ISSN 2476-1672

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Tradiciones Latinas

El cementerio del chivo Pepe
Corría la segunda mitad de la década de los años 50 y ya Taguayabón, un municipio perdido en la geografía de la provincia de Las Villas (hoy Villa Clara, Cuba), tenía la población suficiente como para ostentar un cementerio. Carlos Alfaro, entonces presidente del gobierno municipal de Vueltas, necesitaba realizar ciertas inversiones en obras públicas a fin de alejar algunas dudas sobre gestiones en el manejo del dinero, así que un camposanto en Taguayabón podía ser una de estas salidas; sólo faltaba el terreno. Entonces Tito Granela, quien mantenía relaciones estrechas con el ente municipal, cedío el sitio, un espacio yelmo ubicado a un costado del pueblo y al lado de un camino.
El gobierno municipal contrató a los trabajadores que se encargaron de darle al terreno la forma de cementerio. Unos muros resguardaban el rectángulo donde descansarían los difuntos. Una hermosa verja de dos alas de hierro daría la entrada al lugar, y en el centro, como todo buen cementerio católico, una pequeña capilla para dar el último adiós a los que fallecieran.
El cementerio estuvo listo, y sólo faltaban los muertos. Pero fueron pasando los años y nadie quería ser el primero, ¡vaya a saber por qué razón! Acaso porque la familia del finado ya tenía una propiedad en los cementerios de Vuelta, Camajuaní, Caibarién o Zuelueta; lo cierto es que nadie quiso estrenarlo.
Durante años el camposanto fue ocupando otras funciones más vivas. O bien era refugio para quienes fuesen sorprendidos por la lluvia en el camino, o era el lugar de juegos para los niños que lo tomaron como parque, entre ellos, se destacaron los hijos de Tito Granela, donante del terreno y quien vivía justo al lado. A poco, también se convirtió en el refugio del limosnero Juan Cartucho, en cuyo caso los niños que se acercaron al lugar le imprimieron al personaje una aureola fantasmal.
Fue entonces cuando se murió Pepe, el chivo de uno de los hijos de Granela. El animal había sido criado desde pequeño por la familia y era tenido como un miembro más. Su muerte causó dolor a quienes lo habían tenido por años, así que, al verse ante la disyuntiva de ofrecerle una santa y cristiana sepultura; pensaron que el cementerio virgen sería el lugar de su santo retiro. ¡Al fin y al cabo era un cementerio!, ¿no?
Y quiso el detino que el único inquilino del cementerio de Taguayabón fuera el chivo Pepe.
A fines de los años 60, ya cambiadas las estructuras de gobierno, se ideó construir una escuela en la inmediacionesdel vecino barrio de Manacas, en Vueltas y Taguayabón. Al parecer faltaron materiales de construcción para culminar aquel empeño, y entonces, sin tener en cuenta la memoria de Pepe, todos los ladrillos que constituían el muro y la capilla fueron trasladados tras demoles las estructuras. La verja de hierro del cemeterio fue oclocada a la entradas de la escuela primaria donde aún permanece y ha sido testigo del paso de muchos niños y niñas.
Más adelante, al despoblarse casi completamente Manacas, tampoco la escuela tuvo un mejor destino y sus materiales fueron nuevamente removidos, para formar parte de un "círculo social" construido junto a la estación de trenes del pueblo: todavía están allí a la espera de no se sabe qué otros caprichos de la rueda de la vida.
Al desparecer el cementerio de Taguayabón -para tristeza de los chamos que allí jugaron y no han olvidado el trágico día de cuando lo demolieron-, el terreno fue devuelto al su benefactor y vecino Tito Granela. Hoy se encuentra allí la casa de sus hijas y está lleno de vida un lugar que pudo haber sido morada de difuntos.
