyo en este reportaje), hace alrededor de 23 copias a una escala mayor y las comercializa. Descartando la de Santa Clara, ¿a dónde fueron a parar las restantes 22 copias? Cito ahora un párrafo de un detallado artículo que Ariel Lemes Batista publicó sobre el famoso niño orgullo de Santa Clara: “A principios de 1959 se traslada la estatua unos metros más al oeste, frente al teatro La Caridad construido por Marta Abreu de Estévez, y se colocó en un botecito de granito gris y verde que para ese efecto se construyó. En 1969 desaparece el niño tamborilero, tras serle arrancado y perdido el botín y poco después, destruidos ambos pies. Así, al no poder sostenerse y quedar yacente, sin funciones como magnífico ornamento público, fue retirado del lugar. Sus restos fueron donados al Museo Provincial, el 7 de octubre de 1970, por el ciudadano Jesús Velazco Fernández. Pero no obstante, los santaclareños nunca olvidaron la estatua. El Niño de la Bota Infortunada volvió a su parque, a su fuente, en una réplica de bronce fundido, copia de admirable fidelidad al original, ahora ocupa el lugar exacto donde estuvo colocado antes, incluso sobre la misma base, en línea recta con el obelisco a los presbíteros Conyedo y Hurtado de Mendoza, la Glorieta y la estatua a Marta Abreu de Estévez. Nuevamente se erigió como símbolo de amor y del respeto que sienten los habitantes de la capital villaclareña por sus valores culturales, sus tradiciones e historia. Hoy se otorga, en forma de medalla, dicha figurilla a los artistas destacados de la nación que hayan contribuido al desarrollo cultural de la ciudad del Che” (4). El mismo autor, en su descripción, llegó a una importante conclusión: “Posiblemente, según su procedencia, ‘El niño’ no sea el único que exista actualmente en el mundo, aunque los hijos de esta ciudad lo han aceptado como suyo” (5). Y dice usted muy bien, mi estimado cronista. En Caracas encontré no uno, sino a dos “niños de la bota”: Caracas, la ciudad de los techos rojos, a lo largo de estos años me ha dado muchas razones para quererla, pues al igual que a tantos otros cubanos y cubanas de las letras y las artes que me precedieron, conmigo ha sido obsequiosa. No sólo me ha permitido seguir las huellas del apóstol Martí, del poeta José María Heredia, del caraqueño Narciso López, del patriota Marcos Maceo y del valiente Carlos Aponte; sino que, al abrirme las puertas a la vida y obra de sus más destacados pintores modernos y contemporáneos, encontré la impronta de un Alejo Carpentier coincidiendo con las reformas revolucionarias de la Academia de Artes Plásticas; de un Wilfredo Lam y una Amelia Peláez –por mencionar sólo algunos de los genios cubanos que coincidieron con los más destacados maestros venezolanos, en diversas épocas. Pero la “sultana de El Ávila”, como también se le conoce, me reservaba otras sorpresas. Una mañana, caminando por los pasillos centenarios del Museo Caracas con sede en el Palacio Municipal, observaba una colección de cuadros sobre viejas edificaciones caraqueñas, bastante convencionales en lo artístico, todos de mediano formato y pintados con la misma técnica de plumilla y óleo. Me detuve en una de esas estampas -en cuya base se puede leer "Sede de la Cantv", 1983. E. Rojo-, porque en medio de la escena que recrea, descubrí la estatua de… ¡El niño de la bota! No sabía entonces este emborronador de cuartillas, dónde estaba la sede de la Cantv, o si la estatuilla (¿otra de las copias?) se encontraba aún en el mismo escenario que perpetuó el artista en su cuadro. Pero como afirma Felo, el sapiente barbero de Juan Manuel Serrat cuando el cantante visita La Habana Vieja, “la vida es senda rara”, o como bien dice mi esposa y compañera de letras, Felicia Jiménez Gómez, “en la vida nada es casual, todo es causa y efecto”. Sucedió así que cierta tarde de abril de 2009, recibí una llamada telefónica de la prestigiosa empresa estatal de telecomunicaciones de Venezuela, conocida popularmente como CANTV, por asuntos de trabajo. Nunca había estado allí y como es costumbre en mí llegué puntual a la cita. Al traspasar el portón principal de la gigantesca sede, caminé por un amplio corredor que conduce a la recepción, y de repente se me cortó el aliento por la emoción: sobre un pedestal, erguido y hermoso en su eterna inocencia infantil, me tropecé con él... ¿sería una de las 22 copias hermanas de “El Niño de la Bota”?, ¿cómo llegó aquí? Al principio eran preguntas sin respuestas, pero en la misma medida que he cultivado amistades en la institución, poco a poco se ha ido disipando el misterio, aunque surgen otros. Así fue como la querida colega Ana Damelis Guzmán, me mostró "El libro de la CANTV", una voluminosa publicación que recorre la historia de la Empresa, y reseña las obras de arte que ésta preserva. En la pág. 36 del Libro se lee una leyenda: "Patio central de la sede de la CANTV en la esquina de la Gorda", y en la foto, podemos apreciar la fuente en plena función (por cierto que, en la fotografía, el chorro de agua sale por la boca de la bota y no por la suela de la misma). Veánla a continuación: Más adelante, en la página 238 del "Libro de CANTV", otra foto de El Niño de la Bota, viene acompañada de una leyenda muy elocuente: "El Niño de la Gorda", traído a Venezuela en 1883, estaba ubicado en el patio central de la primera sede de Cantv. Hoy ocupa lugar destacado en la entreda principal del Centro Nacional de Telecomunicaciones. El cambio de 'bota' por 'Gorda', se debe sin duda a la calle donde estaba la sede, pero lo más curioso es el año: 1883, es decir 37 años anterior al Niño de Santa Clara. ¡Ahí les dejo esa perla a los investigadores! Por ahora, sólo sé que para los venezolanos y venezolanas que entran y salen del lugar, este “niño” pasa desapercibido, despreocupadamente, como una estatua más. Quizá porque en una ciudad como esta, la estatuaria, las fuentes monumentales, los conjuntos escultóricos clásicos y modernos, el arte cinético y figurativo creado bajo el azul cielo a lo largo del estrecho valle de la capital venezolana, en fin la cultura, son parte funcional e integral de sus frondosos parques y plazas. Y yo sonrío, aún cuando percibo con cierta nostalgia, que al abrirse la verdad sobre una pieza de jardín convertida en leyenda por la imaginería popular de mi gente, se van los mejores recuerdos de mi infancia y la inocencia de mi hija. La vida es senda rara. NOTAS 1. El parque Vidal. Autor: Ángel Cristóbal García. Ilustrado por Fernando Caluff. Colección Escambray, Santa Clara, 1993. 2. Del pueblecito de Santa Clara. Leyendas y realidades de la fuente de El niño de la bota infortunada. Autor: Alexis Castañeda Pérez de Alejo. Revista Signos, no. 48. p.51. Santa Clara, 2003. 3. El niño de la bota infortunada. Autores: Luján, Ana María y Rolando Rodríguez. Revista Cuba Internacional. Sin fecha. 4 y 5. El niño de la bota infortunada. Mitos y realidades. Autor: Lemes Batista, Ariel. Publicación digital La Bijirita, septiembre de 2009. FOTO LEYENDAS Foto 1. Ilustración de un niño tamborilero. Se aprecia la vestimenta, similar a la que porta “El niño de la bota”. Foto 2. Vieja fotografía de “El niño de la bota infortunada”, probablemente tomada en los días cercanos a la inauguración del Parque Vidal, 1927, a juzgar por el sombrero de pajilla de un hombre y la gorra del niño sonriente. Foto 3. Un aviso publicitario de 1912, de la compañía The J. L. Mott Iron Works, de Nueva York, ofertaba todo tipo de ornamentos de jardín: fuentes, estatuas, guardabosques. Observe el parecido de la figura del niño desnudo, con “el niño de la bota”. Foto 4. Este es el catálogo de The J. L. Mott Iron Works, de marzo 1922, que ofrecía ornamentos y fuentes de jardín. Y donde se asegura que los pedidos se envían a donde sea. Foto 5. Foto de tamborileros, durante la Guerra de Secesión. Foto 6. La copia realizada por Delarra, que puede ser apreciada actualmente en el Parque Vidal de Santa Clara. Foto 7. Sede de la Cantv. Obra de E. Rojo. Plumilla y óleo. Museo Caracas. Palacio Muncipal de la Alcaldía Libertador. Caracas, 1983. Foto 8. Foto antigua de la primera sede de la Cantv. Aparece en el Libro de la Cantv, Caracas, 1975. Foto 8. “El niño de la bota”, en la empresa estatal de telecomunicaciones de Venezuela, CANTV. Foto del autor. Foto 9. Vista desde otro ángulo, se observa que, a diferencia de la réplica de Santa Clara, la bota de este niño se orienta hacia otro punto. Foto del autor. Foto 10. Un primer plano pa' los incrédulos. Foto del autor.
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La obsesión de Himmler (Final)

