ISSN 2476-1672

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El pelú de Mayajigua

Corría 1876. En la zona de Abras Grandes, muy cerca del poblado de Mayajigua, en la región central de Cuba, se enfrentaban en combate mambises (insurrectos cubanos) y españoles. Entre los heridos que quedaron en el campo de batalla se encontraba Enrique Rodríguez Pérez quien, al verse rodeado de todo el caos que supone un enfrentamiento armado y el miedo de caer prisionero, decide internarse en el monte. Allí se restableció de sus heridas y poco tiempo después, en plena faena de caza, cae en una cacimba y se fractura gravemente una pierna. Permanece inmovilizado un tiempo alimentándose de todo lo que le rodea, incluidos sus zapatos y la vaina de cuero de su machete; calma la sed con su propia orina. La recuperación fue un proceso lento, sufriendo de una invalidez que lo obligó a caminar de rodillas durante unos tres años. Así y todo, decidió construir cerca de su escondite una choza de yagua y pencas de palma, sembró viandas y frutas en las proximidades y aprendió a tejer su propia ropa con fibra de maguey y otras plantas. Transcurrieron los años y Rodríguez Pérez fue mejorando, dentro de su entorno, sus condiciones de vida. Llegó a tener 17 refugios entre cuevas y bohíos, comía los alimentos cocinados y salados con trocitos de palmito verde en sustitución de la sal común. El fuego lo conservaba en hornos construidos en la tierra. Construyó además un almacén donde guardaba, dentro de güiras secas, la miel y la manteca. Otra de sus habilidades fue la confección de un rústico almanaque con trocitos de ñame ensartados por un hilo. El río Jatibonico del Norte le ofrecía sus aguas para calmar la sed, los pajarillos lo invitaban a cantar con sus silbidos y su compañía fiel era una perrita jíbara. De esa forma pasaron alrededor de 40 años entregado a una vida totalmente solitaria, pero Rodríguez Pérez jamás robó ni se dejó ver por los pobladores de la zona. Sólo la casualidad provocó el descubrimiento: dos mujeres que trataban de llegar a su destino por la vía más corta, atravesando por el monte, se encuentran con él. Comienza a correr la voz: había un "monstruo peludo" en la montaña. Un campesino de la zona, decide empezar una labor de lento acercamiento a este personaje. Le coloca comidas en diferentes lugares, papeles con mensajes y también utiliza la variante de hacerle señales desde lejos. "El Pelú", como ya se le conocía a Rodríguez Pérez, comienza a confiar en el campesino por que era mulato, pues nunca hubiera confiado en un blanco, al creer en su extravío que podía ser español. Para él la historia se había detenido en 1876, y las bombas que detonaban durante la construcción de la vía norte del ferrocarril le hacían pensar que la guerra no había finalizado. Un 4 de junio de 1910 llegó este hombre a Mayajigua, muy peludo, barbudo, sucio, con olor muy penetrante y vestido con ropa de fibra, pueblo donde fue reconocido como combatiente del Ejército Libertador. La gente de otros pueblos iba en grupos a conocerlo y la prensa local reseñó su historia acompañada de una foto. En una casa fue pelado, afeitado, le sacaron piedras que llevaba encarnadas en los pies y cuentan que se desmayó al tomar una sopa caliente. La noticia de la aparición del “pelú”de Mayajigua corrió y llegó a oídos de un hermano que vivía en San Juan de los Remedios. Éste vino en su busca para llevarlo a vivir con él. En la Iglesia Parroquial apareció la partida baustimal de Enrique de Jesús Rodríguez Pérez, nacido el 4 de mayo de 1841. Vivió algún tiempo con su familia, durante el cual se dedicó a tejer, sentado siempre en el suelo. Sin embargo, se desconoce el final de la vida de este legendario personaje. Se perdió en su época. Muchos dicen que aburrido de la civilización decidió regresar al monte donde realmente era feliz, entre el trino de los pájaros, el sonido del arroyo y el añorado saludo de su querida perrita.
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