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El pelú de Mayajigua

Corría 1876. En la zona de Abras Grandes, muy cerca del poblado de Mayajigua, en la región central de Cuba, se enfrentaban en combate mambises (insurrectos cubanos) y españoles. Entre los heridos que quedaron en el campo de batalla se encontraba Enrique Rodríguez Pérez quien, al verse rodeado de todo el caos que supone un enfrentamiento armado y el miedo de caer prisionero, decide internarse en el monte. Allí se restableció de sus heridas y poco tiempo después, en plena faena de caza, cae en una cacimba y se fractura gravemente una pierna. Permanece inmovilizado un tiempo alimentándose de todo lo que le rodea, incluidos sus zapatos y la vaina de cuero de su machete; calma la sed con su propia orina. La recuperación fue un proceso lento, sufriendo de una invalidez que lo obligó a caminar de rodillas durante unos tres años. Así y todo, decidió construir cerca de su escondite una choza de yagua y pencas de palma, sembró viandas y frutas en las proximidades y aprendió a tejer su propia ropa con fibra de maguey y otras plantas. Transcurrieron los años y Rodríguez Pérez fue mejorando, dentro de su entorno, sus condiciones de vida. Llegó a tener 17 refugios entre cuevas y bohíos, comía los alimentos cocinados y salados con trocitos de palmito verde en sustitución de la sal común. El fuego lo conservaba en hornos construidos en la tierra. Construyó además un almacén donde guardaba, dentro de güiras secas, la miel y la manteca. Otra de sus habilidades fue la confección de un rústico almanaque con trocitos de ñame ensartados por un hilo. El río Jatibonico del Norte le ofrecía sus aguas para calmar la sed, los pajarillos lo invitaban a cantar con sus silbidos y su compañía fiel era una perrita jíbara. De esa forma pasaron alrededor de 40 años entregado a una vida totalmente solitaria, pero Rodríguez Pérez jamás robó ni se dejó ver por los pobladores de la zona. Sólo la casualidad provocó el descubrimiento: dos mujeres que trataban de llegar a su destino por la vía más corta, atravesando por el monte, se encuentran con él. Comienza a correr la voz: había un "monstruo peludo" en la montaña. Un campesino de la zona, decide empezar una labor de lento acercamiento a este personaje. Le coloca comidas en diferentes lugares, papeles con mensajes y también utiliza la variante de hacerle señales desde lejos. "El Pelú", como ya se le conocía a Rodríguez Pérez, comienza a confiar en el campesino por que era mulato, pues nunca hubiera confiado en un blanco, al creer en su extravío que podía ser español. Para él la historia se había detenido en 1876, y las bombas que detonaban durante la construcción de la vía norte del ferrocarril le hacían pensar que la guerra no había finalizado. Un 4 de junio de 1910 llegó este hombre a Mayajigua, muy peludo, barbudo, sucio, con olor muy penetrante y vestido con ropa de fibra, pueblo donde fue reconocido como combatiente del Ejército Libertador. La gente de otros pueblos iba en grupos a conocerlo y la prensa local reseñó su historia acompañada de una foto. En una casa fue pelado, afeitado, le sacaron piedras que llevaba encarnadas en los pies y cuentan que se desmayó al tomar una sopa caliente. La noticia de la aparición del “pelú”de Mayajigua corrió y llegó a oídos de un hermano que vivía en San Juan de los Remedios. Éste vino en su busca para llevarlo a vivir con él. En la Iglesia Parroquial apareció la partida baustimal de Enrique de Jesús Rodríguez Pérez, nacido el 4 de mayo de 1841. Vivió algún tiempo con su familia, durante el cual se dedicó a tejer, sentado siempre en el suelo. Sin embargo, se desconoce el final de la vida de este legendario personaje. Se perdió en su época. Muchos dicen que aburrido de la civilización decidió regresar al monte donde realmente era feliz, entre el trino de los pájaros, el sonido del arroyo y el añorado saludo de su querida perrita.