¿QUÉ BUSCABAN EN REALIDAD LOS NAZIS? Lo que llevó a Himmler a su intempestiva visita al monasterio de Montserrat en 1940 fue un informe elaborado durante años por el investigador Otto Rahn. Existen multitud de especulaciones, a cuál más fantástica, sobre las razones que impulsaban a los nazis a rastrear tan afanosamente la pista del grial. Muchos ocultistas se han inclinado por fabulosas explicaciones que adjudican al Cáliz de Cristo un poder sobrenatural, bien de origen místico o hasta extraterrestre. Esta es la versión que lógicamente eligió Spielberg para su exitosa En busca del arca perdida. Sin embargo, este delirio fantasioso encaja mal con la personalidad de Otto Rhan, un personaje sin duda iluminado, pero también rodeado de un aura de meticuloso investigador, que aún hoy en día ejerce una enorme influencia no sólo en círculos esotéricos, sino también masónicos. Actualmente, los estudiosos más serios de Rahn piensan que sus motivaciones eran más prosaicas y políticas que mágicas. Al parecer, lo que Otto Rahn buscaba en los años 30 es lo mismo que hace unos pocos años sirvió para que el escritor Dan Brown hiciera una fortuna con su Código da Vinci. El investigador alemán perseguía la pista de un supuesto linaje humano de Cristo —el fruto de sus relaciones con María Magdalena— que los cátaros habrían ocultado —ese sería el verdadero secreto del grial— y que estaría relacionado con una dinastía merovingia vinculada a Carlomagno, germen de la aristocracia europea. Himmler estaba convencido de que esa podría ser la primera piedra de un Sagrado Reich Europeo Ario tutelado por los nazis. Las claves mitológicas coruñesas El legendario investigador alemán Otto Rahn —según reveló recientemente la Orden Martinista— visitó A Coruña en 1937 para seguir una pista que llevaba a la tumba del Apóstol en Compostela. Rahn permaneció varios meses en la ciudad herculina camuflado con la nutrida red de asistentes militares nazis que asesoraban entonces el bloqueo franquista del Cantábrico para impedir la llegada de armas a la zona republicana. Se sabe que el enigmático investigador alemán visitó la casa natal de su maestro martinista en el número 13 de la calle Olmos —que aún sigue tal cual— y que rastreó leyendas relacionadas con la ruta gallega del Grial. Rahn dejó constancia en un escrito que Galicia fue el reino europeo occidental más antiguo —después del visigodo con sede en Toulouse— tras la caída del Imperio Romano y el único país de sustrato céltico que ostenta el grial en su escudo. Según los martinistas, Rahn se interesó muy especialmente por las bases etnográficas que sustentan el mito de la Piedra del Destino —la piedra mágica que según la leyenda fue transportada de Brigantium a Gran Bretaña, sobre la que se han coronado los monarcas ingleses, entre ellos la actual Isabel II— y que los estudios esotéricos identifican como Piedra de Enoch o de Jacob —el patriarca de la estirpe aria según Himmler—. Rahn escribió ese año al jerarca de las SS un informe en el que se mostraba seguro de que era el hereje Prisciliano —decapitado en Tréveris el año 385 acusado de mago— y no el apóstol Santiago quien estaba enterrado verdaderamente en el sepulcro de la catedral compostelana. Los priscilianistas —entre ellos obispos— se constituyeron en sociedad secreta en Galicia a su muerte. Para el ocultista alemán, ambos episodios mitológicos coruñeses formaban parte del secreto rompecabezas del verdadero Grial simbólico: esto es, la pista borrada por los primigenios seguidores cátaros del supuesto linaje humano de Cristo traído a Europa. Tomado de: Enigmas del III Reich. Autor: Ángel Cristóbal García. Editorial Letras Latinas. EN LA PRÓXIMA ENTREGA: La fuga gallega de Hitler.
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Landaluze un cronista popular

Título: El encuentro. Autor: Landaluze. Siglo XIX. "Landaluze un cronista popular" es el título de una muestra de artes plásticas, integrada por reproducciones de la serie litográfica "Tipos y Costumbres", que atesora la Oficina del Historiador de la Ciudad, y de cuatro óleos del artista español, Víctor Patricio Landaluze. La figura de Landaluze es sin dudas controvertida desde el punto de vista de sus posiciones políticas. Español, está en la isla durante las guerras de independencia. Capitán de milicia, defensor del coloniaje y opositor de las ansias libertarias de los cubanos. Pero como en la vida, y las artes, no todo es blanco y negro, queda su singular obra, en especial, ese raro y precioso libro, "Tipos y Costumbres De La Isla De Cuba", editado en 1881. La obra, con 81 ilustraciones de Landaluze, es una colección de artículos, y, muy significativo, la introducción y cinco capítulos fue escrita por Antonio Bachiller y Morales, de destacada trayectoria patriótica. El tema entonces es el artista Landaluze. Entre sus múltiples grabados y dibujos merecen mencionarse: El Gallero, La Mulata de Rumbo, Los Guajiros, El Calesero, El Puesto de Frutas, Los Negros Curros (en color), El Ñáñigo, Los Mataperros y La Partera. Esas ilustraciones, junto con sus estudios y acuarelas, fijan el valor y la importancia significativa de la obra de Landaluze, la captación de la luz tropical, la reproducción inspirada de las costumbres, prejuicios y supersticiones de los cubanos de en aquel tiempo, blancos o negros. En su obra hay que destacar por sobre todo el reflejo de una época, lograda a través de la comicidad de la línea, la interpretación de los personajes y la sencillez del ambiente (la tabaquería, la calle). Tal como el título del libro mencionado, Landaluze es el pintor por excelencia de los “tipos” y “costumbres” cubanos del siglo XIX. En 1995, la Oficina del Historiador edita dos carpetas bajo el título Landaluze, Víctor Patricio de. El grabado en Cuba, y en la presentación se expresa que El pintor vasco…cuya gráfica costumbrista fuera recogida en Los cubanos pintados por sí mismos y Tipos y costumbres de la Isla de Cuba, plasmó como nadie los tipos populares cubanos del siglo XIX, en imágenes bullentes de vida y sutilmente irónicas. Las obras seleccionadas para estas carpetas dan fe de la maestría de su desempeño. Español, pero antes artista, dejó una multitud de litografías, cuadros, de carácter costumbrista a través de los cuales sus “tipos” siguen viviendo hasta nuestros días. Al morir en 1899 dejó una obra extraordinaria (se estima que en total el número de sus dibujos y caricaturas ascendió hasta dos mil), retratos tanto del cimarrón como del calesero, del centinela español y el comerciante peninsular, del caballero y su dama, del gallero y la mulata. NOTA DEL EDITOR Versiòn del artículo: "La obra monumental de Víctor Patricio Landaluze" Publicado por Mireya Castañeda en CMBF Radio Musical Nacional. La Habana, Cuba
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Enigmas del III Reich

Otto Ranh La obsesión de Himmler (I parte)

La historia que Steven Spielberg llevó al cine con el titulo de En busca del arca perdida —la búsqueda del grial por los nazis, que le suponían un enorme poder— y que supuso el exitoso nacimiento de la saga Indiana Jones, es real.

