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Tradiciones Latinas

El cementerio del chivo Pepe
Corría la segunda mitad de la década de los años 50 y ya Taguayabón, un municipio perdido en la geografía de la provincia de Las Villas (hoy Villa Clara, Cuba), tenía la población suficiente como para ostentar un cementerio. Carlos Alfaro, entonces presidente del gobierno municipal de Vueltas, necesitaba realizar ciertas inversiones en obras públicas a fin de alejar algunas dudas sobre gestiones en el manejo del dinero, así que un camposanto en Taguayabón podía ser una de estas salidas; sólo faltaba el terreno. Entonces Tito Granela, quien mantenía relaciones estrechas con el ente municipal, cedío el sitio, un espacio yelmo ubicado a un costado del pueblo y al lado de un camino.
El gobierno municipal contrató a los trabajadores que se encargaron de darle al terreno la forma de cementerio. Unos muros resguardaban el rectángulo donde descansarían los difuntos. Una hermosa verja de dos alas de hierro daría la entrada al lugar, y en el centro, como todo buen cementerio católico, una pequeña capilla para dar el último adiós a los que fallecieran.
El cementerio estuvo listo, y sólo faltaban los muertos. Pero fueron pasando los años y nadie quería ser el primero, ¡vaya a saber por qué razón! Acaso porque la familia del finado ya tenía una propiedad en los cementerios de Vuelta, Camajuaní, Caibarién o Zuelueta; lo cierto es que nadie quiso estrenarlo.
Durante años el camposanto fue ocupando otras funciones más vivas. O bien era refugio para quienes fuesen sorprendidos por la lluvia en el camino, o era el lugar de juegos para los niños que lo tomaron como parque, entre ellos, se destacaron los hijos de Tito Granela, donante del terreno y quien vivía justo al lado. A poco, también se convirtió en el refugio del limosnero Juan Cartucho, en cuyo caso los niños que se acercaron al lugar le imprimieron al personaje una aureola fantasmal.
Fue entonces cuando se murió Pepe, el chivo de uno de los hijos de Granela. El animal había sido criado desde pequeño por la familia y era tenido como un miembro más. Su muerte causó dolor a quienes lo habían tenido por años, así que, al verse ante la disyuntiva de ofrecerle una santa y cristiana sepultura; pensaron que el cementerio virgen sería el lugar de su santo retiro. ¡Al fin y al cabo era un cementerio!, ¿no?
Y quiso el detino que el único inquilino del cementerio de Taguayabón fuera el chivo Pepe.
A fines de los años 60, ya cambiadas las estructuras de gobierno, se ideó construir una escuela en la inmediacionesdel vecino barrio de Manacas, en Vueltas y Taguayabón. Al parecer faltaron materiales de construcción para culminar aquel empeño, y entonces, sin tener en cuenta la memoria de Pepe, todos los ladrillos que constituían el muro y la capilla fueron trasladados tras demoles las estructuras. La verja de hierro del cemeterio fue oclocada a la entradas de la escuela primaria donde aún permanece y ha sido testigo del paso de muchos niños y niñas.
Más adelante, al despoblarse casi completamente Manacas, tampoco la escuela tuvo un mejor destino y sus materiales fueron nuevamente removidos, para formar parte de un "círculo social" construido junto a la estación de trenes del pueblo: todavía están allí a la espera de no se sabe qué otros caprichos de la rueda de la vida.
Al desparecer el cementerio de Taguayabón -para tristeza de los chamos que allí jugaron y no han olvidado el trágico día de cuando lo demolieron-, el terreno fue devuelto al su benefactor y vecino Tito Granela. Hoy se encuentra allí la casa de sus hijas y está lleno de vida un lugar que pudo haber sido morada de difuntos.