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El Candidato Soy Yo. Memorias de una campaña

En política, ni la victoria ni la derrota son todo lo que se dice que son. Algunas derrotas se parecen a batallas de la antigüedad, como el sitio de Cartago, donde los romanos quemaron y saqueron la ciudad y luego cubrieron con sal el suelo, para que nunca más creciera pasto allí. Muchos siglos después, algo muy parecido hicieron, los soldados españoles que reprimieron la sublevación de Juan Francisco de León, en 1749, cuando en la Plaza La Candelaria, quemaron la casa del criollo y regaron con azufre y sal el terreno donde se levantaba.
Ambas derrotas fueron temporales y casi siempre en la historia es así, pues el perdedor puede recuperarse y luchar de nuevo otro día. Leyendo "El candidato soy yo", de Benjamín Rausseo, me percaté que el autor estudió bastante al ex asesor de Bill Clinton y puso en práctica muchas de sus ideas "neo maquiavélicas" -que no siempre son sinónimo de estratagemas, manipulación y engaño, como piensa la mayoría de los estudiosos de Maquiavelo-, porque en verdad funcionan, a pesar de la mala fama del florentino. Un ejemplo de ello es la "teoría del centro del lomito", esbozada por Benjamín cuando se lanzó al ruedo de la política.
Comprendió Rausseo que el pueblo ha cambiado mucho en los últimos ocho años; los votantes se han vuelto mucho más y mejor informados; más orientados hacia el centro, huyendo cada vez más de esos extremos que son la izquierda y la derecha, y por lo tanto más intransigentes ante el tono ne-gativo de la política. Sin embargo, esto que vio enseguida un "comediante", los políticos y la prensa no se dieron cuenta: mientras "los políticos se li-mitan a dar golpes de efecto, los medios sólo cubren la retórica más negativa, simplista, distorsionada y partidaria posible". Y es que la tarea de ganar un cargo y la de gobernar son mucho más difíciles ahora de lo que nunca lo han sido. Hoy en día la agresividad de los medios no tiene límites y la suspensión virtual de todas la reglas de decencia en el combate político, han convertido el hecho de ser elegido y desempeñar un cargo público con éxito en desafíos casi insuperables.
Muchas veces perder es parte integral de poder gana la próxima vez. La familiaridad y la intimidad entre el candidato y el votante es una parte clave de la ecuación en la elección de un presidente. La pregunta que se impone entonces es, ¿cómo caer para poder levantarse de nuevo? Es eso lo que nos enseña Benjamín Rausseo en este libro: Cuanto más positiva haya sido una campaña, mejores son las posibilidades de que le den la bienvenida después. Las campañas de tierra devastada alienan a todos los que no han votado por el candidato perdedor y a mucha gente que sí lo votó. Los avisos negativos desencadenan consecuencias negativas, las cuales no le hacen ningún bien a su credibilidad o a su posición favorable. Pero la propaganda positiva, orientada hacia los temas que aclaran las diferencias que tiene con su adversario en términos objetivos y respetuosos, sólo sirven para aumentar su reputación para la próxima vez que se presente...
Magnífico este libro de Benjamín Rausseo, que además de hacernos pasar muchos ratos agradables durante su lectura, no permitirá conocer los detalles de una campaña hasta ahora inéditos, y en la que un humorista, que al principio nadie tomó en serio, en pocos meses se convirtió en un peligroso contrincante tanto para el candidato del gobierno, como el de la oposición.