El misterioso episodio ha despertado últimamente una verdadera fiebre editorial en España y Latinoamérica. Varios libros, entre éstos “Enigmas del III Reich”, del escritor Ángel Cristóbal García, Editorial Letras Latinas, recrean el fantástico affaire y aventurando que el personaje central de la trama histórica, el investigador ocultista Otto Rahn, no se suicidó en 1939 en la montaña sagrada de los cátaros, Montsegur, como establece la versión oficial de las SS nazis —a las que perteneció Rahn, bajo la batuta personal de Himmler—, sino que vivió en España bajo un nombre falso y falleció en Vigo. Otros sostienen que murió en Madrid en 1975 o que fue asesinado por los sicarios de Himmler por su presunto origen judío.

El dato más relevante sobre esta increíble historia nada tiene sin embargo de ficticio: un documento de la Orden Martinista, sociedad secreta esotérica fundada en el siglo XIX en París por el doctor Papus —coruñés afincado en Francia que fue médico del Zar en tiempos de Rasputín—, en la que también militó el propio Otto Rahn, revela que el cazador del grial estuvo en A Coruña en 1937. La noticia apareció en una web martinista cuando todos los focos del periodismo se centraban meses atrás en la extraña sociedad después de unas polémicas declaraciones en las que el historiador De la Cierva afirmó en una tertulia radiofónica que ocho ministros del gabinete de Zapatero eran masones y que uno de ellos, Bono, “pertenecía a la oscura Orden Martinista”.

Los hechos históricos que sustentan esta leyenda se basan fundamentalmente en la visita oficial que el jerarca de las SS, Heinrich Himmler, realizó al monasterio de Montserrat en el arranque de la II Guerra Mundial. El 23 de octubre de 1940, Franco y Hitler mantenían su célebre encuentro en Hendaya. “Ese mismo día —según cuenta Montserrat Rico, autora del libro La abadía profanada—, el reichführer Heinrich Himmler llegó a Barcelona con un firme propósito, pero la prensa de la época apenas glosó lo anecdótico y puso especial esmero en destacar la munificencia del gerifalte alemán, que había entregado 25.000 pesetas de su peculio para socorrer a los damnificados de las inundaciones ocurridas en la cuenca del Ter unos días antes. Se perdió la oportunidad de conocer algunos de los entresijos más insólitos que mueven los hilos de la historia. Y así hubiera sido, por siempre jamás, de no ser por el testimonio del padre Andreu Ripol Noble”.

Casi 70 años después del suceso, Ripol —ya secularizado—, en la residencia geriátrica Can Torras de Alella, en la provincia de Barcelona, aún recordó el episodio y lo hizo prevalecer entre no pocas lagunas de la edad. Himmler —le reveló Ripol a Montserrat Rico— visitó, después del almuerzo, la abadía de Montserrat acompañado por un séquito de rubios alemanes de las SS y por algunas autoridades de la ciudad. El abad titular, Antoni María Marcet, y su coadjutor Aureli Maria Escarré, que conocían la penosa situación de la Iglesia alemana, juzgaron indecoroso recibir personalmente a Himmler, pero conscientes de que era difícil declinar la visita, asignaron la ingrata tarea a un joven Andreu Ripol, único miembro que conocía a la perfección la lengua alemana.

“¿Qué interés había suscitado la abadía de Montserrat en alguien que se declaraba anticristiano y que pasaba por ser un enconado perseguidor de la Iglesia católica? —se pregunta Montserrat Rico—. Nadie en su sano juicio se hubiera molestado entonces en hacer segundas lecturas de una visita que parecía encorsetada en las reglas de la cortesía política. Pero más de seis décadas después sí podemos afirmar que Himmler fue a Montserrat en busca de un infalible talismán que le hiciera ganar la guerra y que le otorgara poderes sobrenaturales. El nombre de ese talismán lo pronunció sin balbuceos al atravesar la biblioteca del cenobio: el Santo Grial”.

Andreu Ripol fue testigo del vivo interés del jerarca alemán por la reliquia, pero lo más terrible aún, también lo fue de la recalcitrante obsesión que lo llevaba a afirmar que de Esaú descendían los judíos, y del hermano gemelo de éste, Jacob, los arios. En otras palabras, que Jesucristo era ario. “Su singular interpretación de la Biblia no sería baladí. ¿Acaso el genocidio judío fue una venganza de inspiración bíblica en toda regla? ¿Cómo es posible explicar, fuera de esta lógica, que un acérrimo perseguidor de los judíos pusiera tanto interés en preservar las reliquias de su más eximio representante?”, reflexiona Rico.

¿Y por qué buscar precisamente en Montserrat? Atendiendo al escritor Robert de Borón

—poeta francés de finales del siglo XII y principios del XIII que fue el primero en asociar el grial con la copa en la que, supuestamente, Jesucristo habría consagrado el vino de la Ùltima Cena—, al que la jerarquía nazi habría tenido que prestar atención es al Santo Cáliz de Valencia.

Y posiblemente lo hizo pocos años antes de buscar en Montserrat, dada la oferta de dos judíos de Amberes que, semanas después de que estallara la Guerra Civil, lograron hallar en su refugio al canónigo de la catedral valenciana Elías Olmos: ocho millones de pesetas y un pasaporte para huir de España a cambio de la reliquia, que él había logrado poner a salvo de las algaradas de la guerra.

La búsqueda nazi del grial debió de realizarse, pues, en varios frentes. Y el hecho de que uno de ellos fuese Montserrat puede tener que ver con el trovador del siglo XIII Wolfram von Eschenbach y con Richard Wagner. La primera noticia que se tiene del Santo Grial está en el evangelio apócrifo de Nicodemo. El texto se convirtió en el maná simbólico del que se nutrieron siglos después incontables relatos folclóricos. El iniciador de la tradición literaria fue Chrétien de Troyes, que murió en extrañas circunstancias sin revelar el final, lo que dio pie a los continuadores —Robert de Borón o Eschenbach, entre otros— a realizar libres interpretaciones acerca de la sagrada reliquia.

Richard Wagner adaptó la versión Parzival de Eschenbach en su oratorio operístico homónimo y situó el maravilloso castillo del Grial en los Pirineos. La impresionable élite nazi, cuyos dirigentes acudían todos los meses de julio al Festival Wagneriano de Bayreuth, no tardó en identificar el Montsalvat que se menciona en Parsifal con Montserrat, aunque también habían prestado un prudente interés a la obra de un contemporáneo, Otto Rahn, quien a finales de los años 30 del siglo pasado había sugerido que Montsalvat guardaba correlación con Montségur, en Francia.

Forzosamente, Barcelona y Montserrat debieron de ejercer una profunda fascinación sobre la jerarquía nazi. No sólo porque el estreno de Parsifal —fuera de Bayreuth, que tuvo la exclusiva de su representación durante 30 años— se realizó por primera vez en el teatro del Liceo de la ciudad Condal el 31 de diciembre de 1913. También porque pensadores alemanes de la talla de Wilhelm von Humboldt o Goethe habían magnificado ya la sublime naturaleza de la montaña de Montserrat imbuidos en la vorágine romanticista.

Por si fuera poco, debió de excitar la susceptibilidad de la elite nazi que buscaba la fuente de la inmortalidad el descubrir que el Virolai, canto místico de Cataluña obra de mosén Cinto Verdaguer, era portador del ansiado mensaje críptico que venía a reforzar sus conjeturas: “... mística fuente del agua de la vida...”

Oficialmente, Heinrich Himmler, aprendiz de brujo, gurú de Hitler, fundador de una nueva religión con derivaciones esotéricas, nada pudo llevarse en su visita. La abadía de Montserrat no era depositaria del Santo Grial, ni de documento alguno que sirviera para establecer la filiación de Perceval, el héroe de la saga griálica. De modo que, como Hitler, aquel 23 de octubre de 1940, Himmler regresó a Alemania como había venido.

Pese al evidente fracaso de su reichführer Himmler para hacerse con el Santo Cáliz durante la II Guerra Mundial, la obsesión nazi por Montserrat no se esfumó.

No sólo se combatió en los campos de batalla, se sostuvo una contienda encarnizada en la retaguardia y se desencadenó una confrontación económica como hasta entonces no había contemplado la humanidad. También hubo una guerra subterránea en la que los bandos enfrentados trataron de volcar a su favor las fuerzas del poder oculto que escapa a los planteamientos puramente racionales. Se afirma que Winston Churchill llegó a reunir al poderoso círculo de magos de Coventry —Los Rolling Stones escribirían su célebre Simpatía por el diablo inspirados por uno de ellos: Alistair Crowley— para contrarrestar los movimientos que los nazis realizaban en el campo de la lucha de los poderes ocultos. De hecho, muchos de los más cualificados dirigentes nazis fueron gente iniciada en los secretos del ocultismo o formaron parte de algunas sociedades esotéricas.

Tal fue el caso, por ejemplo, de Alfred Rosenberg, uno de los principales ideólogos del nazismo y cualificado miembro de la Sociedad Thule, que, aunque definida como una asociación para promover el estudio de las tradiciones germánicas, era en realidad un centro de reunión de importantes ocultistas. El propio Adolf Hitler, cuyo interés por el ocultismo es bien conocido, se sintió atraído por la presunta fuerza de determinados objetos. Se cuenta que durante su juventud pasaba horas extasiado ante una vitrina del museo del palacio Hofburg (Viena) donde se guardaba la llamada Lanza de Longinos, la misma que, según la tradición, habría utilizado el centurión romano para lancear el costado de Jesucristo en la cruz.

También es sabido que la infancia y la adolescencia de Rudol Hess transcurrieron en Egipto, donde entró en contacto con algunas de las escuelas esotéricas allí existentes y llegó a recibir grados de iniciación. Una vez en la Alemania que contempló el ascenso del nazismo, Hess alcanzó fama de ser un solvente ocultista. Por su parte, Himmler vivió obsesionado con hacerse con determinados objetos considerados eficaces talismanes, con el fin de alcanzar el poder que se les atribuía. Himmler fue, además, un ferviente defensor de la metempsicosis y se consideraba la reencarnación del emperador Enrique II Hohenstaufen.

Convertido en uno de los hombres más poderosos de la Alemania nazi, Himmler creó en 1935 la Ahnenerbe, denominación con la que se bautizó a la Sociedad de los Estudios para la Historia Antigua del Espíritu, a la que se conocería también con el nombre de Herencia de los Ancestros. Otro de sus departamentos, probablemente el más famoso, fue el de arqueología germánica, al que se encomendó la realización de extrañas expediciones con el propósito de buscar reliquias o talismanes a los que se atribuía un extraordinario poder, como el Arca de la Alianza o el grial.

La obsesión de Himmler por poseer el grial llevó a los nazis a una sistemática búsqueda siguiendo las tesis formuladas por el investigador Otto Rahn. Tras establecer importantes conexiones entre los cátaros, los templarios y los trovadores, Rahn llegó a la conclusión de que las alusiones al Grial contenidas en el Parcival de Von Eschenbach tenían un trasfondo histórico que iba mucho más allá de los valores puramente literarios del poema.

Rahn ingresó en 1936 en las SS para dirigir la Ahnenerbe y se suele decir que el régimen nazi gastó más dinero en esta sociedad secreta que los Estados Unidos en la bomba atómica.

En marzo de 1939, poco antes del estallido de la II Guerra Mundial, el cuerpo de Otto Rhan pareció congelado en forma sedente en las montañas del Wilden Kaiser. El periódico oficial nazi Bolkischer Beobatcher afirmó que se había suicidado al estilo cátaro. Días antes de su supuesta muerte, Rahn escribía a un amigo: “Yo soy un hombre tolerante, no puedo ya vivir en mi hermosa patria... ¿En qué se ha convertido?”.

Las especulaciones sobre su asesinato a manos de los nazis o de su reconversión bajo una identidad falsa no han cesado desde entonces. La revista alemana Die Welt publicaba en mayo de 1979 un informe en el que se aseguraba que Otto Rhan había trabajado bajo otra identidad para la inteligencia alemana en Holanda, Francia y Suiza.

(Continúa en la próxima entrada)