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Día de la Cultura Cubana

20 de 0ctubre: Día de la Cultura Cubana / Por Lic. Felicia Jiménez
Cada 20 de octubre se celebra en la isla caribeña el Día de la Cultura cubana homenajeando la lucha indepedentista llevada a cabo por patriotas bayameses contra el yugo colonialista español, y conmemorando la creación del Himno Nacional de Cuba, que por primera vez se entonara un 20 de octubre pero de 1868, animando la carga al machete que anució la hora de ser libres. ¡Del clarín escuchad el sonido! El himno nacional cubano es una épica marcha patriótica, franca evocación de la Marsellesa, como símbolo universal de rebeldía, que ha estado acompañando durante ciento cuarenta años a todos los cubanos en sus luchas, sus triunfos, alegrías y tristezas, de todos los momentos memorables. Fue compuesto por Don Pedro Figueredo Cisneros, abogado de vasta cultura (poeta, músico, periodista y aficionado a la literatura), quien a pesar de su clase social, supo vencer cualquier vacilación lógica y entregarse a la lucha contra el dominio del colonialismo español. ¡A las armas valientes corred! La madrigada del 14 de agosto de 1867, Figueredo nombrado cariñosamente por sus compañeros como Perucho, pone su musa a funcionar y en su piano comienza a tocar las notas de lo que tituló La Bayamesa, y que con el tiempo devendría en el Himno Nacional cubano. El 10 de octubre de 1868 se produjo la clarinada independentista, cuyo grito inicial dio Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua. El 18 de octubre, Perucho combatió enérgicamente para liberar a Bayamo, correspondiéndole dirigir una de las tres columnas, y fue él quien con un grito exclamara a sus compatriotas: “¡al cuartel, que ya es nuestro!”, exhortándolos valientemente a avanzar contra la instalación, refugio del comandante de la plaza y sus oficiales, quienes, al verse sitiados se entregaron a los rebeldes. En la madrugada del día 20, se rindió toda la tropa destacada en la ciudad. Muy temprano aparecieron la hija y la esposa de Figueredo llevando la bandera de Céspedes. El pueblo tarareaba la melodía del himno creado por Perucho y exaltado pedía a voces: ¡la letra, la letra! Ante esa demanda popular, Perucho sentado en su caballo procedió a escribir los versos, repartiendo copias de los mismos entre los congregados, quienes con júbilo cantaban a coro las estrofas. Desde ese día, el valiente hombreque escribiese: “Al combate corred bayameses”, se quedó por siempre en el corazón de todos los cubanos, recordándonos que la patria nos contempla orgullosa. No temais una muerte gloriosa Don Perucho Figueredo enfermó en la manigua redentora y fue capturado por los españoles, quienes lo condujeron prisionero y posteriormente lo fusilaron al amanecer del 17 de agosto de 1870. Ese día la patria cubana perdió físicamente a un gla-moroso hijo, que enseñó a sus compatriotas cómo venerarla:
Al combate corred bayameses
que la patria os contempla orgullosa
No temais una muerte gloriosa
que morir por la patria es vivir. En cadenas vivir es vivir
en afrenta y oprobio sumidos.
Del clarín escuchad el sonido
a las armas valientes corred

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Novedades de Letras Latinas en FILVEN 2007

La Feria Internacional del Libro de Venezuela, FILVEN 2007, organizada por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura a través del Centro Nacional del Libro (Cenal), que se realizará del 3 de octubre al 18 noviembre en todos los estados del país y el Distrito Capital, cuenta este año con una programación estelar. El país invitado de honor será Argentina, desde donde están llegando cerca de 70 escritores e intelectuales de lo más representativo de las letras y el pensamiento de ese país sureño. La Fundación Editorial Letras Latinas estará presente en FILVEN 2007, en el estand 33 del domo principal de Parque del Este. La FILVEN 2007, además, homenajeará a la escritora Laura Antillano, creadora de fundamental relevancia en la literatura nacional, a la vez que rendirá tributo a Simón Rodríguez y José Martí, figuras históricas cuyo pensamiento y acción iluminan día a día el camino de la emancipación latinoamericana. El tema central de esta tercera edición: Estados Unidos, una revolución posible, ha logrado movilizar al contingente más controversial de la disidencia norteamericana –escritores, académicos e intelectuales-, quienes vendrán a nuestro país a mostrar el lado oculto de la vida política y cultural de Estados Unidos; exponentes todos de un pensamiento alternativo que enfrenta la más fiera reacción del status quo imperial. La presencia de estos escritores estadounidenses en Venezuela, cuyo pensamiento y acción está en frontal oposición a la política de los grupos gobernantes de su país, ocurre justamente cuando millones de ciudadanos en los Estados Unidos están manifestando para exigir respeto a la dignidad humana, justicia social y fin a la escalada de violencia en el plano interno y externo. Cada vez queda más claro que la razón está definitivamente del lado de los pue-blos oprimidos. Un escalofrío recorre el continente, enciende mentes, renueva ideas y las reúne aquí en Venezuela, en torno al libro necesario, al libro que libera.