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Tradiciones villaclareñas

Fiesta de los delirios
Por Ernesto Miguel Fleites*
La Parranda de barrios es folklore de espectáculo y como espectáculo al fin, ha llegado a maximizar el folklore auténtico de nuestro pueblo. De este folclore forman parte las artes plásticas, la música, el teatro, la literatura, la danza y la pirotecnia como elementos competitivos esenciales. Tres culturas la integran, tres etnias que convergen en un momento histórico. La española con sus carrozas y muñecones, la china con sus faroles y su pirotecnia y la afro con su música, su danza y sus instrumentos. A Remedios se le atribuye la maternidad de este acontecimiento porque en su seno nacieron por la década del 20 del siglo XIX. Pueblos como Camajuaní, Caibarién, Las Coloradas (hoy Zulueta) y Vueltas, enmarcadas dentro de la jurisdicción remediana de antaño, importaron, primero que otros territorios, esta fiesta en los finales del mismo siglo. Cierto es también que en la medida que fueron haciéndolas suya, cada reproducción tomó el color que los habitantes de esos lugares le fue dando, de manera tal que cada una tiene su autenticidad, lo cual las hace diferentes dentro del mismo fenómeno cultural. A Vueltas la trajo Juan José Domínguez Delaney. Un remediano que se estableció como farmacéutico por esos lares y que además tiene el privilegio de haber fundado el primer periódico voltense: El Recién Nacido. Sin embargo, fue a don Carlos Nodal, mas tarde capitán del ejército mambí, a quien se le atribuye la paternidad de las mismas. Este hombre se dio a la tarea de promoverla en su amplio sentido: promovió guateques campesinos, desde donde impregnó la rivalidad, creó la separación de los barrios a partir de la geografía del pueblo, tomando como línea divisoria la calle Real (hoy Manuel Herrada), organizó los bandos, seleccionando para sí el más pobre, poblado fundamentalmente por negros caribeños (granadinos, jamaicanos y haitianos que se radicaron en el pueblo para hacer zafras azucareras), lo que dio origen al actual nombre del barrio Oriente (Ñañacos: deformación de ñáñigos, mote dado por los miembros del barrio Occidente). El nacimiento data exactamente el 24 de diciembre de 1890 en una romería campestre organizada por los hermanos Casallas, y al cual asistió la flor y nata de la sociedad del pueblo. De una parte, los partidarios del barrio El Carmen, ubicados en la porción occidental del pueblo, defendían el bando Rojo. Estos eran liderados por Indalecio Manso. Y de la otra parte, los partidarios de San Salvador eran identificados en el bando Azul. Dichos partidarios, liderados por Carlos Nodal, ocupaban la parte oriental de Vueltas. Lo curioso en estos inicios es que durante 1890, 1891 y 1892, la rivalidad era expresada en los fandangos campesinos a través de concursos de repentismos (improvisación de décimas cantadas) y bailes de la época (zapateo). No es hasta 1892 en que los barrios contrincantes asumen identidad propia y ya comienzan a llamarse Occidente y Oriente, aunque los estandartes (Gavilán y Gallo) siguen siendo igual a los remedianos. Es exactamente el 24 de diciembre de 1892 cuando ambos barrios pasean carrozas alegóricas al nacimiento del niño Jesús. Así transcurrieron los años 1893 y 1894. En este período la parranda se siguió realizando el 24 de diciembre y los temas continuaron siendo alegorías al nacimiento de Jesús de Nazaret. También es de destacar que la rivalidad seguía expresándose a través de competencias de repentismo y bailes como el zapateo. Luego vino la guerra y la fiesta tomó el primer receso. No fue hasta 1900 que se reanudó (el 6 de enero), con temas laicos y actualizados. Ya para entonces los Orientales o Ñañacos cambian el güiro por el cencerro. Se organizan piquetes de tocadores de rumba y la cultura afro impone su ritmo por encima de la tradición campesina. Vueltas era entonces un pequeño poblado, sin calles empedradas y sin luz eléctrica. Sus noches largas, inmersas en las tinieblas, presagiaban un amodorramiento sin igual, lo cual trajo consigo la necesidad de un acontecimiento que los sacara de aquel tedio. La gente vivía sin instrucción pública, la incultura campeaba por su respeto y el gusto artístico era muy bajo. Esto hizo que las primeras carrozas fueran rudimentarias y primitivas. En ese entonces no se conocían los aeroplanos y sí los globos aerostáticos. Surcar los espacios celestes era el anhelo de la época. Resulta natural entonces que todo esto ejerciera influencia en aquella gente y fuera tema obligado de artistas y artesanos construir y exhibir globos, que hacían ascender dentro del regocijo popular. No obstante, a pesar del poco reconocimiento gubernamental, se presentaron bonitos y buenos trabajos, en su gran mayoría fijos, de plaza, imitando la costumbre remediana. Así se mantiene la Parranda, imitando a su maternal Remedios con trabajos de Plaza, hasta que en 1914 la carroza, como elementos de la fiesta, se convierte en el principal acontecimiento. Ya en esta Parranda desaparece el Trabajo de Plaza de la fiesta voltense, y las carrozas van a tomar protagonismo e identidad propia. Las carrozas presentadas en esta fiestas de 1914 fueron: por parte de los Jutíos:”Actualidad mexicana”, la cual tenía la actualidad política e internacional de esa fecha, pues México era la atención universal por su gran revolución agraria y nacionalista de 1910. Los Ñañacos presentaron “El sueño de una niña detrás de una mariposa”. Lo que se consideran las primeras carrozas con nombre propio de las Parrandas del pueblo. También es de señalar que ese año se quemaron los primeros fuegos artificiales, algunos para alumbrar la carroza, otros como recursos independientes, lo que trajo consigo que el fuego se convirtiera en otro elemento de la fiesta. Ya en 1918, en Vueltas existía la costumbre de que cada casa realizaba un farol para su barrio de preferencia. Estos faroles eran exhibidos en los changüíes que recorrían las calles del poblado con alegre música de gangarrias y tambores, y cantos y estribillos alegóricos al barrio que representaban terminando con los muy famosos encuentros a cañonazos. ¿Pero qué eran encuentros a cañonazos? Según Jorge Miguel Colom, actual presidente del barrio Jutíos y nieto de Cumba Colom, uno de los parranderos más prestigioso de la región central del país, “lo más emocionante de estos changüíes era la confrontación entre ambos barrios, donde se producía un duelo a cañonazos”. Todavía en ese tiempo se vendían, sin ningún requisito, pólvora, cartuchos y además objetos de cazar, en las ferreterías. Los entusiastas de cada barrio fabricaban ellos mismos unos cañoncitos pequeños igual a los cañones de guerra. Les ponían ruedas y los embellecían. Cuando los barrios se encontraban frente a frente se armaba la guerra de los cañones. Estos encuentros duraban horas, ocasionando múltiples heridos, siendo eliminados años después por parte de las autoridades locales. Por entonces los barrios cantaban así: Somos Jutíos de las cuevas que salimos de pelear. Con el gallo moquillento no nos podrán ganar. Y los Ñañacos contestaban: Los Jutío pa´la cueva que el Ñañaco está que arde. A dormir que ya es de noche para que mi Gallo cante. Sin embargo, llega el machadato y la Parranda se interrumpe por segunda vez. No es hasta febrero de 1934 que nuevamente se reanuda la tradición, aunquesin el colorido de antaño. Así transita unos años hasta que llega 1948 donde aparece un joven artista, fiel exponente de su barrio Jutíos, cuya genialidad en el diseño de la carroza lo catapulta a planos insospechados, pues si bien ya se venía manifestando en la actividad, es exactamente en ese año donde se convierte en la figura principal del diseño plástico y artístico. Su nombre: Conrado Colom Sánchez, Cumba para quienes lo conocimos. Alguien a quien se le concedió una beca en París para continuar sus estudios de pintura luego de graduarse en San Alejandro y renunció por el amor inmenso al folclore de su pueblo. Su carroza titulada El trono del rey Salomón es recordada aún por su monumentalismo, belleza plástica y apego a la veracidad de la historia. Los Ñañacos presentaron su primera versión de Cecilia Valdés basada en la novela homónima de Cirilo Villaverde y otra titulada Carnaval en Venecia En 1965 se hace una de las mejores Parrandas. Se exhiben monumentales carrozas por uno y otro barrio. Algunas perdurarán por la historia como lo mejor de las producciones artísticas, no solo de Vueltas, sino también de toda la zona parrandera del centro del país. La corte de Delhi en el día del cumpleaños del Gran Mogol Zeb es uno de esos ejemplos. Paseó por Vueltas, Santa Clara, Matanzas y La Habana, y en todas las plazas tuvo la mejor crítica posible. Es en esta Parranda donde coinciden figuras de la talla de Nicolás Guillén, Mario Kuchilán, Samuel Feijoo, Irma Obermayer, y Ángel Martínez (el creador de la Bodeguita del Medio). Es también en esta fiesta donde Roberto “Coco” Hernández hace su aparición en el mundo de la creación artística con una magnifica obra, que aunque no era la carroza del triunfo (esta fue diseñada por Guillermo Duyos), sí fue un magnífico trabajo. Un preámbulo, diríamos, de lo que sería después el carrocero mayor del barrio Ñañacos. Luego viene un receso (El tercero: 1967 a 1970) hasta que en 1970 los barrios Jutíos y Ñañacos aparecen con obras monumentales. Es a partir de esta Parranda que cada barrio comienza a trabajar en una sola obra. Así se mantiene la fiesta sin interrupciones, hasta que en pleno Periodo Especial se ve imposibilitada de continuar. Los problemas económicos en los cuales se sumergió Cuba a raíz del derrumbe del campo socialista trajeron consigo que apareciera el cuarto y último receso parrandero (1991-1994). De ahí en lo adelante, la Parranda volvió a nacer para mantenerse a lo largo de 119 años tan viva como cuando Juan José Domínguez Delaney y Carlos Nodal la llenaran de fuerzas en los finales del siglo XIX. DATOS DEL AUTOR Ernesto Miguel Fleites González (Vueltas, 1957) Licenciado en Matemática, poeta e investigador folclórico. Premio Pinos Nuevos en 2001 y Raúl Gómez García para trabajadores de la cultura en 1999. Ha publicado Del silencio a la algazara, editorial Gente Nueva en 2002; A través del laberinto, Editorial Gente Nueva, 2005; Confesiones de un fantasma, editorial Capiro, 2005; Fortunas de Arcángeles, ediciones Sed de Belleza, 2007, así como Historias de nunca acabar, editorial Capiro, 2007. Tiene un libro en proceso de edición en la editorial Gente Nueva. Ha publicado además en las revistas nacionales Signos, Umbral, En julio como en enero, Cartacuba y Guamo, y en el cuaderno de etnografía canaria El pajar de España. Fue director del boletín cultural Página 13. Es miembro de la UNEAC.
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Mis conciertos por la paz

PAZ HERMANO
Autor: Angel Cristóbal Canta: Grupo Getsemaní-HC Año: 1992
Siempre habrá un hermano que ayudar una lágrima, quizá secar. Siempre habrá un recuerdo una historia que contar. Un amigo, alquien quien amar...
***
Siempre la lluvia los males barrerá y una nube el cielo cruzará una turbonada siempre el eco dejará y algún rayo misterioso multiplicará tu gozo con el brillo de nuestra amistad.
***
Coro: La paz querido hermano, te la brindo de antemano La paz como paloma que remonta vuelo al mar la paz que te da Cristo es símbolo de amor un corazón abierto bajo el sol.
***
Solo: Si te sientes solo, piensa en la esperanza piensa hombre en la montaña, no pierdas la fe que nos dio Jesús de Nazaret
***
Solo: Si parecen fuertes, los golpes de la vida ya verás como la herida que causa el dolor se convierte en cruz del Salvador
***
Solo: La paz en la tierra es como un gran huerto que se quedará desierto si falta el amor esa es la eseñanza del Señor
CRONICA
He comenzado este texto con una canción que escribí en el año de 1992, cuando varios hermanos y hermanas de la Iglesia Católica cubana, de las comunidades de La Pastora, Buen Viaje y El Carmen -diócesis de Santa Clara-, nos unimos en un grupo de cantos cristianos y marianos, al cual bautizamos como Getsemaní-HC. Aquel fue un año muy difícil, preámbulo de las grandes escaseces materiales que, ya de por sí heredadas del embargo norteamericano, se vieron acentuadas por el derrumbe de los países socialistas y especialmente de la antigua Unión Soviética, a partir de 1989. Mil novecientos noventa y dos fue el comienzo del Periodo Especial, una etapa sin parangón en la lucha por la sobrevivencia de pueblo alguno. Y ante tanta miseria material, no se me ocurrió otra cosa que crear una agrupación, para salir fuera de los muros de los templos religiosos y realizar conciertos en la calle. Hablé con muchas hermanas, sacerdotes y religiosas; pero también conversé con los amigos de la Asociación Hermanos Saíz -mártires católicos de la Revolución cubana-, y les pedí consejo. A muchos les encantó el proyecto, a otros le pareció una locura mayor: "No van a durar mucho, los van a meter presos", me decían. Sin embargo, comenzamos los ensayos, unas veces en la Iglesia, la mayor parte en casa de la familia Urquijo-Sarmiento; casi diariamente escribía una canción, parecía como si el Espíritu Santo y la Virgen de la Caridad me hablacen en la noche, y al día siguiente salían las canciones. Un día dijimos, ¡ya estamos listo! ¿dónde vamos a cantar? Y les dije: "Los haremos en el cine Camilo Cienfuegos, en un concierto de la Asociación Hermanos Saíz". "¡Cómo, estás loco!". "No, no lo estoy, cantaremos en un escenario del estado, cantos de la iglesia". Y así fue, y la locura fue de un público que desbordó la plaza e hizo cola para ver, escuchar y aplaudir a Getsemaní-HC, el primer grupo católico de Cuba que daba un concierto fuera de la Iglesia. Los años siguientes fueron de intensas actividades: actuamos en la Casa del Joven Creador de Santa Clara, con un repertorio dedicado a la Virgen de la Caridad; no olvido que los padres capuchinos de La Pastora me dejaron sacar la imagen de la Virgen, de casi un metro de altura, la monté emparillada en una bicicleta y atravesamos media Santa Clara para llevar la imagen hasta el escenario donde haríamos el concierto. Por el camino, la gente se presignaba y seguía mi bicicleta como en procesión, y en la noche, no cabía el público en la sala de la Asociación. Por supuesto, había presencia de autoridades, policías encubiertos, luchadores por los derechos humanos, fieles, ateos, ex presos políticos, estudiantes, rockeros, etc., pero a nosotros nunca nos interrumpieron un concierto, jamás nos pidieron el repertorio que haríamos, y sólo recibimos el cariño y el respeto de un pueblo que agradecía nuestros cantos como una bendición. Durante siete años, Getsemaní-HC realizó doscientas cincuenta actividades, entre concursos, conciertos, e intercambio con grupos cristianos de otras denominaciones, que surgieron a partir de nuestro trabajo: cantamos en logias, hermandades, y el mayor logro ocurrió cuando ofrecimos dos noches de concierto en el Teatro La Caridad de Santa Clara, en el cual se vendieron todas la entradas y los casequettes con nuestra música, que grabamos en la noche y madrugada, con la participación y producción de Pepe Montes, grabador estrella en esa época de CMHW. Por si fuera poco, nos acompañaron músicos de la talla de Pucho López (tecladista), Amaury Gutiérrez (tecladista), Misael Barbel (violín), Joaquín Zaragoza (batería), Ricardo González (tecladista), Rachif (guitarrista), y decenas más. Todo lo anterior me vino a la mente, no tanto por el Concierto de Juanes, cuya música todos conocemos, sino por los comentarios encontrados que ha despertado la realización del mismo en la Plaza de la Revolución. Ya ven que en Cuba pueden pasar y han pasado cosas milagrosas, logradas por la fe, la valentía y muy especialmente por el amor y la esperanza. Quien dude que la cultura no puede cambiar las formas de pensar y abrirnos al diálogo, le digo una última razón: "La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta". Felicidades a Juanes, Olga Tañón, Orishas, Miguel Bossé por ese concierto maravilloso que me hizo recordar aquéllos históricos concierto de mi grupo: ¡Gracias a mis hermanos y hermanas de Getsemaní-HC, por el tiempo que me regalaron de sus vidas!
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Desempolvando archivos


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La villa del pilongo (I)
Por Ángel Cristóbal
Antes de describir la villa del “pilongo”, dejemos claro el origen de este vocablo cubano, ya en desuso, especie de gentilicio que define a quien es oriundo de Santa Clara, Cuba. Según una vieja tradición reseñada por el historiador local Manuel Dionisio González en su obra “Historia de la villa de Santa Clara y su jurisdicción”, publicada en 1858 –reeditada en 1925 y la cual tuve la ocasión de consultar tanto en el Departamento de Fondos Raros y Valiosos de la Biblioteca Martí, como en la Biblioteca Francisco de Paula Coronado de la Universidad Central de Las Villas-, hacia 1776 los pobladores de la villa bajaron del monte Capiro una piedra blanca, circular, en la que modelaron la pila bautismal de la Iglesia Mayor, donde permaneció por más de doscientos años. Cuando este templo fue demolido en 1924 (infausta idea que ya comentaremos más adelante) para agrandar la Plaza Mayor, la pila –tal parece que haciendo honor a su solididate fixa rotunditas-, fue trasladada primero al palacio de Gobernación, luego fue colocada en la Iglesia del Buen Viaje, y más tarde en la Iglesia-catedral de Santa Clara de Asís donde actualmente se encuentra. Allí puede ser admirada y aún presta sus santos oficios, extendiendo el “certificado de pilongo” a nuevas generaciones de villaclareños. Fueron los cronistas de la época de la colonia quienes comienzan a llamar “pilongo” a todos los que recibían en aquella blanca piedra las aguas del bautismo, y con el tiempo el término se fue convirtiendo en un gentilicio.
Quizá fue el mismo pueblo quien “inventó” la palabra que pasó a los pergaminos, a las crónicas y a los primeros periódicos, pues hasta en temporadas de carnaval, salía una comparsa, “Los pilongos” con un canto que parecía más un grito de guerra: “¡Quítate de la acera, o mira que te tumbo, que ahí vienen los pilongos acabando con el mundo!”... Y la verdad es que aquellos “comparseros” tenían una triste reputación de buscapleitos y cortadores de nalgas en las noches locas de las fiestas carnastolengas.
Pero esta historia arrancó allá por el año 1689, cuando un grupo de vecinos y vecinas de la villa de San Juan de los Remedios, ubicada en la costa norte de la actual provincia de Villa Clara, aterrorizados por los frecuentes asaltos y desmanes de corsarios y piratas que en más de una ocasión habían saqueado la población, y conminados por los párrocos del lugar, decidieron trasladarse a un lugar más protegido en el interior de la región; estableciéndose en el cuartón Orejanos de la hacienda Ciego de Santa Clara, el 15 de julio de 1689. Se dice que, después de oír misa al pie de un frondoso tamarindo que se encontraba en lo alto de una pequeña colina, comenzaron a levantar las primeras edificaciones.
Y ciertamente, si el lector algún día se encuentra de visita en nuestra ya tricentenaria villa, encontrará un templo católico, “Nuestra Señora del Carmen”, edificado encima de una pendiente, rodeado de una bella placita que es parte integrante de la historia local. Una lápida recuerda a los caminantes que, en tiempos de la colonia, aquella iglesia sirvió de improvisada cárcel de varias patriotas santaclareñas que apoyaron la Guerra de Independencia (1895-1898). Pero existe, además, un monumento de mármol en forma de espiral ascendente, que integran 17 columnas marmóreas, cada una de ellas con el nombre de una familia fundadora, y en medio, un viejo tamarindo, descendiente en tercera generación del primer árbol bajo el cual se reunieron aquellos remedianos. Hasta aquí reza, en lo fundamental, la vieja tradición sobre la fundación de Santa Clara; un relato al que la modernidad ha despojado de lo legendario y reducido a razones puramente económicas de dos curas ambiciosos. No niego los valores de un método científico de investigación, sin embargo, con el perdón de los historiadores contemporáneos, prefiero la tradición, no sólo en este caso, sino en todos los orígenes de los pueblos en donde la razón científica trata de empañar un mito popular con argumentos a veces puramente ideológicos. (continuará)
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Cecilio Acosta: los buenos duermen mal