Los Secretos del Monte. Folclor médico latinoamericano.
Autora: Felicia Jiménez
Corría el año de 1982, específicamente en agosto, cuando en compañía de mi esposa Felicita y de nuestra hija mayor Grethel visitamos la ciudad de La Habana, atendiendo a una invitación que nos hiciera el diseñador de la revista literaria Islas, el querido amigo Julio Víctor Duarte. Sin embargo, no había sido aquél mi primer encuentro con la capital cubana, ya que, anteriormente en 1980, finalizando el último año de la carrera universitaria, había recorrido el casco histórico-colonial de la ciudad, bajo las certeras explicacionesde Eusebio Leal, Historiador de La Habana; pero sí sería mi primeracercamiento a una religión que, de una manera u otra, ha estado siempre presente en la idiosincrasia de todo cubano: la Santería. Recuerdo que nos alojamos en una residencia de la calle Guasabacoa, nro.603, en la barriada de Luyanó, a pocas cuadras de la calzada del mismo nombre y a cuarenta y cinco minutos de Centro Habana. Aquella casa, construida en los años treinta, tenía un amplio portal flanqueado por dos gruesas columnas de estilo clásico, y a pesar de estar muy descuidada como la mayor parte de las edificaciones capitalinas, todavía mostraba su antiguo señorío. Eran dueñas de la misma la entonces octogenaria Antonia Moré (conocida por Tía Ñica) descendiente de esclavos y su hija, que por entonces rondaba los sesenta años de edad, Yolanda Patria Moré; ambas creyentes y practicantes de la Santería. Destacaba en la sala el Altar Mayor, apoyado contra la pared sur de la casa; un Altar Menor situado hacia el oeste, y tras la puerta principal un pequeño mueble conteniendo los atributos de Elegguá el dueño de los caminos. Un largo pasillo conducía al primer dormitorio, al baño y al segundo dormitorio, éste último reservado para el canastillero de los santos, y finalmente la cocina, amplia, pero atestada de muebles, sillones y taburetes de comedor. Había un desorden místico en todo el mobiliario que alentaba a hurgar y curiosear. Tía Ñica me llamaba "ángel de Dios", era muy cariñosa conmigo y me impresionó particularmente cuando con humo de tabaco y unos rezos que sólo ella conocía, me curó un rebelde "pie de atleta" o eczema que no sanaba con tratamientos médicos tradicionales. Por aquellos días calurosos conocimos al Sr. Carlos, babalawo de mucha sabiduría en la religión y nos fuimos a la villa de Guanabacoa, donde visitamos entre otros, la casa-museo del patriota mambí Juan Gualberto Gómez; destaca allí la tribuna desde la cual el apóstol Martí se dirigió en encendidos discursos a los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso; y una habitación dedicada al folclor yoruba, donde impacta la figura de cera de un santero mayor. A partir de aquel año, durante varias vacaciones de verano nos quedamos en Guasabacoa 603 y Julio Víctor nos recibía en su casa de la calle Sofía, en Párraga, con exquisitos almuerzos y cervezas muy frías; mientras su esposa Lilian nos deleitaba con su verborrea y sus cuentos de dirigente acostumbrada a resolver las cosas de manera práctica, saliendo al paso a las manifestaciones de burocracia o extremismos, tan frecuentes en los ochenta. Uno de los fenómenos sociales que más me impresionó entonces fue la peregrinación que, a pesar de las limitaciones de aquella época con respecto a las manifestaciones religiosas públicas, cada 17 de diciembre se dirigía hacia El Rincón para honrar a San Lázaro o Babalú-ayé, y en la que Felicita y yo participamos en dos