Transcurría el año de 1818 cuando, en el pequeño poblado de San Diego de los Altos, actual estado de Miranda (Venezuela), en el seno de una familia pobre, nació un niño que sería escritor, periodista y humanista y a quien sus padre nombraron Cecilio Acosta. Era hijo de Ignacio Acosta y de Margarita Revete Martínez y con ellos vive hasta los trece años. Las primeras enseñanzas las recibe del Pbro. Mariano Fernández Fortique (1790-1866), párroco del lugar, posteriormente famoso como orador. La muerte prematura del padre de Acosta hace de la madre, Doña Margarita Revete Martínez, el centro del hogar. De un hogar extremadamente pobre, donde sobra el afecto y el estímulo para la superación.

Influido por su mentor, Acosta se encamina hacia el Seminario. En él permanece entre 1831 y 1840. Adquiere conocimientos de teología, religión, historia sagrada y latín. Lee a grandes pensadores y poetas de la Iglesia: Santo Tomás, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de Granada.

Hacia 1839 asoma en Acosta una profunda crisis vocacional. Al año siguiente abandona el Seminario. Se inscribe en la Academia de Matemáticas fundada por Juan Manuel Cajigal (1803-1856), y obtiene el diploma de Agrimensor (1840).

En setiembre de aquel año, asiste a la Facultad de Derecho de la Universidad Central. Al cabo de una lucha bizarra contra la estrechez económica y su endeble salud, recibe el título de Abogado (1848).

Siendo estudiante, divulga sus primeros escritos en periódicos caraqueños. Desde entonces escribe con frecuencia. La hoja del diario es uno de los medios que más utiliza para comunicar sus ideas. Deja constancia del aprecio que tiene por el periódico, o "el libro del pueblo", como él lo llama.

Fueron muy escasos los cargos públicos que desempeñó Acosta. Secretario de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central (1848), Titular de la Cátedra de Legislación Universal, Civil y Criminal y de Economía Política (1853). En 1872, fue designado Miembro de la Comisión Codificadora por el Gral. Antonio Guzmán Blanco (1829-1899).

Vivió, pues, apartado de compromisos burocráticos. Ganó con ello independencia de criterio y tiempo para estudiar y meditar. Tuvo la pobreza por compañera. En 1876, le escribe a su hermano Pablo: "Estoy muy pobre. No tengo para pagar esta carta para Ospino, que pondrás en la estafeta".

A la penuria económica hay que añadir las consecuencias de haberse enemistado, en sus últimos años, con Guzmán Blanco. Sólo escasos y fieles amigos se atrevían a visitarlo en su modesta vivienda. Pero entre sus ilustres contertulios se contaron José Martí y Lisandro Alvarado.

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¿Ovnis en la Biblia?

En numerosos pasajes bíblicos se habla de extrañas naves voladoras, de seres dotados de cascos que salían de dichos ingenios e incluso de trajes parecidos al metal. Pero ya hay indicios de que esos seres pudieron visitar la Tierra incluso antes del nacimiento de Jesucristo. Así lo muestra la pintura rupestre neolítica que data de hace unos 5.000 años y en la cual sin lugar a dudas un extraño ser aparece rodeado de los típicos platos volantes que se describen hoy en día.

Otro de los legados pétreos de los que queda constancia es el grabado hallado en una cueva de Uzbekistán situada en la frontera entre Rusia y China, y que data del 2000 AC. El dibujo representa un disco ovalado con propulsión a chorro que parece elevarse verticalmente. Debajo de él, se ve claramente la imagen de una persona dotada de casco, antenas y el típico traje que hoy en día utilizan nuestros astronautas. Una imagen absurda para la Edad del Bronce, en las que las pinturas rupestres se limitaban a representar escenas de caza, animales y plantas. ¿Qué vieron aquellos hombres? ¿Qué querían representar con esos dibujos?

No sólo los pintores y escritores se hacían eco de lo que se movía sobre sus cabezas. Otros personajes relevantes de la Historia mundial tuvieron encuentros con ingenios y seres imposibles, como es el caso del general Cartaginés Aníbal (247 a 183 AC.), que tantas batallas ganó según dicen muchas veces con la ayuda de naves de otros mundos; o Carlos I el Grande, más conocido como Carlomagno, rey de los francos y emperador de occidente cuyas conquistas y proezas se creían sobrenaturales y así lo recogió el monje Lorenzo en sus "Annales Laurissenses", en los que narra la lucha que mantuvo el Grande contra los sajones diciendo:

"La Gloria de Dios apareció en manifestación encima de la iglesia en el interior del castillo. Los que lo observaron dijeron que tenía aspecto de dos grandes escudos de color rojo llameante, y que se movían por encima de la iglesia. Y cuando los paganos vieron este signo quedaron aterrorizados por el pánico, huyendo precipitadamente".

Cabe también citar los ingenios vistos por el Faraón de la XVIII dinastía Tutmosis III, de los que se da cuenta en el Papiro Tulli en el que se dice que: "En el vigésimo segundo año, en el tercer mes de invierno, a la sexta hora del día, los escribas de la Casa de la Vida notaron que un círculo de fuego llegaba del cielo. Brillaban en el cielo más que el Sol. Poderosa era la posición de las bolas de fuego. En esto que se elevaron dirección sur".

También observaron aparatos parecidos: Julio César, Constantino el Grande, el cronista del siglo XVI Pedro Cieza de León, el religioso Fray Junípero Serra y un sin fin de nombres que hacen uso de las viejas crónicas para mostrarnos una realidad que coincide con las actuales descripciones, refiriéndose también a los supuestos tripulantes de estos ingenios.

Eran siglos en los que la brujería, la magia y la Inquisición estaban a la orden del día y muchos fueron los que perdieron la vida por defender su verdad sobre lo que habían visto en los cielos. Es en estos tiempos cuando los artistas comienzan a reflejar tímidamente en sus obras esos objetos voladores que aparecían sobre los mercados y ciudades medievales.

A principios del siglo XIV, Giotto di Bondone (1266 a 1337) florentino de nacimiento, dibujó en su "Adoración de los Reyes Magos" una peculiar estrella con forma de bola de luz que dejaba una brillante estela a su paso. Si seguimos los escritos que hablan sobre la estrella de Belén, siempre se nos muestra como el astro que, guió a los Reyes Magos de Oriente para finalmente situarse encima del portal de Belén y no pasando a gran velocidad, como así parece mostrar el cuadro. Además, los astrónomos, en homenaje a lo que representó este pintor, dieron el nombre de Giotto, a la sonda espacial enviada por la AEE (Agencia Espacial Europea) al encuentro del cometa Halley en 1986..

Pocos años más tarde el también Italiano Paolo Ucello (1397 a 1475), magnífico representante del Quatrocento, pintó una tabla conocida como La Thébaide, en la que se observa un Cristo crucificado y la figura de una persona orando ante él.

Hasta aquí la pintura sería una representación religiosa como tantas otras, de no ser porque en la parte inferior de la obra se ve cómo una pequeña nave con forma de platillo, se mueve trazando una curva imposible.

Son muchas las representaciones religiosas en las que aparecen aparatos mecánicos volando como si se hubieran trasladado en el tiempo y el espacio. Así lo muestra la gran obra pictórica de Fra Filippo de Lippi (1406 a 1469), "La Virgen y San Juan Infante", en la que sin tener nada que ver con el tema del cuadro, aparece al fondo un ingenio con forma de cúpula.

Algo fuera de lo común tuvo que observar este fraile carmelita, famoso por sus escándalos, para luego plasmar tan intemporal nave en el paisaje y jugarse la vida por defender su verdad

Como le debió pasar a Carlo Crivelli (1430 a 1493), cuya "Anunciación" en vez de ser representada como los modelos que los demás artistas contemporáneos imponían, dibuja un luminoso aparato que va a dar en la angelical frente de la Virgen.

Otro artista, esta vez maestro de las letras, Hermann Schaden, ilustró en 1493 uno de sus libros con un llameante Objeto Celestial que, sostenido en el cielo como por hilos invisibles, parece disponerse a aterrizar sobre el frondoso campo.

Como vemos, las formas de reflejar el espacio y los ingenios que se movían en él eran muchas y muy variadas, dependiendo de los autores, de su pincel, de sus experiencias o tal vez de su imaginación.

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Crónicas de un pilongo

CARACAS Y SANTA CLARA CELEBRAN SUS CUMPLEAÑOS "APÓCRIFOS" Caracas, la hermosa ciudad de los techos rojos, se debate entre celebrar o no el 25 de julio, un cumpleaños que por tradición le pertenece desde 1567. Es una historia que conozco bien, cuando en mi Santa Clara natal, la fecha de celebración de su fundación fue olvidada por largas décadas, hasta ser rescatada el 15 de julio de 1989, cuando se cumplieron 300 años de su nacimiento, "al pie de un tamarindo". Mientras allá, la pregunta que preocupa a los historiadores modernos es: ¿en verdad dos curas -según recoge la Memoria Histórica de Santa Clara y su Jurisdicción escrita por Manuel Dionisio González en 1858-, fundaron la actual villa de Marta Abreu, el 15 de julio de 1689? Y la respuesta que dan es: "No, porque ya existía antes de esa fecha el Hato de Antón Díaz, adonde fueron a parar las familias fundadoras, y mucho antes estuvieron los aborígenes de cubanacán". Tampoco les gusta la idea de que aquellas familias salieron huyendo de la villa de San Juan de los Remedios, siempre acosada por corsarios y piratas, buscando la paz y el resguardo del fértil valle de Santa Clara del Cayo, también como el valle de Caracas entre verdes colinas y surcada por pequeños ríos. Pero acá, en Santiago León de Caracas, el asunto gira alrededor de la figura de Diego de Lozada: "La polémica suscitada en la Comisión organizadora del Cuatricentenario de la Fundación de Caracas con anterioridad a 1967, sobre la fecha de fundación de la ciudad capital, originó una serie de opiniones que los historiadores de entonces expusieron en las sesiones de la Academia Nacional de la Historia. En las reuniones, se discutieron conclusiones que por muy bien documentadas y apoyadas que estuvieran en viejos datos cabildantes y escritos cronísticos, no todos de fiabilidad, ninguna arrojó nuevas luces sobre la fecha exacta de la fundación. La ponencia de la 'Fundación John Boulton', basada en el Acta del Cabildo caraqueño del 14 de abril de de 1590 y otros documentos, que de imprecisos se pueden catalogar, puesto que no reflejan ni el día ni el año de la fundación, apuntaba establecerla en el año 1566. La mayoría de los ponentes e investigadores que conformaban la Comisión Organizadora, en sesiones anteriores a 1967 hacen tímidas referencias a la fundación del hato de Francisco Fajardo y al acto protocolar de Juan Rodríguez Suárez de convertir en 'villa de San Francisco' al hato de Fajardo, pero casi todos los ponentes defienden acaloradamente la fecha fundadora de 1567 y a Diego de Losada como el indiscutible fundador de la capital de Venezuela". Y continúa: "A pesar del empeño, la documentación empleada para estas modernas afirmaciones, no se puede dar como fiable, puesto que los datos reflejados, tanto históricos como municipales, se asentaron muchos años después del acto fundador, y lógicamente sus posibles errores, vaguedades e imprecisiones (unido a que las primeras actas del Cabildo caraqueño que se conservan son de 1573, y que además fueron copiadas durante el siglo XVIII y se perdieron los originales), en nada esclarecen la fecha fundadora del 25 de julio de 1567, puesto que en la comunicación que el gobernador Ponce de León envía a España el 15 de diciembre de ese mismo año, y sin mencionar la palabra fundación, simplemente dice que: Losada, con la gente que llevó, tiene poblado los dos pueblos que los indios habían despoblado. Sin darle más vueltas a la fecha refundadora de Losada, ya que es imposible conocerla, se establece que los verdaderos artífices de la creación de la capital venezolana fueron Francisco Fajardo y Juan Rodríguez Suárez, porque a la ligereza de Oviedo y Baños, se debe hoy el error de que se siga asegurando que Diego de Losada es el fundador de Caracas, ya que cuando don José escribió su «Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela», en vez de llamar “refundador” a Losada, como habían hecho los cabildantes y los viejos cronistas Aguado y Simón, generosamente inmortalizó al zamorano como fundador del asiento caraqueño. En los preliminares de la fundación de Caracas, existen noticias y razones evidentes de que Francisco Fajardo y Juan Rodríguez Suárez son los verdaderos fundadores de la capital venezolana. Entre los documentos existentes para apuntalar esta aseveración, pueden consultarse la relación que el gobernador Juan de Pimentel envía al rey en 1578, donde no menciona que Diego de Losada sea el fundador de Caracas y Caraballeda. Es esa relación se puede leer lo siguiente: 'entró en ella por marzo de sesenta y siete, con ciento treynta y seis españoles y pacificó y reedificó los dos pueblos despoblados, y a este de San Francisco llamó Santiago de León y el Collado, que está en la costa de la mar, nuestra señora de Caraballeda poblándolos en el mismo sitio que antes estaban'. Según se desprende de lo anterior, Losada, no fundó ninguna ciudad, sino que reedificó y repobló los dos enclaves que los indios habían destruido cuatro o cinco años antes: la villa de San Francisco y el pueblo costero de El Collado, que aunque después fueron abandonados y arrasados, ya existían desde 1561. Esta puede ser la razón de que no exista el acta de fundación de Caracas, ya que la ciudad capital estaba fundada desde 1561; primero como hato establecido por Francisco Fajardo, y después convertida en villa por Juan Rodríguez Suárez, que nombró alcaldes y regidores y repartió tierras entre sus soldados. Cuando Losada y sus hombres llegaron al lugar en 1566 o 67, encontraron los cimientos y las cenizas de la primitiva población". No sé por qué tanto empeño en borrar de la historia, lo que en la historia está, sea verídico o no. ¡Qué es verdad y qué es mentira! Porque, si vamos a corregirlo todo "científicamente", entonces habrá que borrarlo todo: por ejemplo, antes de la llegada de los españoles a América, llegaron los vikingos, y anterior a éstos vivían aquí civilizaciones muy desarrolladas como los incas, los mayas, los aztecas; y otros pueblos menos desarrollados como los caribes, y anterior a ellos, si los continentes estaban unidos, llegaron tribus nómadas... y pare usted de contar. Así que en verdad, nadie habría fundado nada, porque todo existía ya. Ni el Viejo Mundo es tan viejo como dicen, ni el Nuevo Mundo es una novedad. Así las cosas, ahora hay en internet una encuesta para escoger las "7 nuevas maravillas del mundo", entre ellas "El salto Angel", en el Amazonas, las cataratas del Iguazú, del Niagará, etc.. En verdad, son todas maravillas de la naturaleza que debemos preservar, pero: ¿son nuevas, habiendo sido creadas por Dios hace millones de años?
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