ocasiones acompañados de Yolanda. Primero había que viajar durante dos horas hasta el poblado de San José de Las Lajas y a partir de allí caminar 9 kilómetros hasta la Iglesia de El Rincón, situada en el único sanatorio para leprosos que existía en Cuba desde la época de la República atendido por religiosas. La fila de devotos, creyentes y curiosos que caminábamos sobre el caliente asfalto de la carretera era inmensa; algunos incluso se arrastraban por el suelo, o caminaban de rodillas, otros lo hacían descalzos; cada quien según la promesa que había ofrecido a San Lázaro y que debía cumplir por el favor recibido o el milagro concedido. Cientos de policías no sólo custodiaban el largo peregrinar, sino que, además, a la salida de San José, y por seguridad, dejaban registrados el nombre y el número de identidad de los miles de peregrinos. Había quien te decía que era para separarte después del trabajo, pero la verdad es que, siendo yo de la UJC y editor en la Universidad, nunca se me molestó por haber ido durante varios años a encontrarme frente al altar de San Lázaro, cubierto por las velas, las flores y los ex-votos de los milagros; un fenómeno sólo comparable con la peregrinación al Santuario del Cobre, en Oriente, cada 8 de septiembre. Precisamente esa ambivalencia entre curioso e investigativo a la vez de aquellos tiempos, nos movió a acercarnos más tarde al Departamento de Folclor de la Universidad Central de Las Villas, donde entramos en contacto con profesores universitarios como Nerys Gómez, Francisco González Alemán, Ordenel Heredia, Juan Ramón González, José García González, y otros quienes nos enseñaron y compartieron con nosotros las técnicas científicas de investigación para realizar el trabajo de campo y acopiar la bibliografía adecuada para proyectos posteriores. Todo lo anterior resume un poco los sentimientos de complacencia que me embargan al presentar este libro escrito por mi esposa y compañera de tantos años. Los Secretos del Monte es un texto que nació de nuestra convivencia a lo largo de más de dos décadas, en el transcurso de las cuales hemos conocido a excelentes escritores, poetas, pintores, investigadores, profesores; pero también a obispos, sacerdotes, seminaristas, laicos; creyentes de las más diversas religiones, y por supuesto, hombres y mujeres pertenecientes a la Regla de Ocha que jamás han renunciado a su fe y han defendido la religión en etapas difíciles y en momentos felices como los actuales, donde en materia de libertad de culto el país ha avanzado muchísimo.
Su autora ha respetado aquí las enseñanzas de sabios como Don Fernando Ortiz; el estilo de escritoras como Lidia Cabrera y Natalia Bolívar Aróstegui, y logrado un texto que, sin pretensión literaria alguna me atrevo a asegurar que será muy útil para entendidos y neófitos de este tema siempre apasionante. Algunos de estos trabajos fueron publicados en la sección "Los Secretos del Monte", columna que cada domingo llegó a los lectores de la revista Fascinación del Diario 2001, perteneciente al Bloque Editorial Dearmas, en Caracas, Venezuela; otros fueron apareciendo en la Galería Cultural del diario VEA, sin embargo, el grueso de esta obra es inédito y fruto también del trabajo de campo realizado durante años con santeros, babalawos y creyentes, quienes generosamente compartieron sus experiencias con la autora y cuyas informaciones no pudieron ser publicadas por problemas de espacio afines a toda publicación periódica.
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